Mi familia, por parte de madre, tiene tradición marinera. Quiero decir que mi abuelo materno, mis tíos (hermanos de mi madre) y sus ancestros siempre estuvieron vinculados con la mar. Fueron desde cocineros hasta capitanes, pero siempre a bordo de una nave que cruzaba el mar con mayor o menor zozobra.
Yo, que soy viajera de tierra, es decir, de las que les gusta sentir el suelo bajo los pies y llegar tan lejos como éstos me permitan, siempre escuché con solemne atención la gran cantidad de aventuras y desventuras que de sus viajes me narraron.
No es que me seduzca el mar de manera especial. En todo caso, me atrae la porción de mar que toca la tierra, o sea, la costa. Es natural, ya que mis verdaderas raíces se encuentran en las montañas de eso que llamábamos Castilla la Vieja. Para mí, los verdaderos horizontes, que son el leitmotiv de casi todos los viajes, son aquellos que se encuentran preñados de cumbres, montañas y rocas que parecen ofrecer barreras hacia otras tierras, hacia otros caminos.
El mar, por el contrario, en su pasmoso horizonte de linealidad, nunca me atrajo tanto como para intentar el viaje a través de sus entrañas. Lo que sí que me atrae del mar es su condición de camino; camino que une tierras lejanas y en el que, además, las aventuras más extrañas pueden acaecer de improviso.
Entre esos familiares que les decía al principio y que siempre anduvieron vinculados a la mar, destaca especialmente mi tío Juan. Su vida, incluso cuando yo tenía quince años y él rondaba los cuarenta, ya me parecía una aventura con mayúsculas.
Mi tío Juan era el personaje que aparecía cada cierto tiempo por casa de mis padres, cuando el barco que capitaneaba recalaba en el puerto. Allí pasaba varios días y apenas paraba en casa, entre las críticas de mi padre y los consejos de mi madre. Pero cuando mi tío regresaba de madrugada, yo le esperaba despierta. Ya en aquella época me agradaba su imagen descamisada, el cigarrillo en la comisura de los labios, su traje azul de capitán y su gorra de plato. Mi tío, guapo hombretón él, estaba más cerca de la imagen de Corto Maltés que de la de un oficial de la marina. Llegaba a mi habitación, soltaba un fajo de billetes arrugados y manchados de aceite encima de la mesilla y se dejaba caer en la cama, a mi lado.
“¿Aún estás despierta, bichejo?” , me decía, y yo, sin esperar un momento, le instaba a que me contase sus aventuras y viajes por todo el planeta. Me entusiasmaban especialmente sus narraciones en las que remontaba el Amazonas buscando bosques para talar; cuando recogía cargas en la costa africana; o cuando me hablaba de las heladas costas del norte de Gran Bretaña. Me contaba también historias de aquel continente que, para él, resultaba el más hermoso del planeta: Australia.
Mi tío me narraba las cosas como las sentía o como las recordaba, sin tapujos, a flor de piel. Y aquellas historias de mi tío de broncas en cualquier ciudad portuaria, de mujeres fatales y mujeres angelicales, de hombres sin escrúpulos y amigos para toda la vida, me encandilaban. Cuando Juan se dormía y yo le apagaba el cigarrillo, justo cuando estaba a punto de prender fuego a las sábanas, me quedaba con los ojos abiertos soñando con sus viajes y aventuras.
Luego crecí, y estuve muchos años sin ver a mi tío Juan. La familia en general, y sobre todo la parte castellana de ésta, no veía con buenos ojos a mi tío que, después de recorrer el mundo, no terminaba de casarse y formar una familia. Pasaron los años y recordando aquellas historias de Juan, comencé a pensar que más bien fueron los cuentos bien contados de un marino seductor. Sin embargo, hace unos pocos años, dos o tres, volví a encontrarme con él. Mi tío Juan había engordado notablemente, los años habían lacerado sensiblemente su cuerpo, pero conservaba la misma sonrisa socarrona e idéntica seguridad de seductor genético.
Nuevamente le pedí que me contase viejas historias y tal como ocurrió entonces (ahora se acerca casi a los setenta años) me cautivó durante horas y horas. Sus narraciones eran tal y como las recordaba, palabra por palabra, pero ahora además me enseñó cartas, viejas fotografías, cicatrices y alguna que otra lágrima que le proporcionaba el regreso a su pasado.
Hoy sé, que aquel bravucón, seductor, apuesto, impertinente, inquieto, inteligente, tierno y cabezaloca de mi tío Juan, fue mi primera lección de verdad; y cuando lo pienso descubro que muchas de aquellas historias que me contó de pequeña, calaron en mí más que muchas lecciones escolares. Además, se me hundieron en la conciencia sin notarlo, sin sentirlo, como de verdad se aprende. No en vano, cuando llegó la ocasión y sin saber por qué, las historias de Corto Maltés siempre ocuparon un lugar privilegiado en mi librería.