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Entrevista a Jesús Domínguez

Hombre de la vanguardia del teatro en los años del post-franquismo, Jesús Domínguez ha aguantado como ha podido la travesía del desierto al frente de su compañía, Andante Teatro, en medio del páramo cultural de Huelva. Hijo de las corrientes de la izquierda, admite que la idea de comenzar algo en una ciudad pequeña, bajo los balbuceos del Teatro de las Marismas, fue toda una opción vital. Del teatro combativo, con un marcado sesgo ideológico, se encuentra ahora con una escena cada vez más adocenada, donde el folce far niente de los creadores y la influencia de la televisión "cutre", deja fuera de juego a los que arriesgaron su vida para conseguir el aplauso del público.

LUIS O. VALERO / UNO CONTENIDOS
En Jesús Domínguez se funde lo nuevo y lo viejo. La vanguardia y el teatro clásico, el flamenco (amigo personal de Enrique Morente, conocedor de buena parte de los monstruos del cante) y la música novedosa, también se funde la lucha de clases y el capitalismo mediático. Sostiene la mirada con el punto de dolor que provocan los años perdidos, gastados en esos escenarios de dios. Batallas en pos de un contrato, volcar los esfuerzos contra el concejal o el gerente de turno. Su compañía, Andante Teatro, gestiona y programa en el teatro de Bonares una experiencia a medio camino entre el ejercicio de supervivencia y la Barraca lorquiana.

Jesús Domínguez representa la épica del comediante, capaz de sobrevivir del arte sin salir en los carteles de los grandes teatros de Madrid. El necesario contrapunto a la racionalidad gastada de la sociedad de mercado. La idea romántica de aquel que busca el aplauso con un monólogo para sobrecoger al público con su verso. "No tengo ganas de hablar de penas", dice al empezar. Una declaración de intenciones.

Usted en Andante Teatro está solo. No se trata de una metáfora. Ésta es la única compañía estable que se mantiene en Huelva con cierta continuidad.

    No es un sentimiento. La soledad es un suceso real. Tengo la sensación de estar en un callejón sin salida. Se lo digo a muchos compañeros de mi edad, los viejos rockeros. Empezamos a entrar en una fase de angustia por un futuro no muy lejano al que llegamos con las manos vacías. Esa sensación a veces determina una revisión de la vida que indica que he vivido la vida como he querido, pero me pregunto si ha merecido la pena. Pero este mundo se rige por el tanto tienes tanto vales y si al final tienes una seguridad, que te la da determinado tipo de trabajos y estar a la caza y captura de un salario estable.

    El hecho de vivir al día, cuando tu frescura culmina, te encuentras con una sensación de derrota. Estamos como estamos, como quisimos estar. Renunciar a lo que hemos hecho no tiene sentido. Debemos sentirnos orgullosos de haber hecho lo que queríamos y donde queríamos. Claro que me hubiera gustado estar en sitios mejores con otro sitio de afectos. Pero estamos donde estamos, con etapas políticas tan diferentes, y el teatro ha tenido opositores tan serios. Hacer teatro contra la televisión, el vídeo y esos inventos, y hacerlo dentro de una ciudad pequeña, donde he escogido vivir, da unos resultados duros.

    Hay compañeros que se angustian. Yo soy uno de los que mejor aspecto psicológico tiene de los que deambulamos por ahí después de una batalla larga y terrible. Siempre queda la ilusión de crear, del aplauso, la decepción del rechazo, la ilusión por sobrevivir. De ahí sale el menú para contar nuestra historia.

Dentro del mundo teatral, ¿las compañías como la suya deben ser lo más parecidas a los viejos cómicos?

    Qué duda cabe de que somos las compañías ambulantes en versión moderna. Eso ha cambiado mucho, aunque hace algunos años se pudo comprobar que aún quedan vestigios de aquellos actores que funcionan por taquilla pura y dura. Que no querían saber nada de subvenciones. Eran parte del retrato de "El viaje a ninguna parte", la película de Fernán Gómez. Aunque todos estamos en ese viaje a ninguna parte, nuestro modus vivendi ha estado con el carácter ambulante del cómico.

    A la escuela de la carretera y de la calle le debo mi formación humana e intelectual porque mi procedencia es autodidacta y lo que he aprendido se debe a la gente que me he encontrado y que me ha enseñado. Eso me ha dado razones para sentirme orgulloso como persona.

Hábleme de su experiencia en Bonares, esa idea de que una compañía gestione un teatro oficial en una localidad tan pequeña.

    Lo de Bonares se contempla en la figura legal de la compañía residente. Esa es una idea muy de izquierdas, con lo complejo que resulta eso hoy en día. Ubicar una serie de trabajadores de la cultura en un ámbito determinado y, a partir del uso de un espacio, ver la capacidad de incidencia que tiene sobre el ámbito cultural de la localidad. Bonares nunca es lo ideal, pero ha habido una gran acogida de las instituciones y de la gente.

¿Hasta qué punto ha funcionado un programa tan complejo?

    El proyecto ha funcionado al 70%, lo que es para darse con un canto en los dientes. Ha influido en las actividades culturales, en la acogida de los talleres de teatro, en la asistencia de espectadores a los programas y en la relación que establece el artista en una comunidad pequeña, pero no está cerrada. De repente, uno ve que es posible la integración de un automarginado en una sociedad tan pequeña, que no es Madrid, donde los criterios no pueden ser tan abundantes. En un sitio que funciona con unos esquemas determinados, dada la cercanía de los habitantes, es formidable que hayan admitido a un grupo de gente que viene a realizar una programación con base en el hecho teatral. Todos los hechos han colaborado a que la compañía residente haya funcionado.

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