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Sólo dos lunas

MARTA SEGOVIA / UNO CONTENIDOS
Un buen amigo acaba de regresar de un viaje de trabajo por América del Sur. Nos conocemos desde hace muchos años y sabe de mis intereses y preocupaciones. Es uno de esos compañeros que sólo veo cada muchos meses, pero cuando cualquiera de los dos vemos la posibilidad de volvernos a encontrar, acudimos a la cita con la ilusión de los enamorados que nunca fuimos y nunca seremos.

Esta vez sucedió, como en otras ocasiones, y una agradable comida, en uno de nuestros restaurantes favoritos, se prolongó con una divertida tarde, y una sugerente cena. Así, con la velada ya avanzada, retomamos la narración de sus andanzas en aquellas remotas tierras.

Mi amigo es hombre de ciencia, tanto por formación como por espíritu, y poco dado a las exageraciones innecesarias. Ha estado por allí casi un año y medio intentando conocer algo acerca de la forma de ser y de vivir de algunas tribus amazónicas. Mi colega nunca ha sido un ecologista destacado, ni de forma pública ni privada, pero he aquí mi sorpresa cuando descubro en él una furia que me era desconocida cuando de ecología amazónica hemos hablado.

Según él la situación es mucho más inquietante y dramática de lo que aquí ni tan siquiera nos imaginamos. La Amazonia, la gran selva, está desapareciendo a una velocidad extraordinaria. Como ejemplo me contó que en uno de sus recorridos de varios días por la selva (en los que iban más de cuarenta personas) llegaron hasta las proximidades de una explotación maderera (una transformadora, la llaman por allí). Montaron su campamento en la selva y a la mañana siguiente, dejando las tiendas entre los árboles, hicieron un pequeño viaje de dos días para reconocer unos montes cercanos.

Volvieron cuarenta y ocho horas después y aunque su campamento había sido respetado, no quedaba ni un solo árbol en más de tres kilómetros a la redonda. El espectáculo era dantesco y casi increíble. La Amazonia está literalmente desapareciendo. Mi amigo, que además es ingeniero, me contaba que unas gigantescas máquinas, similares a dinosaurios metálicos acaban con la selva a una velocidad de vértigo. Según los propios capataces les indicaban, cualquiera de esos cacharros descomunales pueden arrasar varios kilómetros cuadrados de árboles al día. Y hay decenas de máquinas demoníacas en cada explotación.

Sin embargo, mi amigo, está muy esperanzado. Todo se va a solucionar. Tras ese año y pico en la selva, mi compañero encontró su tribu y estuvo viviendo con ellos casi seis meses. El personaje más singular era, sin duda alguna, el chamán o brujo. Como es de imaginar, en la tribu también andan preocupados por lo del Amazonas. Se les llevan la casa, la comida y el país. Seguramente hasta la vida. No es para menos.

Pero el chamán de aquella tribu es un gran brujo. Y hartos ya de que sus flechas no horadasen el blindaje de las máquinas, el chamán se decidió a hacerlo. Una noche, junto a su tribu y con mi amigo presente, el brujo invocó a las fuerzas más oscuras de la naturaleza. Les prometió su alma, su sabia alma, a cambio de que acabasen con las máquinas "devora-árboles" y todos sus secuaces. Aquellas fuerzas malignas y feroces comenzaron a danzar alrededor del fuego junto al chamán y el resto de la tribu. Finalmente en la culminación de la ceremonia las sombras mutaron, las luces y reflejos de la llamas envolvieron a todos los presentes. El silencio más absoluto se impuso. El chamán se alzó sobre todos y de la forma más solemne y segura afirmó: "Los señores de la selva han aceptado el pacto. Antes de que la luna vuelva diez veces, la selva se tragará a todos los monstruos de acero".

Mi amigo jura que entre los brebajes dispensados y las danzas del fuego vio con claridad a "aquellas fuerzas oscuras de la naturaleza". No fue una alucinación afirma, cuando esto dice, yo le miro extrañada, con cara de póquer, pero él, sonriendo, con autosuficiencia y como sabiéndose poseedor de una verdad superior, me dice que ya han pasado ocho de las diez lunas. Luego se vuelve a reír satisfecho y me escancia un poco más de vino en la copa diciendo: "Sólo quedan dos lunas, Marta, sólo dos lunas".