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La amabilidad

MARTA SEGOVIA / UNO CONTENIDOS
Imagínense la situación. Aún no son las ocho de la mañana en un pueblo de la sierra de Urbión, en la provincia de Soria. El día presenta un aspecto grisáceo y frío. Es invierno. Las últimas horas han resultado algo complicadas después de que, desde la tarde anterior, todo comenzara a salir mal.

Poco antes de que llegara la noche, uno de los tres vehículos todo-terreno en los que viajamos quedó atrapado en una auténtica trampa de barro y agua. Y aunque al principio el asunto añadía un toque aventurero al viaje, conforme transcurría el tiempo el cariz dramático se iba acentuado. Los intentos por sacarlo sólo consiguieron que la pista por la que circulábamos cediese y la tierra desprendida arrastrase consigo al vehículo hasta el fondo de un barranco.

Estamos rodando un documental sobre espacios naturales en la Península Ibérica para una agencia francesa. ¿Saben dónde estaba la parte más importante del equipo técnico?. Naturalmente en el vehículo que se precipitó al barranco. No ha parado de llover en toda la noche y el frío ha hecho mella en nosotros. La lluvia incesante y el barro que lo inunda todo, tras varios días lloviendo, no nos han permitido plantar las tiendas, así que hemos optado por dormir en los otros dos vehículos. Bueno, decir dormir es una forma de hablar, porque nadie ha conciliado el sueño más de dos horas seguidas.

Con las primeras luces partimos en busca de ayuda. Encontramos una gasolinera, en este pueblo del que les hablaba, y sale el dueño que está haciendo el primer turno desde las seis de la mañana. Le explicamos la situación y sus primeras palabras son: "Bueno, lo primero pasen dentro que tengo café caliente y les hace falta. Luego comenzamos a solucionar los problemillas". Y eso es lo que quería contarles.

A veces, unas palabras amables son capaces de darle completamente la vuelta a un mal día. Pero la amabilidad es un bien escaso. Tras muchos años de viajar por nuestro país, lo cierto es que he encontrado mucha gente amable. Normalmente, cuanto más sencilla es la gente y más alejada de los grandes núcleos urbanos se encuentra, más amable suele ser. Hay excepciones, claro está. Pero nuestros pueblos y tierras del interior están llenos de gente amable. Gente dispuesta a mejorarte el ánimo con unas palabras, con unas pocas frases que te levanten el espíritu. La amabilidad no debe confundirse con la "buena educación". Esta última es protocolo puro y sin contenido esencial. La amabilidad es el deseo premeditado de producir en tu interlocutor un buen estado de ánimo. Desinteresadamente. Sin esperar nada a cambio.

Me he encontrado muchísimas veces con gente amable. El viajero ha de ser necesariamente amable, pues la única forma de aprender y conocer de las tierras y gentes que se encuentran en el viaje es a través de la amabilidad. La amabilidad aún abre puertas. La prepotencia las cierra. He encontrado gentes que, sin conocerme más que unas pocas horas, me han llevado a comer a su casa; gente que nos ha invitado a dormir en sus hogares ante una noche intempestuosa; gente que te enseña todos los recuerdos de su familia y que rememora contigo su pasado; gente que comparte un vaso de buen vino a cambio de una conversación en la que se habla y se escucha; gente que te acompaña durante horas para enseñarte aquellas ruinas que sólo ellos conocen; gente, en definitiva, amable.

Hoy me he acordado de alguno de ellos y aunque son gente anónima, buena gente anónima, que no leerán estas líneas (y que si las leyeran no sabrían que están escritas para ellos), he sentido la necesidad de dedicarles estas palabras, agradeciendo su amabilidad. Porque, como diría alguno de mis compañeros de esta revista, de buen viajero es ser amable, y amabilidad de viajero obliga.