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El día que conocí a mi mamá (II)

MARÍA ESTHER POZO / LECTORA DE MUJERACTUAL
Madre e hijoHelsinki es una ciudad extraña; es una mezcla de la Europa de los siglos XVIII y XIX con la Rusia Soviética, salpicada aquí y allá por el vanguardista diseño finlandés del siglo XX, famoso en todo el mundo. Como casi no se ven niños y hay un clima abominable (en septiembre, cuando fuimos, todos los días estuvieron grises y lluviosos), Helsinki tiene un tono sombrío, a pesar de que todo está súper limpio y cuidado y la tecnología es apantallante y se ve por doquier.

El nivel de belleza física (según los parámetros occidentales tradicionales) se acerca al 100, tanto en hombres como mujeres. Aunque todos sean prácticamente iguales en la descripción, en la vida real muestran diferencias; todos son altos-altos, rubios-rubios, blancos-blancos, de ojos azules-azules, con unos supercuerpazos... Y todos son amables, pero distantes.

También nos impactó que Finlandia sea un país dominado por las mujeres: desde la Primera Ministra (por cierto que se veía tiernísimo su marido retratado con todas las esposas de los gobernantes en no sé qué reunión internacional celebrada recientemente), hasta la señora tradicional, pasando por las profesionistas, técnicas, obreras, plomeras, electricistas, chóferes, albañiles, basureras, etcétera, son ellas las que llevan la voz cantante. Es famoso el hecho de que una gran parte de los hombres se dedican a emborracharse a partir de las cuatro de la tarde cuando terminan sus labores (muchos son amos de casa). Supongo que la depresión que con frecuencia se da en países como ése, donde durante meses apenas hay luz de sol, se agudiza en la población masculina que se siente relegada, y el vodka ayuda (aunque después la cruda produzca una reacción química depresiva).

Mi madre biológica lleva 23 años viviendo en Finlandia (aunque pasa los largos y horribles inviernos en el sur de Francia), o sea que a estas alturas su background estadounidense debe estar bastante permeado por el carácter nórdico.

En la oficina de Salme, su abogada, una vez establecido que ella no estaría presente en la reunión con mi mamá (lo que yo pedí en venganza porque a mi hijo y a mi novio no les era permitido estar conmigo), Salme me dijo que qué era lo que yo esperaba de su "clienta". "¿Qué quieres decir?", contesté, pensando que así se hacía en las películas cuando a uno le preguntaban implícitamente si se buscaba una compensación económica. "¿Qué es lo que quieres de ella?", volvió a preguntar con mucha seriedad.
- Lo que siempre he dicho: conocer a mi mamá, hacerle preguntas; creo que tengo derecho a ello.

Y en ese momento decidí sacar un as que nunca había usado, puesto que siempre había dejado a los abogados refregarme en la cara que mi mamá me había dado en adopción (legal, lo que implica ser hija legal de los adoptantes y no tener derecho a nada respecto a los padres biológicos que en su momento cedieron -legalmente- a la criatura).

Le informé, pues, que yo no era adoptada legalmente. Que mi mamá simplemente me había entregado a un médico quien había hecho (conmigo) un trueque. Que, por esto, el gobierno de los Estados Unidos de América me había otorgado la ciudadanía norteamericana al reconocer a mi mamá, su clienta, como mi madre legal; lo que, por ser norteamericanos tanto ella como el esposo que declaró tener al momento en que dio a luz, me transfirió la nacionalidad.

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