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Poner tierra por medio

MARTA SEGOVIA / UNO CONTENIDOS
Por razones que no vienen a cuento, no estoy pasando por uno de mis mejores momentos personales. Si sienten curiosidad, les diré que problemas sentimentales, azuzados por la complejidad de las relaciones familiares, están dando al traste con la tranquilidad de espíritu en las últimas semanas. Eso, que no es nada particular, pues todo mortal ha pasado por momentos similares, a mí, en mi caso, me está dando especiales quebraderos de cabeza.

Diríase que en estos tiempos ando con esa extraña sensación que se percibe cuando te acercas la mano al pecho y no sabes si debajo hay un corazón o una batidora de carne empeñada en hacer compota de tu alma.

Hace pocos días, la situación llegó a ese punto en que la prudencia me aconseja parar y reflexionar. Ya saben, aquello de parar el combate y reordenar las naves. Así que hice lo que, en estos casos, suelo hacer: poner tierra de por medio. Esta es una terapia que los psiquiatras y los curas no aconsejan habitualmente, pero puedo dar fe de que resulta excelente cuando la "batidora" se acelera más allá de lo soportable.

No lo entiendan como un "desinhibirse" de los problemas. No es eso. Lo que quiero decir es que, en situaciones parecidas, decido viajar. Viajar yo sola y sin un destino prefijado. Es como una forma de distanciarse lo suficiente del problema como para poderlo analizar coherentemente. O lo que es lo mismo, alejarse lo suficiente de los árboles como para ver el bosque.

Todo ello me lleva a reflexionar sobre el curioso efecto que el viaje produce sobre el viajero. Permite dejar atrás cosas, sentimientos, ideas, vivencias .... El viaje, en cualquier caso, es siempre una buena terapia. El viajero, cuando viaja, se transmuta. Yo diría incluso que tanto su físico como su psique se transforman. Cuando partes, cuando inicias el viaje, al mismo tiempo que sueltas amarras, también sueltas lazos. Lazos de todo tipo que, siempre, de una forma u otra, te atan. Viajar es un derecho y un ejercicio de libertad que tiene un reflejo inmediato sobre el que viaja. De pronto te sientes pertenecer simultáneamente a todos sitios y a ninguno en especial. Por ello, el viaje es también una reflexión íntima, propia, intransferible. Cuántas veces se nos ha perdido la mirada en el paisaje asomados a la ventanilla de cualquier vehículo mientras el horizonte cambiante y sinuoso se iba metamorfoseando ante nuestros ojos. En esos momentos, la mente puede quedarse en blanco en extrema y lánguida placidez. Pero al mismo tiempo, esa mirada perdida en el horizonte puede llevarnos a observar "con otros ojos" cualquiera de las facetas o aspectos de nuestra vida. El viaje es así, como dice Carlos Climent, es siempre un doble viaje: uno físico, por el que te desplazas; y otro psíquico, por el que viajas dentro de tí mismo.

Por eso, el viaje siempre resulta quirúrgico, profiláctico, "limpiador de espíritus". Por si lo quieren saber, mi "particular coyuntura" me llevó a retirarme unos pocos días en un viejo y confortable pazo gallego. Una casa rural que, a veces, comparto con sus dueños. La atemporal y fascinante Galicia me envolvió durante esos pocos días mientras me dejaba vagar por sus caminos y bosques. Una tarde, sentada en la ladera de un suave monte colindante con el pazo, comprendí muchas cosas sobre mi situación que antes, días y días de reflexión, (y alguna que otra sesión de diván de psiquiatra de cabecera) no me habían permitido descubrir. Aquel pequeño viaje me dejó ver mi bosque particular y aunque esta vez el viaje físico no fue muy largo, el interior, el de dentro, me llevó a varios años luz de donde estaba antes de partir.