Un pueblo de Castilla. Un pueblo de esos en los que el tiempo dispone de una cadencia austera. Un pueblo, a la sombra de su castillo, vieja esencia de un esplendor antiguo. Un pueblo, cual varada nave, anclado en el mar del verde cereal que comienza a germinar en los albores de una próxima primavera. Un pueblo de piedra. Como son los pueblos de verdad.
Junto a la iglesia mayor, tras atravesar la deteriorada puerta de la antigua muralla, que en un tiempo imponía respeto y otorgaba seguridad, junto a la robusta iglesia, digo, un palacio hermoso, sutil y austero, hoy convertido en sereno, bello y romántico hotel. Tiene patio interior, de balaustre de madera y vigas que, ordenadas, soportan el peso de la piedra y de los siglos. Los caminos y la noche, gélida, como son las noches de Castilla cuando se presagia la cercanía de la nieve, nos trajo hasta aquí.
Una habitación amplia, con severo suelo de barro cocido y adusto ventanal. Una habitación donde la madrugada nos contempló deshaciéndonos en susurros, caricias y miradas. Un espacio que se derritió a medida que la pasión de antiguos deseos encontraba el camino entre nuestros cuerpos, alrededor y también dentro de ellos. Luego, tras un breve sueño, las primeras horas del alba, descubrieron como, entre la calidez de las sábanas y de la piel, el acto último de aquella inmemorial guerra sin cuartel encontraba su encarnizado combate final. Encarnizado porque la carne se hizo presente ante el compromiso de un amor prometido desde años olvidados. Encarnizado porque la carne se hizo sentir como sólo lo hace cuando encuentra la comunión con el amor ancestral. Encarnizado porque la carne fue el ejército vencedor y el vencido, incendiada y sacrificada, en nombre del general pasión.
El día nos despertó, desvalidos y desnudos, sumidos en la ventura de los que sienten que la dulzura vive presa entre sus miradas. Dos sonrisas enfrentadas que se ofrecen los buenos días. Un desayuno leve. Y todo dispuesto para regresar al camino. En nuestras almas sigue vibrando el placer sentido en una sincera y entregada noche de amor.
Salimos a la calle. Un frío arrebatador, ampliado por el viento sajante, nos devuelve a la realidad de la piedra que todo invade.
En el aire, el lánguido y cadencioso tañir de unas campanas que lloran.
Tocan a muerto -me dice él-
La vieja colegiata espesa el aire con el dolor de que este invierno que cesa dejará envuelto en la tierra a otra de las gentes que permanecen en este lejano lugar de Castilla.
Salimos del hotel. De repente, todo parece detenerse. Los momentos se hacen pausados, una escena irreal parece desencadenarse, como en los fotogramas de una película en cámara lenta. Frente al pórtico del hotel, en la calle empedrada y de pronunciada inclinación, la sobria figura de un sacerdote ataviado con ropas de oficiar.
Giramos nuestras cabezas, y nuestras miradas se dirigen hacia el otro extremo de la calle. Descubrimos un grupo de gentes, arropadas en negro, que ascienden en silencio portando un ataúd. Decidimos bajar la calle. Pasamos junto a la comitiva. Miramos el féretro con la mirada cabizbaja. Contemplamos los rostros serios de aquellas gentes que lamentan la pérdida de su amigo o quizá de un familiar. Todos tienen una edad avanzada, como la piedra del pueblo. Seguro que piensan o han pensado, que más tarde o más temprano, ellos ocuparán el lugar del que se va.
Una sensación de extraña vergüenza nos invade al pasar, casi rozar, a los que lloran. Mi alma aún flota, entre el amor y la pasión de la noche, cuando me alejo de aquellas gentes ajenas que plañen por la muerte cercana. Un instante, un espacio, en el que amor y muerte coinciden en un espasmo de irrealidad.
Sobrepasamos al grupo, ellos ascienden la calle, nosotros la bajamos. No puedo evitar girar la cabeza. Compruebo que una mujer enlutada también se ha dado la vuelta para mirarnos. Su rostro serio. Sus ojos se fijan en los míos. Un momento después, lentamente, aquella mujer esboza una tenue y cariñosa sonrisa. Estoy segura de que sabe lo que pienso. Sabe que estoy enamorada y sabe que el placer y el amor anduvieron rondándome la noche pasada.
Luego, se vuelve con los suyos y sigue a la comitiva que acercan al muerto hasta la colegiata.