Entrevista a Antonio Muñoz Molina

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Aunque nacido en Úbeda no acostumbra intelectualmente a perderse por aquellos cerros. Le acaban de publicar Sefarad, un recorrido por el desarraigo de las personas a las que les fue arrebatado el hogar, el paisaje y la identidad misma. En ella convierte a los perseguidos, a los desterrados en sus compañeros de viaje. El libro es además, o sobre todo, un alegato contra la barbarie y una reivindicación de las víctimas. Y todo ello envuelto en la convulsa historia del siglo pasado, largamente rumiada por el autor y que ahora la devuelve a la luz en forma de novela, como un bolo digestivo que conmueve y emociona... |
MARIANO CRESPO / TRIBUNA
La idea de poner una lista de libros que a mí me habían sido muy útiles era, en primer lugar, por honradez intelectual y, en segundo lugar, una manera de alentar a la lectura o de dar ciertas pistas sobre algunas cosas. Lo que ocurre es que durante muchos años he estado leyendo con mucha insistencia sobre la historia del siglo XX. Sobre el nazismo, el comunismo, los efectos del horror en la vida de la gente. Del modo en que la ideología se vuelve homicida. Y no sólo por afición histórica sino por algo que se me aparecía continuamente en el presente.
El hombre repite la historia de la barbarie...
Mientras uno lee sobre lo que ocurría en Polonia en 1939, también está viendo en la tele la matanza de Ruanda o estás contemplando la guerra de Bosnia o miras la guerra aquí, en el norte. Digamos que todo eso acaba dándote la idea de que se trata de un conflicto permanente. El monstruo del fascismo, el monstruo totalitario está siempre al acecho y, por ello, las cosas no han ocurrido, están ocurriendo.
Y ahí surge la novela o el género literario que sea Sefarad...
Eso tiene que ver con la propia naturaleza de la literatura. Esta, sobre todo, consiste en una cosa: ponerse en el lugar de otro. Si no, no funciona, ni para el escritor ni para el lector.
También circula otra literatura de la propia identidad...
Ahora está de moda eso de que todo está separado. Nos creemos que es muy progre pero todo viene de tonterías americanas. Es decir: hombres, mujeres, homosexuales, lesbianas, todo separado y clasificado. Cada uno defendemos nuestra identidad y tenemos derecho casi exclusivo a hablar de eso que nosotros se supone que somos. Es todo lo contrario de lo que significa la literatura y la tradición universalista de la izquierda. Uno, necesariamente, igualmente para ser un escritor o lector, tiene que hacer la misma operación que es ponerse en el lugar del otro. Uno tiene que ponerse en el lugar del perseguido.
Un ponerse en el lugar del perseguido, del desarraigado, que asumes en muchas de tus novelas y artículos de prensa.
Creo que es una sensación que puede ser muy común a mucha gente de la generación y del mundo en donde yo nací. Muchos de nosotros nacimos en un mundo que no se parecía nada a este. Parece que nacimos en otra época y que hemos vivido en dos países distintos. Porque el mundo rural atrasado, cerrado, en el que yo nací y en el que se suponía que iba a vivir toda mi vida, igual que habían vivido mis padres y mis abuelos, se quebró. Se quebró no sólo para el que se iba a estudiar en Madrid. Se quebró, también, para el que iba emigrado al cinturón industrial de Bilbao o Barcelona o a Francia o Alemania. Hay una parte de experiencia vital que es personal y que también es muy común.
Tus orígenes no presagiaban tu futuro...
Yo he vivido la sensación de estar en un sitio que no era exactamente el mío. De pequeño era consciente de que, en mi ciudad, el mundo está dividido en dos partes: la parte agrícola y trabajadora y otra más burguesa y más vital. Y era consciente de que cuando cruzaba un cierto límite estaba en otro mundo. Cuando iba al mundo de los médicos, los profesores y todo eso. Cuando un maestro convenció a mi padre de que me llevara a estudiar, en vez de al campo junto a él, viví con una conciencia muy clara el conflicto entre esas dos cosas. Es decir: el mundo en el que mi padre hubiera querido que yo estuviera con él porque era la ilusión de su vida y el mundo de estudiante en el que yo me colé. Un mundo en el que era consciente de que estaba de manera precaria porque si perdía la beca aquello se acababa.
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