Hay una palabra que a mí, como viajera de vida, arte, vocación y oficio, me resulta especialmente grata. Se trata de "santuario".
Santuarios hay muchos. Los hay del espíritu, también del cuerpo; los hay de la imaginación y también de la inteligencia; los hay de la paz y, por qué no, de la fiesta, del carnaval y de la algarabía. Pero lo que en todo caso resulta seguro es que cada uno necesita, o debe tener, sus santuarios particulares.
Cada viajero posee, conoce o recuerda, un lugar predilecto para retirarse. No sólo para descansar o para recargar nuevas energías, sino también para reafirmarse, cuestionarse viejas ideas o planteamientos, tomar decisiones o, en definitiva, buscar o elegir caminos.
A esos lugares se viaja con una mochila muy ligera de peso (apenas algo de ropa, un libro, una libreta, un par de lápices,...); sin embargo, la mochila de verdad, la del recuerdo, la de las vivencias y experiencias, la de los muchos rostros conocidos que pueblan nuestras mentes, suele resultar tremendamente pesada.
Se trata de llevarnos, a esos particulares y mágicos lugares, todo aquello que necesita ser revisado o simplemente olvidado, pues el objetivo final es regresar limpio, curado y liviano. Sobre todo, eso, liviano, ligero.
Después de ese viaje al Santuario, el regreso nunca es pesado, pues aunque podemos creer que abandonamos el paraíso (nuestro paraíso particular) subimos al coche, al avión, al autobús... volvemos a la rutina, con una sonrisa de descanso y esperanza. Con esa sensación de placidez y bonanza que otorga el Santuario. Después resulta más sencillo retomar las riendas del día a día.
Cada uno sabe que su particular Santuario siempre nos acompaña, siempre está con nosotros, y además ha quedado impregnado con nuestras emociones y sensaciones. Volver al Santuario es someterse a una catarsis voluntaria. Es encontrarse con nuestros fantasmas de siempre pero también con nuestra visión del futuro, tamizada por la moldeadora “presencia del presente”.
Regresar al Santuario es, en el fondo, un deseo, arcaico, ancestral e íntimamente ligado al ser humano, qué significa nuestra necesidad de desvelar el futuro, de saber y acertar un camino que penetre en la oculta realidad de cada mañana a través de una senda certera. Pero desvelar nuestro destino es siempre una tarea difícil, anhelada pero compleja.
Cuando alguien te pregunta por un buen lugar para pasar unas vacaciones o un fin de semana, es casi imposible que te venga a la memoria el nombre de "tu lugar". Prefieres evocar cualquier otro punto del mapa y mantener tu Santuario a salvo y alejado de intrusos, por muy cercanos que éstos sean. Cada uno establece un vínculo personal y único con su Santuario y consideramos que casi es de nuestra propiedad. Es un modo de hacernos creer a nosotras mismas que ese rincón, esa tierra, nos pertenece, que es nuestra porque forma una parte muy importante de nuestras vidas, y sentiríamos como agravio que se convirtiese en destino turístico de cualquier otra persona. En el fondo, es un miedo subconsciente a que las energías positivas que emanan de aquel lugar acaben por dejar de irradiar. También es un temor a que nuestra Meca particular acabe por agotarse al soportar demasiados cansancios y problemas por todos los lastres que en él dejamos.
Si han llegado hasta aquí, Uds. me habrán permitido todas las disquisiciones anteriores. En ellas sólo pretendía ubicar en el espíritu de cada uno la realidad de nuestros respectivos Santuarios.
Yo tengo también mi Santuario. Hay momentos en nuestras vidas en las que cada uno presiente que el tiempo de regresar al Santuario se aproxima. Los días comienzan a tornarse más grises. Las ilusiones comienzan a escasear. Todo aquello que nos producía un placer especial empieza a volverse más anodino. Nuestra pareja deja de tener su encanto particular (a pesar de que creamos que sigue siendo encantador, pero no lo apreciamos con tanta facilidad). También empieza a aparecer alguna noche en vela, y los amigos son más difíciles de soportar. Ese trabajo que tanto nos gusta, ya no es lo que era y el futuro parece algo rocambolesco. De vez en cuando nos descubrimos haciendo tonterías y nuestra forma de comportarnos se va alejando de lo que nuestro juicio siempre nos recomienda. Cuando todo eso sucede siempre acaba por llegar el día fatal. Una noche, un día cualquiera, cometes la tontería inesperada; una noche absurda, una reacción a destiempo... y luego te quedas mirándote en el espejo, descubres a una extraña, aprecias alguna que otra arruga, marcas del tiempo, que ayer no estaba y decides: "Es el momento de regresar al Santuario". Realizas dos llamadas disculpándote durante tres o cuatro días de ausencia y coges la mochila. Metes tus vaqueros de toda la vida, tu viejo jersey que siempre guardaste, las botas o zapatillas más cómodas. Y partes hacia tu Santuario.
Yo, como les decía, tengo mi santuario. Y muchas de las cosas que les he contado en las últimas líneas se las he narrado en primera persona. He comenzado a escribir estas letras cuando hacía escasos minutos que terminaba de llenar mi mochila. El vaso de mis días grises se desbordó anoche y esta mañana el espejo me devolvió a la necesidad de regresar a mi Santuario. Me voy. Pongo un e-mail a mis compañeros de la revista con esta columna y me marcho. Cuando vuelva, seré una nueva persona con fuerzas nuevas.
En cualquier caso, gracias por leerme, por que en el fondo, saber que Uds. leerán estas palabras me produce una reconfortante sensación. Se lo digo sinceramente. Gracias.