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Entrevista a José María Alfaya

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Dices de aquellos años que fueron tremendamente enriquecedores e iniciáticos hasta el punto de extrañarte de sobrevivir a ellos.

    He sobrevivido porque me aparté, entre otras, de la tentación, muy común, de aburguesarme como un blanco extranjero instalado.

Leyendo las experiencias en Tánger en las memorias de Haro Tecglen entiendo mejor cosas que tú cuentas de esa etapa.

    Fue intensa. En España, desgraciadamente, sólo los militares, Haro Tecglen y yo la conocemos (risas). Es curioso pero se crean unos extraños lazos de fraternidad entre "africanistas". Mérito del país, del paisaje y del paisanaje. Se da ese milagro con la experiencia africana, para hombres y, quizás más, para mujeres.

¿Más para las mujeres?

    Perciben mejor, según creo, la intensidad emocional. Estuve en África en la época del "boom" de los divorcios españoles y vi las "caravanas de mujeres", y lo digo con ironía pero con respeto, recién separadas, obligadas y deseosas de plantearse una nueva vida, que venían a Marruecos buscando un respiro y, quizás, nuevas sensaciones para ese cambio de vida, sensibles a las propuestas que ofrecían el país y sus habitantes. No era el mito de la sueca en Torremolinos sino de "La pasión turca" pero sin la parte folletinesca de Gala. ¡Pero qué de historias...!

Y mientras tú sobornando carceleros con las tetas del Interviú.

    (Risas) Porque no existiendo en Fez servicios consulares propiamente dichos, un cónsul de Rabat, extravagante personaje, me adjudicó una especie de nombramiento de "agente consular". Entre mis oficiosas actividades se incluían las visitas a la cárcel, siempre con el fiel "chaouch" Laouini, y con números atrasados de Interviú que regalábamos al portero, que era quien realmente franqueaba el paso y nos permitía llevar chocolate Suchard, no del otro (risas) a los presos.

Tras su periplo africano, José María Alfaya se embarca en proyectos municipales de animación socio-cultural. Comprueba con dolor que para los políticos la cultura es una golosina tan agradable de chupar como difícil de gestionar. Una noche, en un tugurio llamado "La taberna de Roberto el pirata", se topa con un tal Pepe Tarduchi. Cuentan las crónicas rosas que fue un flechazo y no una puesta en común de sintonías lo que ocurrió entre el cantante y el responsable del Ateneo de CC.OO. Fruto de esa pasión, que sería colectiva con la llegada, entre otros, de Juanjo Herranz, nacerá el llamado "Combo Hipomóvil", luego "Los Suaves de Ultramar"...

...y, finalmente, "El Taller de Reinsertables"...

    Empezamos con dos de las 80 mil canciones de Pollo. Luego llegaron otras más sobre poemas de Moncho Alpuente, de Dulce Chacón, de Isabel Escudero, de José Ramón Catalán. ¡Pero el que quiera saber más de todo esto que compre el libro! (risas)

¿Qué recuerdas de aquel proyecto del "Libro Negro" de Madrid?

    Me lo pasé muy bien. Aunque fue una pena que un intento de agitación socio cultural como aquel quedase en lo que quedó.

Y Álvarez del Manzano sigue de alcalde.

    Y sobre todo eso (risas).

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