¡Me siento tan poca cosa!
Esta historia es sólo una entre tantas... Casi puedo afirmar que es uno de los denominadores más comunes entre las personas que consultan.
Para cualquier persona, no hay nada que resulte más evidente e inmediato que la percepción del propio ser: la sensación de existir, de estar vivo, de ser alguien, de sentirse uno mismo provisto de valor (al que llamamos autoestima); de tener iniciativa, metas, de ser diferentes pero relacionados con otros, de sentirse iguales a través del tiempo y los cambios, y experimentar que tiene sentido vivir. Son la vivencias o experiencias subjetivas.
Por eso, cuando esos valores están trastocados, la apreciación que se tiene de sí es pobre o negativa, el sentimiento respecto de sí mismo es un sentimiento interior de menoscabo, de minusvalía. La persona se siente poca cosa, que no vale nada. Como Luciana.
Por qué
Porque ciertas necesidades básicas, como ser aprobados y confirmados en nuestra infancia, no han sido contempladas adecuadamente durante el desarrollo; o han sido frustradas.
Cuando estas experiencias subjetivas están bien establecidas, por lo general no les prestamos atención, sino que simplemente contamos con ellas. Esto no significa que usualmente no tengamos altibajos, debilitamientos, etc. Si este sentimiento de sí, del cual la autoestima es uno de sus atributos, permanece consolidado, estos serán pasajeros y nos recuperaremos. Al percibirlos, incluso los utilizaremos como señales indicadoras de que algo no está bien; de que algo debemos poner en marcha para reasumir el protagonismo de nuestra existencia.
Sin embargo, esto no es siempre posible ya que todos tenemos mecanismos inconscientes que funcionan como coartadas eficaces para evitar el enfrentamiento con lo problemático que hay en la vida de uno, de cualquier índole que éste sea.
Pero esto tiene un alto costo: el empobrecimiento de nuestra existencia personal.
Estas personas, como el caso de Luciana, suelen caracterizarse principalmente por una autoestima muy pobre, son sumamente sensibles a los fracasos, las desilusiones y los desaires y ello las lleva a tener actitudes defensivas permanentes de replegamiento o frialdad emocional.
También puede suceder que reaccionen a las "ofensas" con desmedida furia o rabia, que por lo general, se cronifica como resentimiento. Personas con baja autoestima idealizan a otras personas o valores, pero también caen en grandes decepciones contra las que suelen defenderse por medio de actitudes escépticas o sarcásticas.
En virtud de esta vulnerabilidad ante las "fallas del medio", frecuentemente estas personas viven agobiadas, sumergidas en una puja o reclamo crónicos.
Se ha descubierto que los reclamos son recursos inconscientes ante la necesidad de ser aprobados por el otro. Dichas necesidades no han sido satisfechas, se han reprimido y han permanecido así hasta que "algo", en relación con aquellas necesidades básicas, las reactiva.