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¿Y por una costilla?

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Dios no estaba acostumbrado a tener alguna ocupación. Hasta la semana pasada se lo había pasado de siesta en siesta, así que se aburrió pronto de ese asunto de tirar bolitas. La toga había acabado por estar impresentable, (también lo avergonzaba su mala puntería, a la Luna sólo le pegó tres veces).

Le había sobrado un poco de barro a un lado del árbol, sobre el cual, a pesar de las airadas protestas del ingeniero don castor, había vuelto a sentarse.

Pasando ese montón de barro de una mano a la otra, vio que con cada golpe adquiría una nueva forma. A veces parecía una nube, otras una montaña. Y manoseando por aquí, sobando por allá, modeló una pequeña figura.

Fenómeno, pensó, cuando tenga nietos voy a hacer unos cuantos de éstos y les armo un teatro de títeres. Pero, todos los creadores siempre retocan sus obras, y cuantos más detalles agregaba a la figurita, menos se parecía a un títere. Al final la puso sobre una hoja y la miró, satisfecho de su habilidad.

Casi casi, meditó, me podría presentar en algún concurso de arte, a ver qué pasa, aunque sea para aprovechar el copetín de la inauguración. Ya le estaba entusiasmando la idea. Miraba y remiraba la figura, y por ahí la apuntó con un dedo. Se imaginaba estando en la exposición señalando orgulloso su obra a los asistentes.

Y sin quererlo, y en realidad sin saber cómo pasó, porque nunca antes le había ocurrido, y nunca antes había utilizado ese método ni sabía que tenía el don, saltó una chispita desde su índice hacia la figura, y ésta, milagrosamente, cobró vida.

El castor, al que medio se le había pasado el enojo, y que se había quedado curioseando por ahí, dispuesto a llevarse su tronco en la primer oportunidad, le preguntó:

  • ¿Qué es eso? -a lo que Dios, aún asombrado de lo sucedido, le contestó con forzada autosuficiencia-.

  • ¿No ves?, acabo de realizar un trabajo artístico, una obra maestra, parecida a mí, y luego le di vida.

  • ¿Parecido a vos? -le replicó el castor, que no se dejaba amilanar así nomás- ¿no tienen espejos en tu casa? -agregó-.

  • ¿Qué? -preguntó inseguro Dios-.

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