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El día que conocí a mi mamá (IV)

MARÍA ESTHER POZO / LECTORA DE MUJERACTUAL
Algunos lectores (y lectoras, obvio) me han reclamado por estar haciéndola de emoción con este tema. La verdad es que no pretendo hacer una novela por entregas, a la usanza del siglo XIX, y tener en suspenso a los interesados. La semana pasada un virus gripal me hizo sentir miserable (¿porqué insisten en que la gripe no es grave y uno debe seguir como si nada?) y claro que no ha ayudado a desembarazarme de lagrimeos, mocos y estornudos el clima de la ciudad de México ante el cual Londres me parece una ciudad tropical.
En fin, me quedé en que diciéndole a mi mamá eso de "mi casa es tu casa" había logrado conmoverla. La humedad que asomó en sus ojos me mostró que no era totalmente de piedra: todo el mundo tiene su corazoncito.
Por cierto que durante los dos meses anteriores a mi viaje a Finlandia, éste fue el único asunto que traté con mi siquiatra. Él se abocó a que yo construyera suficientes parapetos emocionales para conocer a mi mamá y a que no tuviera más expectativas que las de llevar a cabo esa reunión de una hora y verla por única vez en la vida. Finalmente -me decía- "debes celebrar el éxito de haber logrado aquello que buscaste tantos años, y además el encuentro te va a servir para cerrar un círculo" (lo que se supone que da paz y tranquilidad). Me insistió en que no debía perder de vista este objetivo y, de pasada, el de tratar de averiguar algo sobre mi papá y de conseguir unos documentos para tramitarles a mis hijos la ciudadanía estadounidense.
Pero también planeamos alguna forma de hacerle una fisurita a sus infranqueables barreras defensivas de modo que pudiera yo lograr algún contacto emocional con ella. Mi siquiatra consideraba que por más tratamientos que uno tenga para superar la culpa de haber abandonado a un hijo, es casi imposible olvidar por completo el hecho de haberlo parido. Nuestros planes -nada maquiavélicos- se centraron en que le mostrara fotos mías de cuando era bebé, que era lo más cercano al momento en que me trajo al mundo.
El caso es que aprovechando el efecto que había tenido la frasecita que le dije a mi mamá, sorpresivamente -para que no tuviera tiempo de montar en su caballo- puse frente a ella varias fotografías mías y de mis hijos (es decir, sus nietos). Quedó patidifusa y, lentamente, fue viendo cada una. Y continuó el diálogo:
- Ellen (deteniéndose en una foto de cuando yo tenía como 6 meses): ¡Qué bonita eras! (se los digo sin modestia porque salir así no es ningún mérito, pero nótese que usó el pretérito por lo que me ha de ver visto ya muy fregada).
Yo no dije nada.
- Ellen: ¡Tus hijos no se parecen nada a ti!
- Salme (su abogada a la que le pedí que se quedara sentada en medio de las dos, como un dios que calmaba los ánimos de mi mamá cuando se encendía): Éste es el que está aquí afuera...
- Yo: Es una de las cosas que quería preguntarte. ¿Reconoces a alguien a quien se parezcan?, porque -en efecto- no se parecen a mí y tampoco se parecen sus respectivos padres, pero son idénticos entre ellos (con 10 años de diferencia), o sea que físicamente deben tener genes de antepasados míos y deben ser de vikingos porque ambos son gigantescos... (Yo ya conocía mi origen étnico, porque el primer abogado que contrató mi mamá, además de amenazas y advertencias, me había escrito que ella "comprendía mi natural curiosidad" por lo que me informaba que yo era 50% irlandesa, por parte de padre, y 25% polaca, 12.5% alemana y 12.5% danesa. Eso fue lo único que me dijo y en un tono de "fíjate qué buena onda es tu madre que te da a conocer tu ethnic background", como si eso fuera lo único que necesitara saber).
- Ellen: Pues no, la verdad es que no recuerdo a nadie a quien puedan parecerse.
- Yo (con el corazón a punto de salírseme): James O'Hara (con el que estaba casada cuando yo nací), ¿era mi papá?
- Ellen (con tono exasperado): ¡Cómo crees, si era gay! (yo ya lo sabía, pera ésa es otra historia...).
- Yo (con el Jesús en la boca): ¿Y entonces?
- Ellen: Tu papá se llamaba Robert Donahue. No te preocupes porque también era irlandés (¡y dale con la etnicidad!). Yo ya me había separado de James cuando empecé a salir con Bob. Lo conocí cuando entré a trabajar en su agencia de publicidad. Me llevaba 18 años, pero todo fue muy bonito hasta que le anuncié que me había embarazado y entonces él me informó que estaba comprometido (por como me dijo esto mi mamá, y la diferencia de edades, yo intuí que más bien estaba casado; casadísimo).
- Yo: ¿Cómo era?
- Ellen (muy irritada): No sé. ¿Cómo quieres que me acuerde si han pasado tantos años? Además, borré por completo esa parte de mi vida.
- Salme: Cálmate, Ellen. Si quieres ayudar en esto a María, trata de recordar.
- Yo: Tuviste un hijo con él. Es mi otro 50%. Por favor, entiende.
- Ellen: Pues no sé... Era rubio, alto, con el pelo rizado; muy guapo y extremadamente seductor… Realmente sólo me acuerdo de eso...
- Yo: ¿No recuerdas qué inicial usaba después de su nombre? (Como los norteamericanos sólo usan un apellido, la llamada "middle inicial" es fundamental a la hora de buscarlos).
- Ellen: No, no tengo idea.
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