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Entrevista a Albert Boadella

Bufón General del Reino. Así se nombra a sí mismo al dedicarme sus memorias. Unos recuerdos que publica prematuramente porque, a mi entender, el dramaturgo está muy lejos del último mutis por el foro y todavía goza de la agudeza crítica y la ironía mordaz que le sentó ante un consejo de guerra y dio con sus huesos en la cárcel. Hablamos de buena mañana de sus cautiverios y fuga, de leales y canallas y de estos tiempos de tibieza en los que se llevan los tonos camaleón. Mientras, el teatro se engalanaba para festejar 40 años de Els Joglars.

MARIANO CRESPO / TRIBUNA DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA
    ...Pertenecemos a una generación muy desdichada. Pensábamos que íbamos a cambiarlo todo, desde las decoraciones de las casas hasta el infinito. Después, esto se ha quedado en nada. Se ha quedado en favorecer las formas más brutales de neoliberalismo. Y qué nos queda por decir cuando la gente de nuestra generación ha estado mezclada en episodios de crímenes de Estado, de corrupción política. Es tremendo, horrible. Prácticamente no hemos implantado nada de lo que deseábamos. En fin, hemos cambiado cosas marginales: fumarse unos porros tranquilamente, historias sexuales… Pero lo que es la estructura profunda de la sociedad que encontrábamos decadente, de eso nada de nada…

Albert convocaba a fantasmas del pasado, primaveras marchitas, y pasaba revista a una generación, la suya, que soñó con cambiar el mundo y acabó remozando su fachada. Anteayer era cuando estábamos en las colas de la vieja Olimpia. Ayer, la amistad común con Pito Fernández y Carme Periano, grandes actores del grupo. Y, sin embargo, de todo hace ya veinte años, nos susurra Gil de Biedma desde la tumba y la resaca. Y añadimos con él, que la vida no es como nos la pensábamos sino como nos la temíamos… Por eso paseando por tus memorias vemos que cabeceras de cartel quedan a la altura del betún y meritorios de reparto se salen…

    ¿Sabes lo que pasa? Que tengo un cierto escepticismo cuando se me presenta a las personas desde un punto de vista mediático como los buenos oficiales. En cambio, siento cierta debilidad cuando me presentan a los pecadores. Estamos en una sociedad que está condenando a inocentes y ensalzando a auténticos canallas.

Canallas hipócritas como los que te metieron entre rejas.

    Fue un momento amargo. Yo me cabreaba mucho con los que aguantaban la cárcel tranquilamente y hasta se arreglaban la celda. ¡Pobre gente! Lo hacían intentando mejorar su vida y se adaptaban a aquel medio terrorífico. Creo que la única posibilidad de adaptación a ese medio es la posibilidad de escaparse. No aceptar la culpa de ninguna de las formas.

Usan alevosamente el caso y te expulsan de profesor de teatro.

    Fue tan grave que incluso Tarradellas, en cuanto se entera, destituye al director porque considera que es una auténtica canallada. Pero todos los desastres que te ocurren en la vida tienen la gran ventaja de conocer con quién cuentas. Desde aquel momento yo lo supe. Con la gente que entonces me tuvo una cierta lealtad me he mantenido en la misma fidelidad y lealtad a ellos.

En el libro te mofas irreverente del santoral de los "progres" pero, con idéntica fuerza, reivindicas la memoria histórica.

    El interés de un gobierno, sobre todo uno nacionalista, es la manipulación de la historia. ¿Qué hizo Franco? Nos manipuló haciendo una historia de cromos, de buenos y malos. Y claro, si tú no tienes referentes históricos te invade una sensación de soledad alucinante. Cuando, por el contrario, sabes que ha existido cantidad de gente que ha buscado en tu línea te da una sensación de amparo, de razón y compañía. Pero en España, sobre todo a raíz del consenso de la transición, se cargaron aspectos esenciales para mantener una memoria viva. Parece que hubo un consenso para que no se hablara de la cantidad de republicanos fusilados o en la cárcel, podridos durante años y años.

La memoria insurgente que cobija al lobo estepario en su combate contra gigantes que semejan molinos. Y la desmitificación de lugares de culto, de santones del teatro llevados a los altares europeos de la modernidad por "progres" que les veneran con el incienso reservado para las divinidades fatuas y pasajeras. ¿Y los críticos? Qué decir de ese Joan de Sagarra con el que entabla una riña de patio de butacas. Un símil en mezquindad de la de Salieri para con Mozart. La crónica de un viaje con retorno al Ampurdán… tan lejos de lo políticamente correcto.

    El Ampurdán, como toda zona rural, se resiste a este mundo de lo políticamente correcto. Son más reacios a la obediencia. Además, en Europa yo creo que por lo sangriento que fue el siglo XX, hay una tendencia a que no haya polémica o discusión. Todo se parece hoy en día, hasta los coches son iguales. Hay una voluntad de semejanza que es muy peligrosa.

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