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Entrevista a Jesús Domínguez

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Supongo que el trato será muy familiar. Terminan la obra y tomando una copa les contarán lo bien o lo mal que lo han hecho.
(Risas) Ocurre, ocurre. Nos dicen que les gustó más una escena que otra y para que no nos enfademos nos invitan a un aguardiente, que es una técnica de seducción que deberían usar algunos críticos. Nos dicen verdades como puños.
Su experiencia en Bonares, ¿tiene algo que ver con la labor pedagógica de "La Barraca"?
Puede tener cierta relación. No lo pretende en todos sus aspectos, pero, inevitablemente, entramos en el ámbito pedagógico por deformación profesional de muchos de los integrantes de la compañía, que hemos estado trabajando en la enseñanza. Esto nos lleva a tener un tic pedagógico que nunca viene mal.
¿Cómo son las personas que se acercan a las actividades de Andante en Bonares?
En el taller de teatro hay personas adultas. Gente que trabaja todo el día, amas de casa, hombres de sesenta años con dificultades de memoria, pero lo hacen con muchas ganas pese a tener carencias culturales, que no intelectuales. En este sentido, se produce un suceso maravilloso. La base es la vocación pedagógica y de colaborar de los ciudadanos. Ahí está el aprendizaje de la ciudadanía. Surge espontáneamente, por inercia. Sabemos que basta que uno no quiera para que nada sea. Pero un acuerdo tácito de palabras y de hechos motiva una relación y se enriquece en ambas partes. La experiencia de Bonares era la justa para mi tiempo, por la relación directa con el espectador de una manera muy simple, pero sucinta y llena de síntesis.
Volvamos a la soledad. Después de tantos años, ¿qué ha calado en el ambiente cultural de Huelva del trabajo de Andante Teatro?
Soy muy pesimista. Ojalá me equivoque. Han existido momentos en los que creíamos que esto germinaba. Nosotros sólo queríamos mantener la afición, el gusto por el teatro. Había que entender que el teatro colabora en la elevación del nivel cultural. Los pueblos sólo son libres cuando son cultos. Vivimos en una época regida por la memez, por la intuición. Cuando murió Franco, pensamos que se produciría una auténtica eclosión cultural, pero el sistema nos estaba esperando detrás para contarnos que la historia era otra. Entonces, un núcleo de profesionales decidimos ubicarnos en una ciudad pequeña -se barajó Cuenca o Soria- para desarrollar un proyecto de creación y animación teatral que sirviera para aumentar las perspectivas culturales de la comunidad, y elegimos Huelva. Montamos el Teatro de las Marismas. La relación que se establecía entonces era otra.
¿Cómo era el trabajo de aquél grupo pionero?
Teníamos un local en la calle San José, y allí llegaban los concejales de los pueblos y gente que después adquirió una cierta notoriedad para preguntar por lo que hacíamos. El bar Curro era el epicentro cultural. Por allí iba Pedro Reyes, Pablo Carbonell, Juan Manuel Seisdedos,... mucha gente. Era como un centro vivo de gente interesada por la cultura en sus diferentes manifestaciones. Aquel espacio murió y murió el ansia por hacer cosas, por intercambiarnos, por comunicarnos, por que aquello pudiese tener su incidencia en determinados conceptos. Esa eclosión se convirtió en un mero mercantilismo y tenemos problemas fiscales y laborales. Eso nos ha llevado a un estado de incomunicación, a pesar de vivir en la era de las comunicaciones. Y, a su vez, a un sentimiento de soledad del artista. A veces, me siento solo en un callejón sin salida. Recuerdo una estrofa de Juan Ramón Jiménez: "Este dolor me lo he buscado yo, entre mis rosas lo tendría". Nuestra propia soberbia nos ha llevado a esto.
Cambiando de tema, usted es una enamorado del teatro en verso.
Eso lo aprendí en el gabinete de teatro de la Universidad de Granada, en mis principios. Me prendió la afición por el verso. Yo empecé con lecturas comentadas de Calderón. Ahí me enamoré de la riqueza del lenguaje, de la musicalidad. Siempre ha sido en el ámbito del estudio. Con José Luis Gómez tuve la oportunidad de crear las partes cantables en verso. Así, me aventuré en "Los últimos combates de Lepanto", que ha sido un trabajo muy riguroso. Yo tengo mucha facilidad para trovar y también ha colaborado mi relación con los flamencos, que tienen una gran capacidad para construir versos para acompañarlos con música. Todo esto me ha llevado a escribir en verso. Hay que tener mucho bagaje para enfrentarse a eso y me siento orgulloso de haber podido escribir así, siguiendo los cánones clásicos. No sé si me quedará tiempo para reencontrarme con la vanguardia.
¿Por qué le cuesta tanto al público escuchar teatro en verso?
Porque hay una cierta tendencia de recoger los clásicos, de que la gente se reencuentre con ellos. Cada uno se encuentra con ellos, pero no ha habido una tradición, como en Francia, en Italia, en Dinamarca o en Inglaterra. Todos han seguido su tradición clásica, pero en España, por su circunstancia histórica, ha despreciado la riqueza clásica. Tanto más el espectador inclinado a textos simples, que eluden las imágenes, las metáforas o que se aluda a determinados problemas. Si se plantean problemas complejos con un lenguaje determinado será difícil de asumir por el público, a no ser que te avale un gran nombre. ¿Hay formas más modernas de contar lo mismo? Si algo me ha dado el estar radicado en Huelva, en la movilidad, en vivir malísimamente mal, es que puedo hacer lo que me apetece. Puedo permitirme el lujo de escribir algo en verso contando una historia que es parte de nuestra historia, el imperialismo, los conflictos de sexo y los conflictos de religión. El gustazo no me lo quita nadie.
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