En algunas ocasiones, en distintos viajes, en distintos lugares, me he encontrado con alguien que había hecho de su vida un viaje. Ese es un tipo particular de viajero, en cierto modo utópico, pero en contados casos también es real.
Quiero decir que he conocido personajes que se encontraban permanentemente en viaje. En concreto, ahora me podría acordar de un alemán que conocí en Picos de Europa, o de un burgalés que a sus treinta y pocos años ya había dado la vuelta al mundo dos veces. Lo de este muchacho tenía mérito por que, según me contaba, cada vez que lo había hecho (lo de dar la vuelta al mundo) se percataba de ello cuando llegaba, pues en ninguna de las dos ocasiones se había propuesto en la partida circunvalar el globo terráqueo. Sencillamente se ponía a hacer camino, comenzaba a viajar hacia el Este hasta que llegaba al punto de partida. Además, lo de Eusebio (así se llama) tiene más mérito si tenemos en cuenta que jamás dispuso de vehículo propio y sus transportes eran los que en cada ocasión, a través de la fortuna, iba encontrando.
Luego, también conocí, y me carteé, con dos amigas francesas (hijas de papá, eso sí) que llevaban seis años viajando sin parar. Hubieron otros, pero el perfil era el mismo. Viajaban y viajaban casi compulsivamente.
Hace pocos días unos compañeros de la revista entrevistaron a Sánchez Dragó (viajero indiscutible) y, con su brillantez habitual, dejaba claro que el ser humano es antes nómada que sedentario. Es más, podría decirse que existen dos tipos de seres humanos, los nómadas y los sedentarios. Y los primeros, se caracterizan por esa necesidad visceral, biológica y psicológica de estar siempre de viaje.
Siempre que se da el caso, y especialmente cuando escucho a estos viajeros permanentes contar sus peripecias en cualquier lugar del mundo, mi primera sensación es la envidia. Una intensa envidia. Viajar por viajar. Viajar sin parar. Debe ser un grado superior de libertad, de conocimiento, casi un rito iniciático hacia no sé qué estado de conciencia.
Pero luego, cuando el fragor de los relatos y los efluvios de algunas copas se disipan, vuelve la calma y la reflexión tranquila. Y me pregunto si aquel que viaja sin parar, aquel que hace de su vida un viaje sin discontinuidad, goza de todos los elementos propios del viajero.
Pues bien, ante esa pregunta yo me acostumbro a contestar que no. Y es que para mí, el viaje nunca está completo si no hay regreso. La vuelta a casa, cuando se tiene y se siente como tal, es un paso importante y necesario en el viaje. No hay viaje si no hay retorno. La llegada a casa es como la culminación de la experiencia. Y da igual que el viaje sea más o menos largo (en tiempo y en kilómetros).
Durante el viaje, el viajero se transforma en un baúl en el que se van atesorando ideas, sensaciones, conocimientos,... es el bagaje personal del viajero. Pero cuando se llega a casa, en la calma del hogar, el viajero se dispone a colocar cada elemento contenido en el baúl en el lugar que le corresponde. Y es ahí, navegando entre recuerdos, ordenando conocimientos, cuando el viajero obtiene toda la riqueza del viaje.
Tan cierto como que no hay viaje sin retorno es que no hay viaje permanente; todo son experiencias que navegan entre uno y otro límite. Por eso pienso que el placer del viaje nunca está completo sin el regreso. Es, en cierto modo, como la vida. No hay balance de ella hasta que llega la muerte. Y el regreso es como la muerte previa a la siguiente resurrección que será el próximo viaje. O sea, que viajar es como un estado de reencarnación perpetuo en el que siempre recordamos las vidas anteriores. Y eso, lo de recordar las vidas anteriores (los viajes realizados) es una experiencia singular e intrínseca. Es casi una experiencia mística. Son las cosas del viaje y de la vida y lo importante no es llevarlas a cabo, sino sentirlas. Sentirlas muy dentro. Al fin y al cabo, el sentir no es más que un modo concreto de percibir las cicatrices. Y como en el viaje, todos hemos disfrutado alguna vez de mostrar las cicatrices, las de la vida y las del viaje, naturalmente.