Estamos ya vislumbrando la Navidad y a mí me ha dado por acordarme del verano. Les explicaré, pues esto viene a cuento de que he tomado un café con alguien que ha venido hasta aquí para verme. El lugar donde resido un puñado de días al año, cuando no viajo, es un lugar un tanto alejado, incluso remoto, perdido entre las sugerentes montañas del Maestrazgo. Y lo de venir hasta aquí sólo para verme supone un cierto esfuerzo. A este compañero, tampoco puedo decir que sea mi amigo, lo conocí el verano pasado. El verano, para viajar, no me resulta especialmente atractivo. Sin embargo, hay un matiz de esos meses que, cuando llega la temporada, me obliga a recordar años pasados.
Ahora, cerca de Navidad, les voy a hablar de los amores de verano. Resulta algo "cutre" denominarlos así, pero creo que es la expresión que mejor se ajusta a la realidad.
Si Uds. piensan en cualquier verano en el que se toparon con uno de estos amores de verano, verán que todos están hechos de la misma materia. Promesas que nunca llegan a cumplirse, sueños que nunca llegan a realizarse, pero sobre todo se nutren del recuerdo. No sé qué tendrán los amores de verano, pero es cierto que tienen un aroma distinto. Tienen la fuerza de dos huracanes que colisionan porque saben que, en un corto espacio, en un plazo de tiempo breve y efímero, han de darlo todo con la voluntad, no siempre sana, de dejar la mayor y más firme huella. No reparten sus encantos con cuentagotas, porque el tiempo apremia, pero su maná sabe a gloria. Jamás se enturbian, es absurdo, no hay espacio para los reproches ni para los malos rollos. Entre risas, salidas nocturnas, baños y bañistas, la pareja del verano se enamora y se prometen la luna y la vida entera. Saben de qué hablo, ¿verdad?
El chico más guapo de la urbanización que este verano se ha fijado en ti, la amiga de tu hermana que ese año, ¡sorpresa!, te ha elegido como presa de turno, o la nueva/ o que se incorporan al grupo de amigos ... Todo es un trasiego de idas y venidas. Eso sucede en la juventud. Luego, años más tarde, los mismos argumentos se transforman en otros similares. Descubres que el marido de tu amiga lleva muy bien eso de los años, o que el amigo del marido de tu amiga es todo un bombón inesperado. O que un desconocido que encuentras en el hall del hotel resulta que es lo más parecido a Harrison Ford o a Sean Connery que has visto en tu vida. En verano quedan atrás los estudios, el trabajo y las peleas con el novio en serio o el marido, que ha preferido irse de vacaciones con sus amigos/ as o sigue trabajando (eso dice, al menos). Pero a ti ya nada te importa, porque estás en Agosto, de vacaciones y encima crees haber encontrado al hombre/ mujer de tu vida. Crees haber hallado esa felicidad eterna que dura unos días.
De repente, los días empiezan a tener tan sólo 24 horas e inconscientemente intentas negar la realidad: él se irá a su ciudad y tú a la tuya, porque no me cuestionarán que los amores de verano tienen como condición sine qua non que la distancia acabará por imponerse. El ritmo de las promesas se acelera. Palabras que nunca pensabas que usarías, es más, ni siquiera las catalogabas en tu diccionario, surgen como un sencillo ¡buenos días!. De los te quiero o eres el amor de mi vida, se pasa a los nunca te olvidaré y te escribiré toda la vida. Promesas tras promesas, pero ¡benditas sean!
Y por fin, llega el temido día de la despedida; la noche anterior hubo risas, besos y deseos, muchos deseos. El final del verano ha llegado "... y tú partirás".
Y septiembre ya nunca nos sabrá igual. El regreso, ya de por sí doloroso, ese año lleva añadida una cierta tristeza que te deja perplejo/ a, y que tú, siempre tan racional, en esta ocasión no sabes cómo atajar, pues nunca pensaste que te podría pasar a ti. Te enfrentas a la realidad, ahora dura realidad, a tus amigos, a tu pareja, a todo lo cotidiano que te rodea y que creías haber olvidado.
Luego llegan las primeras cartas, las llamadas telefónicas (ahora también los e-mail) y todavía te estás preguntando por qué no sabe igual. No es que prefieras volver a vivir la misma vida, es que el chico/ a sacado de contexto parece que no es lo mismo. Sus palabras, entonces, las empiezas a oír de lejos, sus susurros telefónicos se asemejan a interferencias, y todavía te sigues preguntando el por qué de todo aquello.
Amores hay muchos, más o menos pasionales, pero no me negarán que los de verano tienen su singularidad. Siempre, y por muchos líos que tengas en invierno, estarán de acuerdo, en que sus besos, y no comprendes por qué, no saben igual.
Lo peor, o lo mejor de todo, es que el amor de verano carece de compromisos. En invierno acostumbramos a decir que el amor sin compromiso es sólo sexo. Sin embargo, con los amores de verano, podemos decir que disfrutamos de amor y sexo, sin compromisos.
A estas alturas creo que ya me he hecho un lío con el amor, el sexo, el verano y el compromiso. Da igual. Lo cierto es que el próximo verano volveré a viajar y, con cierta probabilidad y esperanza, me encontraré con un amor eterno de verano que acabará justo cuando llegue septiembre.
Ayer tomé café con un eterno amor de verano, amigo del marido de mi amiga, que era lo más parecido a Harrison Ford que había visto en mi vida y que ahora, en Diciembre, cuando quería seguir siendo Indiana Jones, resultó que no llegaba ni a Inspector Gadget.
La verdad es que hoy, en Noviembre, eso de los amores de verano me dejan un poco fría, no sé si será por la Navidad, porque los hombres son así... o porque nosotras también lo somos.