Viajar es siempre un placer para aquel que tiene el alma viajera. Ésto, que podría parecer una perogrullada, no lo es tanto en el fondo. Viajar, incluso cuando es por placer, puede ser también un auténtico calvario para el que carece de ese espíritu viajero.
Tengo amigos y conocidos que al regreso de unas vacaciones están deseando reintegrarse a su deporte del sofá y del mando a distancia. Y del viaje recuerdan las anécdotas más o menos divertidas y los muchos o pocos suplicios pasados. Yo le he hablado muchas veces de aquello de la "mochila del viajero". Esa mochila vital que se va llenando con las experiencias y aprendizajes del viaje. Esa mochila, o se llena, mucho o poco, a lo largo de cada periplo o el viaje es sencillamente un desplazamiento físico.
También les he hablado en varias ocasiones de que el viaje, cuando es un viaje de viajero, resulta, en realidad, un doble viaje, un doble camino. Uno físico por el que uno se empapa de aquellas tierras, gentes y culturas que descubre; y otro interior, personal, por el cual, el que vuelve de un viaje (por corto y cercano que éste sea) siempre es distinto del que partió. La diferencia entre el que se fue y el que volvió es, precisamente, lo que hay de nuevo en la mochila.
Para el viajero de verdad, los sufrimientos del viaje son siempre parte integrante del mismo. Incluso yo diría que cuanto más esfuerzo cuesta llegar al destino más gratificante es el viaje al final del mismo.
Muchas veces, cuando viajeros de distintas procedencias nos encontramos en cualquier posada o refugio perdido, nos descubrimos bromeando sobre las muchas desgracias sufridas en los viajes. Y esa es una diferencia que distingue a viajeros y a turistas: incluso, los malos momentos, se recuerdan a veces con la distancia suficiente como para terminar utilizando la arquetípica expresión de "aquello sí que era viajar".
Quiero decir con este batiburrillo de ideas que viaje, penurias y disfrute es una terna que muchas veces va unida y que, en el fondo, es indisoluble. Y todo ésto viene a que, hace un par de semanas, en un viejo pero encantador hotel de Marruecos, me encontré con una francesa que llevaba recorriendo África durante dos años. Yo no soy aficionada al ron, pero Michelle, que así se llamaba -¿todas las francesas se llaman igual?- era una gran bebedora. Así, entre ron y ron, nos metimos sin darnos cuenta en el día siguiente. Michelle resultó, además, ser una conversadora excelente y perfecta conocedora de nuestro cada vez más afectado idioma castellano.
En este mundo, el que una mujer se dedique a recorrer sola cualquier país, tierra o paisaje, sigue produciendo asombro. Y así, mientras estábamos en la cafetería del hotel, y la noche avanzaba, varios personajillos de procedencia dudosa y lamentable, junto con otros de aspecto artificial, fueron brindándonos su protección o su hombro de lamentaciones. Cosas ambas que rechazábamos con sequedad por lo patético de las actitudes. Al final, y ayudadas por el ron, los funambulistas de la cafetería del hotel dejaron de incordiarnos por que nuestra contestación al abordaje iba acompañada por la hilaridad.
Así, nuestra conversación, que comenzó con la narración de las peripecias vividas y continuó con exposición detallada de nuestras respectivas vidas, acabó con la confidencia de sentimientos y la invitación recíproca de continuar la charla en la habitación.
Así, llegado un momento concreto, con los ojos brillantes, la francesa, bióloga y colaboradora de varias revistas en su país, se me quedó como muy seria mirando por la ventana que dejaba descubrir las primeras luces del amanecer. Me dijo: "Marta, sabes lo que me ocurrió en la primera semana de mi viaje por África. Fue en Túnez. Tuvimos un accidente con el Land Rover. Nos caímos en una gran grieta. Yo salí ilesa, pero mi marido perdió la vida". Luego el silencio inundó la habitación. Si una bomba hubiese arrasado el hotel no me hubiese quedado más convulsionada. El efecto del ron desapareció súbitamente. Minutos después, en los que no me atreví a interrumpir sus pensamientos, añadió: "desde entonces él me acompaña en todos mis viajes, pero yo me dejé el alma en aquel trozo de desierto".
Mi amiga, se dejó allí el alma. Llenó su mochila de dolor y siguió viajando, ...con su compañero. Hoy me he acordado de Michelle. Y siempre que esto sucede, recuerdo toda la noche que pasamos juntas, hablando y hablando. Nunca más volví a verla, pero sé que Michelle y yo somos buenas amigas. Y ella se acordará también de mí.