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Entrevista a Albert Boadella

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En tu guerra con Joan de Sagarra ¿quién tiró la primera piedra?
Creo que es imprescindible la crítica sobre un hecho público. Otra cosa es cuando, por los intereses personales de un señor o de una empresa, tratan de destruir a personas. El caso de Sagarra fue así. Él fue más allá de los niveles de un crítico ácido. Fue testigo del fiscal militar y, no teniendo suficiente con esto, un día escribe el nombre de mi mujer como colaboradora de la fuga y, naturalmente, la policía la busca porque hasta ese momento lo ignoraba. Y hace una cosa mucho peor: escribe "la compañera". Porque si hubiera escrito esposa, ésta legalmente te puede ayudar a escapar porque es familiar de primer grado, pero al decir compañera la deja descubierta. No le perdonaré nunca.
Albert enciende repetidamente el terco cigarro que, aturdido en el vértigo del movimiento de sus manos, se apaga una y otra vez. En la mesa del salón reposa la prensa del día. Primeras planas que vocean al aire asuntos turbios como Gescartera, negocios con olor a sacristía, jueces prevaricadores, la resistible ascensión de Cesar Alierta… Y uno no sabe si está ante diarios o ante bocetos de una pasada o futura obra de Els Joglars…La España de tus viejas obras sigue pareciendo la real.
Hay unos determinados estamentos que mantienen grandes privilegios. Quizá no son los mismos que hace 30 años pero siguen manteniéndolos. Creo que esto forma parte del sistema. Si no hay orden, para ellos no hay democracia. No se trata de que haya policía. Se trata de que haya estamentos intocables. En lo que sí hay un cambio sustancial sobre la época anterior es que el mercado hoy lo ha invadido todo y nos ha hecho a todos accionistas. O sea, que tenemos un 0,00000001 por ciento del mercado (algunos más, por supuesto) y sólo se deja al margen a los que duermen en la calle tapados por cartones. Quien paga una hipoteca ya está en el mercado. Eso es terrible.
"Semos europeos" de mercado y los gobiernos no son ideológicos.
Los ministros son hoy en día viajantes de comercio de las empresas y el presidente es jefe de ventas. Y las empresas hacen lo que se les pasa por los huevos. En Italia, que es un país muy inteligente, ya han colocado directamente al empresario en el gobierno. Y además de empresario es un "manguis", ¡perfecto!
Tal vez por tu escepticismo, es curioso observar tus apoyos políticos. A mediados de los 80, cuando ya naufragaba, Suárez.
Porque él era el caos. España es un país que se mueve muy bien entre el caos. Un país caótico de distintos pueblos, lenguas y climas… Y Suárez, con el CDS, era el caos total.
Y tras la relación cómicodramática con Alfonso Guerra, que se mostró cicatero contigo en la cárcel, pides el voto para el PSC.
Tengo la impresión de que fue un error. Creo que ellos nos vendían la entrada de un gobierno tardofranquista y yo creo que me equivoco porque los que entran no son franquistas. El PP será mejor o peor, pero no es exactamente franquismo. ¿Y qué vendió Felipe? Que entraba la derecha de siempre. Pero no era cierto y además el PSOE tenía mucho que callar, porque ellos hicieron cosas para que el PP no tuviera que hacer demasiados cambios. El final de los socialistas fue una venta total al neoliberalismo.
Albert, ¿por qué utilizas funcionario siempre como insulto?
(Risas) A mí los funcionarios, si son buenos funcionarios, me caen bien. Lo que ocurre es que el arte no puede hacerse con la mentalidad de un funcionario. El funcionario no puede ser un caótico y un delirante como lo tiene que ser el artista. Lo que sucede es que muchos colegas de mi oficio han querido tener una vida de funcionario y la implicación de las administraciones públicas con el teatro no está bien hecha. Las administraciones deben apoyar la cultura y el teatro (mejor gastar en esto el dinero que en aviones de combate), pero la forma en que lo hacen es perversa porque han conseguido un tributo de vasallaje de los artistas. Los artistas no quieren enfrentarse a quienes les dan de comer. Y el mundo de la escena, tan tradicionalmente transgresor, se ha convertido en un estamento obediente dedicado a la estética y ha perdido lo fundamental: ser un lugar de debate. Como se ha suprimido la censura de la Constitución se buscan otras formas de censura como la económica.
Ha quedado eliminado el debate social de la escena.
Quizá el cine ha sustituido un poco al teatro. No el cine español, que es un cine de "comedietas" y, desde el punto de vista de los contenidos, casi siempre sin interés. Pero, curiosamente, hay un cine americano que se pregunta por las cosas. Parece una contradicción, pero esto ocurre porque el cine americano no está subvencionado, es un cine de mercado. Y así, de cuando en cuando, de forma si quieres minoritaria, hay gente que construye una buena película diciendo cosas tremendas sobre los Estados Unidos. Se ha puesto a parir a los jueces, a la policía, a la CIA, al Pentágono… Y eso lo han hecho los americanos, no nosotros. Una prueba más de que el modo como se apoya en Europa a la cultura no es válido. Yo no soy partidario del liberalismo en nada, pero si funciona en el arte.
Els Joglars cumple los 40 y seguirá desvistiendo santos.
Hoy lo más difícil es encontrar al malo de la película. Está extendido como un cáncer del que no sabes donde está la raíz.
Sería un buen momento para reponer a Kafka.
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