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El niño que estaba feliz

MARTA SEGOVIA / UNO CONTENIDOS
Hace pocos días se celebró en Madrid un congreso que, entre otros menesteres menores, mantenía la vana intención de predecir la futura evolución de este fenómeno de la "aldea global".

Como Uds. saben, estos temas, los de las comunicaciones en el próximo siglo, me atraen especialmente. Así que abandoné, durante los tres días que duró el congreso, mi retiro en las montañas aunque la esperanza de que se llegase a conclusiones veraces, razonables y prácticas era reducida. Lo cierto es que estos congresos y certámenes sólo sirven para regocijarnos todos comprobando la velocidad con la que evolucionan las tecnologías de las comunicaciones, para asombrarnos unos a otros con peregrinas premoniciones y aseveraciones visionarias, y para poner contra las cuerdas a nuestros estómagos sometiéndolos a fastuosas comilonas a las que no estamos acostumbrados pero en las que siempre nos vemos involucrados. Siempre acompañadas de buen vino y largas sobremesas, claro está.

Las jornadas se desarrollaban con la monotonía acostumbrada cuando subió a la tarima el representante de no sé cuál institución sueca. Se expresaba en un profiláctico inglés, por lo que pude comprender sus palabras sin la intervención de la traductora que siempre resta emoción, ritmo y veracidad a los oradores. Yo, como muchas de mi edad, aún ando enganchada al francés (lingüísticamente hablando, claro)

Aquel individuo que tenía nombre de vikingo, Olafsson, vino a decirnos que la rápida evolución de las comunicaciones electrónicas, especialmente a través de Internet, no nos concedía suficiente tiempo para adaptarnos a los cambios. Olafsson afirmaba que por primera vez en la Historia, la evolución tecnológica estaba obligando a los individuos, no sólo a cambiar sus costumbres, sino también sus relaciones emocionales y afectivas a una velocidad de vértigo. Los cambios estaban siendo tan profundos en la interrelación humana que el vikingo se atrevía a hablar de "un nuevo ser humano". Y esto, según decía, era peligroso si no se asimilaba suficientemente porque estaba modificando la concepción misma del individuo como ser social y sociable. Olafsson nos dijo que uno de los hechos que más le había inducido a reflexionar sobre todo esto era la situación creada en el grupo de amigos de su hijo de 11 años. Y como buen ejemplo de sus teorías, el serio y sesudo sueco se dedicó a contarnos la historia con detalle.

Todos los amigos de su hijo estaban conectados a Internet en sus casas y lo utilizaban para comunicarse de forma casi permanente entre ellos, de manera que se enzarzaban en continuas discusiones, conversaciones e, incluso, tontas charradas, a través de la Red. Además, no sólo se limitaban a "chatear", sino que hablaban de viva voz, se veían a través de la web-cam e intercambiaban trabajos, imágenes, canciones, películas, etcétera. Incluso esto iba más allá. Por la edad que tienen, su gran pasión son los videojuegos y se percataron de que a través de Internet podían jugar todos ellos simultáneamente en las más frenéticas y estresantes partidas adoptando el rol de fantásticos aventureros que tomaban forma humana dentro de la pantalla. Además, no sólo defendían las galaxias y recorrían mundos imaginarios entre ellos, sino que su grupo de compañeros de correrías se repartía por los cinco continentes. Tenían como copilotos de sus naves a "amigos" de los que jamás habían escuchado su voz, de los que desconocían cuál era el color de su pelo o de su piel, o de si eran chicos o chicas. Esto último, lo del sexo y la raza, especialmente, producía satisfacción en nuestro orador.

Como consecuencia de todo ello, el grupo de amigos de su hijo se veían físicamente entre sí cada vez con menos frecuencia, ya que los intercambios por la Red resultaban totalmente satisfactorios y completos.

Y así fue pasando el tiempo. Y el sueco, preocupado en extremo por lo que observaba, se dedicó a estudiar la más mínima emoción o reacción de su hijo en un intento de atacar cualquier síntoma negativo que apreciase en la conducta del chaval.

Sin embargo, tras semanas y semanas de atenta vigilancia, Olafsson llegó a certeras conclusiones. Y estas conclusiones, en cierto modo, acabaron por preocupar aún más al experto vikingo.

Las relaciones entre los muchachos habían mejorado sustancialmente, sus lazos de amistad se habían reforzado considerablemente, su grado de complicidad había aumentado y, en general, se sentían más amigos y camaradas que antes de iniciarse el "proceso".

Los camaradas de su hijo reducían cada vez más el contacto físico entre ellos, además, en su escuela, y dada la climatología de su pueblo natal, se había puesto en marcha un sistema de acceso a las clases en modo virtual, a través de Internet, lo cual redundó aún más en el distanciamiento material. Sin embargo, en lo espiritual y afectivo, el contacto a través de la Red se volvía cada vez más intenso.

Olafsson siguió muy de cerca todos aquellos cambios, preocupado por la estabilidad emocional de su hijo, pero con cierto asombro comprobó que el muchacho se encontraba bien, que sus necesidades emocionales y de relación estaban, aparentemente, cubiertas.

Al final, sus conclusiones se abrieron ante él como una ventana al precipicio: el aspecto general, físico y emocional que mostraba su hijo resultaba mucho más feliz. Su hijo era más feliz en todos los aspectos. Lo que para el bueno de Olafsson no dejaba de ser ciertamente terrorífico.

¡Bienvenido siglo XXI!