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Entrevista a Dulce Chacón

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¿Crees que todavía no se ha contado todo lo que se podría contar sobre la Guerra Civil?
Han sido cuarenta años de silencio. Cuarenta años dan para mucho, para muchos silencios y para muchos secretos, y para mucha gente sin poder hablar, no porque no quisieran sino porque es un silencio impuesto. Yo todavía estoy hablando con gente que se me acerca y me cuenta cosas con una gran emoción y liberación al poder hablar de esos hechos. De una manera más distante pero todavía sufren por eso. Todavía hay mucha gente que no ha hablado.
Sin embargo, parece que es un tema un tanto olvidado en los últimos años.
España eran dos. Había que hacer de España sólo una y eso exigía un tiempo de mudez para que las conversaciones no fueran con las armas en alto, ni con el rencor ni con la desesperación de una herida, y ahora, creo que ya tenemos una distancia, que ya ha pasado un tiempo suficiente, que ya no existen esas dos Españas. Ya puede haber una conversación, ya puede haber un entendimiento porque hay tolerancia. Antes no se podía decir a una persona de derechas que tú eras de izquierdas. Antes, simplemente te llamaban "rojo", ponían una cruz en tu casa y te llevaban a la cárcel directamente. La verdadera conversación empieza ahora.
Provienes de una familia de derechas, ¿qué te motivó a buscar otros puntos de vista?
Yo soy una persona de izquierdas, tengo una conciencia política muy diferente a la que tiene mi familia y me interesa indagar en lo que no sé. Lo que conozco me interesa pero menos, me interesa más lo que no conozco.
¿Qué has podido extraer de esa aproximación a un punto de vista diferente?
Las conclusiones más o menos las conocía de antemano. La guerra en Extremadura fue durísima, en la zona de Badajoz fue muy rápida la sublevación y las represiones fueron bestiales. Lo que he podido constatar es que todavía hay mucho dolor y todavía hay muchos recuerdos que se han grabado y que están ahí. Hay mucha gente que ha pasado eso, no son recuerdos de los padres de los padres, sino de gente que ha sido protagonista de esos hechos y que no olvidarán nunca, ni unos ni otros. Yo no creo que sea necesario el olvido, creo que es necesario el conocimiento, y tengo que conocer de una parte y de otra lo que pasó para poder pasar página, como dicen, pero primero escribirla y leerla, y luego pasarla.
¿Sirve también esta novela como forma de reivindicación de una tierra un tanto olvidada?
Creo que sí. Este viejo alfarero que reivindica la inocencia de su nieto está reivindicando no sólo la inocencia de su nieto sino la inocencia de todo un pueblo que ha sido sistemáticamente anulado, que ha sido sistemáticamente olvidado y que, desde hace unos años ya, afortunadamente, empieza a recomponerse y a tener una identidad que interesa incluso a los demás. Yo creo que es también la reivindicación de una Extremadura que no es tan negra como nos la han pintado y que no sólo existen Las Hurdes o las películas de Buñuel o los crímenes de Puertourraco..., hay mucha Extremadura que no se conoce y que merece la pena conocer.
¿A qué se ha debido ese ostracismo en Extremadura?
Extremadura era una región que no tenía industria, que fundamentalmente era propiedad de muy pocos y a esos pocos les interesaba el campo como tierra de nadie, como posesión privada y no como la prosperidad. Le interesaba su propio interés y ya está. Y la industria la llevaban a otro sitio. Extremadura era, además, una región muy republicana y la gente tuvo que emigrar para encontrar trabajo porque no había industria.
Dulce, ¿cuándo supiste que querías ser escritora?
Mi padre era poeta y nos recitaba sus poemas en cuanto acababa uno. Yo le veía con tanta emoción y con tanta pasión que pensaba que eso tenía que ser la gloria. Empecé a escribir de niña, supongo que por imitar a mi padre, y de ahí me viene el amor a la literatura, del amor que le tenía mi padre a la literatura, a la poesía. También se lo debo a las lecturas de mi madre, porque si mi padre me enseñó el amor a escribir, mi madre me enseñó el amor a leer, dirigió mis lecturas hasta que fui jovencita. Ese placer de la lectura y la escritura se lo debo a mis padres.
¿Con qué género literario te encuentras personalmente más a gusto?
Todos los géneros son muy gratificantes, porque escribir me apasiona. Cuando estoy escribiendo una novela, me encanta andar indagando en ese mundo durante tanto tiempo. Cuando escribo un poema, si me dura más de dos meses estoy sufriendo del poema y no disfrutando de él, mientras que en una novela, si estoy un año y medio, estoy disfrutando de la estructura, del momento mágico de la creación, que es muchísimo más largo en una novela que en un poema. Sin embargo, cuando escribo un poema y lo leo y me gusta siento una gratificación enorme y quizá es lo más grande en el terreno del sentimiento.
¿Crees que hay una literatura de mujeres y una literatura de hombres?
La literatura femenina no existe, existe una literatura escrita por mujeres y una literatura escrita por hombres, escrita por homosexuales, escrita por morenos, por rubios, por pelirrojos... Pero solamente a la literatura escrita por mujeres se le pone un apelativo, "femenina". Eso me parece que es menospreciar a la mujer que escribe. La literatura no necesita de adjetivos, es universal.
¿Puede suponer un cambio en tu trabajo el haber conseguido el Premio Azorín?
Pues espero que no. Lo que hago es lo que me gusta y espero seguir haciéndolo siempre. El único antes y después es que es posible, de hecho ya lo es, que ahora tengo más lectores que antes, y eso a mí me enriquece una barbaridad, porque la mirada del lector es la que acaba el libro. Creo que es fundamental para un escritor que tenga lectores, y mientras más mejor. Ese es el único antes y después que yo quiero.
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