Decía la canción aquello de "la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida..." ¿se acuerdan?. Y eso es más cierto que nunca cuando el que vive se encuentra arrastrando el equipaje casi permanente. Estamos de acuerdo, en que la vida, en cierto modo, es un viaje. Un viaje no siempre elegido, y cuyos caminos no siempre son libres. Hay caminos que se toman por obligación, otros se eligen por convencionalismos, otros se esconden por acallar "el qué dirán" y de todos esos y otros muchos caminos tomados, casi ninguno ha sido iniciado libremente.
La vida es el viaje más fascinante y más extraño al mismo tiempo, pues es la vida, el viaje, la que te condiciona el camino. Otras veces, en algunas ocasiones, los caminos de la vida sí que se eligen con absoluta libertad. Unos son equivocados, otros discurren entre sombras y luces, y otros, por fin, nos hacen verdaderamente felices (sea lo que sea la felicidad).
Lo que sucede es que la vida según dicen, es siempre muy compleja y muchas veces, si te detienes a meditarlo, te encuentras con que estás siguiendo muchos caminos al mismo tiempo. Unos por obligados, otros por ¿necesarios? y otros por elegidos. Y al final sucede que ninguno de todos esos caminos son vividos realmente por que para mayor locura, algunos de esos caminos llevan direcciones contrapuestas. No se asombren. Piensen de verdad en cuantos caminos al mismo tiempo están recorriendo en su trayectoria vital y, casi seguro, que algunos de ellos son contradictorios entre sí.
Yo, por naturaleza, soy bastante sencilla de planteamientos. Cuando me encuentro "agobiada" por cosas que me resultan externas, ajenas a mí, acostumbro a "romper" a sabiendas de que, haga lo que haga, estaré en un nuevo camino. Es posible que de ordinario estemos complicándonos en exceso la vida. Si convenimos que la vida es un viaje, como viaje debemos tomarla. Y ningún viajero está tan loco como para elegir simultáneamente dos caminos a la vez.
Creo que todos nos encontraríamos más felices si en cada etapa de nuestra vida eligiéramos un sólo camino (por muy ambicioso o amplio que este fuese) y nos mantuviéramos en él con firmeza. Elegido el objetivo, tan sólo hay que trazar el camino adecuado. No hay un sólo camino para cada objetivo. Se puede elegir el más corto, o el que más nos enseñe, o el que más nos permita disfrutar del paisaje, o aquel que coincida con el camino de otro viajero. Y todos son válidos. Más tarde, como en la vida, uno puede renunciar a un objetivo y cambiar de camino; o puede encontrarse un desvío que le parezca más sugestivo; o puede elegir cambiar de compañeros de viaje.
Viajar es como vivir y quizá para vivir mejor deberíamos aprender de la experiencia del viaje. Si tamizamos nuestra vida con las enseñanzas que todo viajero lleva en la mochila, viviremos mejor o, al menos, con mayor sencillez, que es el germen de la felicidad. En esas reflexiones ando estos días. Y es que de amores ando algo alborotada y aunque en este sentido tengo claro mi objetivo, algo o alguien se empeña en obligarme a elegir otro camino. Y cuando eso sucede, cuando el camino se me complica, suelo seguir las buenas máximas de mi antiguo guía (del cual les hablaré muy pronto) y abandono la senda para tirar montaña arriba, campo a través. Es decir, como en la vida misma y hasta mi objetivo. Ustedes ya me entienden, y si a su condición de lector unen la de mujer, más y mejor me entenderán, ¿verdad?.