No hace muchos años, en un viaje que recuerdo con especial cariño y que me llevó por tierras del Maestrazgo (Teruel, Cuenca y Castellón) junto a mi buen amigo Carlos Sanjuán, tuve el placer de conocer a un peculiar personaje. En ese viaje del que les hablo, andábamos documentando un libro que luego vería la luz con el título "Las Tierras del Temple".
Pues bien, en un pueblo de aquella región, encaramado sobre una inmensa muela que fue atalaya íbera, romana, musulmana y cristiana, en la que aún se descubren los restos de su imponente fortaleza, conocimos a un hombre singular.
Recuerdo bien que llegamos en una gélida noche de noviembre en la que las estrellas habían decidido no salir, y descubrir la callejas de la población era más una cuestión de tacto que de vista. Así, con el azar un poco de nuestra parte, hallamos la única posada convertida en confortable alojamiento rural por el arte de una joven pareja que había dedicado su dinero, empeño e ilusión a este menester.
El pequeño hotel tenía a su entrada una agradable taberna que era el único local social del que disponía el pueblo. Y así, con la confianza que otorga el ser extranjero en tierra desconocida, comenzamos la siempre gratificante ceremonia de charlar con las gentes que se encontraban allí que, poco acostumbrados a encontrar viajeros en aquella época, quisieron saciar su curiosidad con nosotros.
Entre los allí presentes, pronto nos llamó la atención uno de los contertulios que, a todas luces, resultaba culto y de buen hablar. En el primer intercambio de palabras relativo al viaje y a los viajeros, demostró enseguida tener muchas millas andadas y varios continentes, océanos y países en la mochila. Y, claro está, también en nosotros anidó la curiosidad. De esta forma, a la primera ocasión que tuvimos, tras una frugal pero energética y recia cena, nos dedicamos a indagar en sus ocupaciones habituales.
El buen hombre, pelo plateado, voz ronca, cuerpo fuerte y algo voluminoso, buen bebedor de orujo, piel curtida, ... resulto ser el párroco de aquél y otros pueblos de la contornada. La conversación, al poco de iniciarse, ya anunciaba que acabaría en la madrugada pues ni mi buen compañero de viaje ni yo, renunciamos nunca a una charla interesante a cambio del descanso por muy necesario que éste sea (y aquél lo era).
Nosotros viajeros y él párroco, pronto encontró el momento de señalarnos que curas, sacerdotes y religiosos en general son y han sido, según nos decía, los grandes viajeros de la Historia. Esta afirmación nos causó cierta sorpresa, e incluso nos invitó a cierto grado de broma que nos permitimos manifestar en aras del buen dialogador que el cura demostró ser desde el primer momento. Dado que nuestra opinión se apoyaba en la discutible imagen viajera de la mayor parte de los religiosos de nuestros días y que cuanto más cerca de Roma mirábamos, el asunto se tornaba más feo, el sacerdote se decidió a explicarnos su opinión.
Nos decía, ya muy adentrada la noche, y manteniendo su buena y sana ingesta de orujo, que para nada desmerecía su equilibrio intelectual, que hoy, cuando el mundo se encuentra hipercomunicado, la evangelización, al depender menos del viaje, ya no es lo mismo.
Ya les he dicho que, aparte de ser un culto y excelente conversador, el párroco, que a esas alturas ya era amigo, resultó un buen y equilibrado bebedor. Eso sí, nunca perdió la compostura y, a pesar de que consumía el orujo de la tierra con cierta facilidad, nunca menoscabó su serenidad. Como mucho, se le acentúo la ronquera de su voz.
Muchas veces, después de aquel día, me acordé de nuestro párroco de aquella posada. No volvería a verle y bien puedo jurar que me hubiera gustado hacerlo una y muchas veces. Hace pocos días, ahora vivo a un puñado de kilómetros del pueblo donde lo conocí, pude hablar con alguien que lo trató. Díjome que el párroco falleció en este año pasado. El recuerdo que dejó, antes que de párroco (que también) era el de un excelente amigo para todos aquellos que se le acercaron. Cuando de él se habla, entre muchas cosas buenas se decía "Ħque bien bebía orujo!".
Podría relatarles muchas palabras de aquel hombre y de aquella sola noche, muchos recuerdos acerca de aquellas experiencias que narraba , buenas y malas, y que anidaban en su repleta mochila de viajero. Pero dos cosas se me quedaron grabadas en la memoria de forma especial. Una primera, cuando el párroco me confesó que de sus viajes como misionero, echaba en falta, sobre todo, a la gente y la aventura.
Una segunda, una frase lapidaria, profunda, intensa y con mucho significado que, desde entonces, se ha convertido en el lema de mi amigo Carlos Sanjuán (del que ya les hablaré) y mía. Nos dijo "Sólo se defiende lo que se ama, y sólo se ama lo que se conoce". Lo cual quería decir que sólo se defiende lo que se conoce.
Desde aquel día, la frase la he aplicado a muchas facetas de la vida, y estoy segura que si Vds. la meditan con cuidado, podrán hacerlo también. Dénle vueltas, porque la sentencia tiene su jugo.
Por último, y si lo tuviera a mano, me gustaría elevar un pequeño vaso de orujo y beber un trago en memoria de aquél párroco que conocí en la gélida noche que acabó por resultar cálida a la lumbre de su conversación. Él, si leyera esto, sólo sonreiría y me invitaría a seguir charlando.