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Entrevista a Luis García Montero

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Otra sentimentalidad en la que lo político era importante.
A nosotros nos vino muy bien porque estábamos muy comprometidos políticamente. Queríamos transformar la sociedad y, por otro lado, queríamos defender una poesía rigurosa que no se justificara sólo por la buena intención de los contenidos, que no fuera simplemente un panfleto sino que fuera también una elaboración formal.
Era muy importante el compromiso para ti y tus amigos.
Lo que ocurrió es que esa otra sentimentalidad quiso hacer del poeta no un hijo de los dioses sino un ciudadano normal y quiso hacer del lenguaje poético el tratamiento riguroso del lenguaje de todos. Y entonces, frente a una poesía muy esteticista muy formalista, nuestra poesía venía a hablar de los problemas que tiene la gente en una ciudad del siglo XX o de principios del siglo XXI. Entonces, determinada crítica empezó a utilizar el concepto de poesía de la experiencia para decir: esta gente no tiene altura lírica, habla de lo que le pasa. Utilizaron el concepto tan agresivamente que he acabado cogiéndole cariño.
Dijiste al publicar "La intimidad de la serpiente" que querías recuperar "el diálogo para defender la conciencia del individuo en un momento en el que el liberalismo parece querer abandonar el sentido original del hombre". La frase te quedó redonda.
Sí parece (risas). Mira, soy de la opinión de que el primer mecanismo que tiene el capitalismo para destruir los espacios públicos es liquidar las conciencias privadas. Porque un espacio público es un lugar de entendimiento entre individuos que tienen su propia conciencia y su propio pensamiento crítico y que encuentran un sitio donde dialogan y ponen en común su pensamiento. A mí me interesó reivindicar un lenguaje que fuese un espacio público.
A pesar de que eras consciente de la fragilidad de esa propuesta porque llegaste a decir que "cinco minutos de un telediario manipulan más que un poema excelente".
Claro (risas). Mira, los poetas podemos hacer cualquier cosa menos el ridículo. La poesía es un ejercicio de inteligencia no un ejercicio de ingenuidad y los intelectuales saben que, en estos momentos, intentar representar el antiguo papel del faro ilustrado de la sociedad, el que crea opinión pública, es muy difícil porque la sociedad ha generado unos mecanismos de creación de opinión muy rotundos. Un poeta no puede competir con un telediario, ni el mejor de los poemas puede competir a corto plazo con un telediario. Lo que sí puede intentar un poema es establecer una relación de diálogo con otra conciencia para reflexionar sobre determinadas situaciones o problemas. Pero eso no debe significar la renuncia al pensamiento crítico.
Tú que te sientes más cómodo en el diálogo con los ciudadanos que con los dioses ¿no crees que ha perdido un poco la influencia social que tuvo la poesía, sobre todo la divulgada por los cantautores, en nuestra generación?
Lo que ha cambiado es la historia de España. Ha habido un cambio antropológico muy importante y la poesía se ha reacomodado en ese cambio. Por la situación histórica de España y por la dictadura, nosotros vivimos todavía una época en donde el concepto de juventud estaba todavía muy sobrecargado ideológicamente. Lo que pasa con los jóvenes es que ya no tienen esa sobrecarga ideológica, y ya pueden ser tan racistas o tan solidarios como un alemán o como un francés. Ya no tienen la necesidad ni se sienten responsables de la transformación del país. Y la poesía se ha adaptado a eso también. Ya no representa la ilusión colectiva de los jóvenes melenudos que nos poníamos a cantar con una guitarra una canción de Paco Ibáñez o de Joan Manuel Serrat. Ahora la poesía a lo que puede aspirar es a reivindicar la reflexión moral de esos individuos que por cualquier razón se sienten solitarios o sienten las carencias de esta sociedad del bienestar.
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