Desde los inicios de la humanidad mucho se ha dicho y escrito acerca de nosotras, las mujeres. A lo largo de la historia, se nos culpó de desencadenar pasiones en hombres santos; en la edad media los sacerdotes católicos intentaron eliminar todas las prácticas que permitieran hacernos más atractivas; se trató de cubrir las curvas naturales con largas vestimentas y velos; se limitó nuestra función a la de procrear y criar hijos y se nos llamó siempre: el sexo débil.
Afortunadamente el paso del tiempo sirvió para demostrar que somos mucho más, y que muy aparte de ser tildadas como difíciles de entender; ser mujer es, en definitiva, uno de los privilegios más grandes de los que podemos gozar.
En la actualidad, nuestro rol exige mucho más que una casa limpia y mantener a un marido feliz. Hoy por hoy vamos hombro a hombro con ellos, sabemos combinar a la perfección nuestro rol de madre, esposa, ejecutiva o empresaria; comportándonos a la altura de cada situación. ¡Y vaya que sabemos hacerlo!
"Ya no tememos expresar nuestras ideas y sueños, ni nos culpamos por sacar a relucir la mujer que vive en nuestros corazones; somos desde expertas nutricionistas, psicólogas, decoradoras, hasta exquisitas modistas y maquilladoras", refiere Patricia Salgado, directora de marketing de Unique.
La mujer del paleolítico y sus menjunjes
Un dicho popular reza que no existe mujer fea y que la mujer es coqueta por naturaleza, y bien parece ser cierto, pues así lo confirman los antiguos dibujos hallados en las paredes de algunas cuevas de la edad de bronce que demuestran que la mujer del paleolítico ya usaba menjunjes para colorear de marrón rojizo, las diferentes partes de su cuerpo; mientras que en Sumeria, vivió hace 5000 años antes de Cristo, la reina Shub-Ad, en cuya cámara mortuoria se encontraron, numerosos utensilios de belleza, que nos demuestran los conocimientos de cosmética de aquel entonces.
En la época egipcia cuando la fabricación de productos cosméticos alcanzó su mayor apogeo, las mujeres se maquillaban varias veces al día empleando una crema de propiedades detergentes y desengrasantes.
Posteriormente, con las conquistas de Alejandro Magno, empezó en Grecia la industria de los productos de belleza, por aquel entonces, las mujeres griegas pudientes coloreaban sus rostros espolvoreándose de oro, blanco y rojo, teñían sus cejas y cabellos, prolongaban sus pestañas y marcaban el contorno de sus ojos.