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Sara y el cuentista ocasional

MARTA SEGOVIA / UNO CONTENIDOS
Hay veces en las que durante cualquier viaje conoces a uno de esos tipos realmente bregado en eso que denominamos viajar. Es uno de esos que, como acostumbramos a decir en esta columna, "tiene la mochila llena". Además, algunos de esos personajes son realmente encantadores de serpientes y escuchar cómo relatan sus andanzas por cualquier rincón del planeta o de esta piel de toro es, siempre, una auténtica delicia.

De encantadores de serpientes hay muchos. Qué me dicen si no de Fernando Sánchez Dragó, bajo el que caí fascinada hace ya años escuchando sus andanzas físicas y espirituales por este y otros mundos. O la fascinación de lo cotidiano que ejerce con suma habilidad Andrés Aberasturi. Tanto a través de sus letras escritas como de sus palabras, cuando lo veo en televisión. Su pausado desgranar de silencios y verbos, cautiva a cualquiera. Ambos son, sin duda, encantadores de hombres y, especialmente, de mujeres. Don Fernando Vizcaíno es otra cosa, y la fascinación que ejerce, he ahí las reediciones de sus libros, cautiva por la rotundidad de sus convicciones, por la claridad de sus ideas, se esté o no en acuerdo con ellas. Es, a mi modo de ver, el tipo de persona que se querría tener cerca cuando la vida te complica los caminos. Todos ellos, los tres, me encantan.

Pero eso no es lo que les quería contar y la referencia anterior ha venido por aquello del encanto y la fascinación que ejercen algunas personas. Vamos al tema.

No hace mucho, en este mismo otoño, recorriendo la ruta del Temple en las nunca suficientemente valoradas tierras sorianas, me encontré a uno de ellos. Compartíamos posada en un pueblecito cercano al Cañón de Río Lobos y como la ventisca en la noche no aconsejaba ningún paseo, nos reunimos alrededor del fuego, en la cocina, que es como dice la tradición que hay que reunirse en Castilla y León.

El compañero ocasional procedía de Navarra y al poco de iniciar la conversación se mostró como un narrador, o un cuentista, de excepción. Seis éramos los presentes y recién pasada la medianoche, cinco nos dedicamos a escucharle hasta casi el amanecer. Aquel muchacho, que poco le faltaba para llegar a la treintena, gesticulaba y modulaba su entonación de una forma u otra según fuera la circunstancia de su narración que quisiese resaltar. El vino, al calor de la lumbre, se mostró como un catalizador singular de los cuentos, viajes y avatares que el navarro iba vertiendo con facilidad pasmosa. A las tres horas, ya conocíamos su pronto inicio en las artes de los caminos desde su aldea natal, su recorrido por todas las montañas del viejo continente, sus medio-hazañas en la escalada, sus dotes de conductor de todo-terreno, ... y todos estábamos encantados y encantadas.

Llegaron las cinco de la mañana y poco a poco el sueño y los efectos del recio vino soriano, fueron causando estragos, y las bajas se fueron produciendo. Al final quedábamos el navarro, mi amiga Sara (no se llama de este modo, por si esto lo lee quien no debiera) y yo. Como el ocasional narrador parecía haber encontrado una espectadora de lujo en mi compañera, decidí abandonar definitivamente a eso de las seis. Dos besos, un abrazo y la promesa del reencuentro, mientras Sara decidía quedarse a escuchar las últimas historias. Tenía encanto el cuentista, esa es la verdad.

Ni que decir tiene que Sara no volvió a la habitación que compartíamos y que yo me desperté pasadas las doce, cuando el navarro ya había partido hacia otros caminos y mi amiga Sara salía de la habitación del "Indiana Jones", ya sola. Nos juntamos para desayunar con los recuerdos de la dura noche en el rostro. Era lunes y sólo quedábamos en la posada mi amiga y yo mientras la dueña nos servía unas tostadas de las de verdad y un buen tazón de leche.

Fue entonces cuando, Sara, con una sonrisa algo bobalicona en sus labios, preguntó a la buena mujer por el navarro. Como esperando la pregunta (es posible que ya la hubiese respondido alguna que otra vez) la mujer nos contó que debíamos de estar equivocadas pues el aventurero navarro era economista de Madrid; que acostumbraba a pasar los fines de semana por allí cuando el duro trabajo en una ventanilla de un banco se lo permitía.

Un instante de silencio. Mi amiga Sara que me mira. Yo que la miro a ella. Ella borra la sonrisa. Yo evito sonreírme. Silencio. Y la sensación de que todo ello no era mas que una perfecta puesta en escena del acto final de los cuentos de la pasada noche. Muy a pesar de mi amiga Sara que, claro está, no le sentó bien el desayuno. Así es la vida y cada una puede y debe sacar sus conclusiones. Por cierto, ahora que releo estas líneas, me suenan algo a una escena de la "peli" de Thelma y Louise ¿no?. Seguro que Sara no está de acuerdo.