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La parpadeante finlandesa

MARTA SEGOVIA / UNO CONTENIDOS
Como ya les he comentado en alguna ocasión, mi residencia habitual es una relativamente aislada masía en el Maestrazgo. En ella, por un azar del destino y por algún afortunado capricho de las compañías telefónicas, dispongo de todo tipo de comunicaciones incluída la cobertura de satélite para el teléfono móvil. Cosa inexplicable, pues durante las casi dos horas de automóvil que se utilizan para llegar a la capital, un 80% del tiempo te lo pasas con el móvil inservible. Pero bueno, aún puedo dar gracias.

Cerca de mi casa vive, en otra aislada masía, un buen y bohemio amigo llamado Luis (algo hay de verdadero en ello). Luis es pintor de cierto éxito que expone regularmente sus obras de desgarradas figuras, en las principales ciudades españolas; también ha tentado, con aclamación de crítica y público, la suerte en París; en una galería neoyorkina le fue peor. Luis está enamorado de una finlandesa economista que se dedica a recorrer el mundo hasta que su situación financiera le permita retirarse junto a Luis "en la plenitud de su vida", dicen ellos. Luis y la finlandesa, como es de suponer, se ven una vez cada dos meses y, sin embargo, se juran amor eterno (yo nunca he creído en esas historias de amor en la distancia).

Por cuestiones laborales, la finlandesa se pasa el día colgada de su portátil, y para aliviar la separación, ambos se han instalado sendas web-cam que les permite "mirarse a los ojos cuando se hablan". Así, mi amigo y ella, consumen largas horas de charla nocturna viéndose a través de Internet.

Hace unos días, visité a Luis en el momento en que se encontraba de romántica conversación con la rubia nórdica. Yo, que llevaba una botella de vino para compartir con él, me encontré ciertamente un poco descolocada, pero aguanté el tipo. Luis, buen amigo, me invitó con un gesto (en aras de la complicidad que nos une) a quedarme allí cerca mientras acababan sus diálogos que casi siempre terminan interrumpidos por interferencias indeseadas.

Yo, no sé porqué, cuando veo a la finlandesa esa (¿se nota que no me cae muy bien?) a través del monitor, me recuerda enormemente a una escena de Blade Runner (no sé si como policía "retiradora" o como "replicante"). El caso es que me resulta difícil pensar que, a través de aquella temblequeante imagen, se pueda destilar el más mínimo sentimiento. Luis me dice que él prefiere el correo electrónico, pero su tecnificado amor finlandés le impuso la web-cam.

Terminada la conversación virtual, Luis y yo nos dedicamos a compartir las copas de buen vino que, al fin y al cabo, era lo que a mí me interesaba. Luego, cuando la madrugada comenzó a abrirse paso, y cuando el vino ya estaba próximo a terminarse, Luis me realizó una confesión que es el verdadero "leit-motiv" de estas líneas. Me comentó que, a fuerza de ver día tras día el rostro de la finlandesa a través del filtrado electrónico, se estaba acostumbrando a su parpadeo. Tal era así, que en las últimas ocasiones en que se vieron físicamente Luis, según me dice, no pudo evitar cierto grado de extrañeza ante la finlandesa que se mostraba frente a él, tan diferente de la amiga enamorada de la pantalla del monitor.

Más tarde, cuando comenzamos la segunda ronda de vinos, y con el ánimo y el alma más caldeados, Luis me dice que, en realidad, no sabe de quién está enamorado si de la electrónica finlandesa o de la carnal nórdica. En ese punto, yo suelo aprovechar la ocasión para recordarle que lo que pueda estar sucediendo es que su amiga no ocupe ya la porción de espacio en su corazón que él creía. Pero hasta ahora, tan intencionada aseveración no ha tenido el éxito que yo pretendía, y sigo tomando copas de vino, de vez en cuando, con el bueno de Luis.

Luis y la finlandesa son un ejemplo de lo que pueden ser las relaciones personales en un futuro cercano. Por ello, no se si estas máquinas y medios nos aproximan más que nos alejan o al contrario. No se si nos introducen más certeramente en el mundo real o bien crean un mundo virtual cuasi perfecto pero lejano de la realidad. Y todo ello, en el fondo, es un riesgo que viviremos con intensidad en los próximos años.

No obstante, y para desgracia de mi cercanía, Luis, tras sus noches de románticas conversaciones con el monitor de su ordenador, dice seguir enamorado de la parpadeante finlandesa. ¡Carajo! con las nuevas tecnologías. Sin embargo, cuando se trata de tomar un buen vaso de vino, me llama a mí. Y viene él o voy yo... sin parpadear.