Entrevista a Carmen Rigalt

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En "La mujer de agua", Carmen Rigalt cuenta la historia de Márgara, una mujer marcada por el desamor que no duda en cruzar el Atlántico para ir a buscar a su marido cuando éste la abandona. La novela está ambientada en la Barcelona de 1934 y en la ciudad imaginaria de Xulán, situada en América Central. Transmite la ansiedad y frustración que experimenta Márgara cuando trata de encontrar ese amor que nunca le llega a satisfacer, a la vez que nos ofrece una visión de las realidades sociales de Iberoamérica. |
MERCEDES MARCO / SCD PRESS
"La mujer del agua" está basada en experiencias reales que la propia Carmen Rigalt recogió en sus viajes a Guatemala donde entró en contacto con sus gentes y su historia. Como periodista que se considera, Rigalt realizó un gran trabajo de documentación que le llevó mucho tiempo y esfuerzo. Por este motivo, el libro ofrece una visión de Iberoamérica, de su lengua, su paisaje, sus gentes y sus realidades sociales. La historia transcurre durante los años 30 y 40 y cuenta cómo Márgara es abandonada por su marido, el escultor Ramón Vidal, quien busca fortuna en Europa. Tras año y medio de espera, Márgara decide ir en su busca y al final lo encuentra en Xulán, una ciudad imaginaria de América Central. Allí vuelve a abandonarla, pero esta vez el dolor es tan intenso y son tantas las lágrimas que derrama, que los indígenas le llamarán “la mujer del agua”, y así pasará a formar parte de las leyendas locales.
"La mujer de agua" ha sido tu tercera novela y en ella sigues profundizando en los sentimientos de una mujer. ¿Tiene una mujer que ser desgraciada para convertirse en el eje central de una novela?
No, no creo. Pero a mí particularmente me inspira más una desgracia que la felicidad. No sólo para escribir, sino para otras muchas cosas. El estado de la felicidad es tan agradable que supongo que inmoviliza, no sólo creativamente. A mí me parece que alguien que está feliz no piensa en nada, no quiere hacer nada más. Es un estado de arrogo total y creo que se dan más momentos de preocupación, de inestabilidad, de zozobra y de desamor en la vida que de exaltación amorosa y de felicidad.
Estas pasiones que despierta siempre la infidelidad, ¿crees que son más fuertes y nos impulsan a hacer más cosas o por lo menos a bucear un poco más en nosotros mismos?
Por lo menos, a comernos más el coco, cuestionarnos más cosas y a creer menos en esos grandes sentimientos con mayúsculas como el amor, la felicidad, todas esas cosas de las que se habla mucho pero que luego no sabes en lo que se traduce.
¿Te ha resultado difícil trasladar la historia a paisajes o ámbitos no tan cercanos a tu propia experiencia?
Me ha costado porque he tenido que cruzar el charco una y otra vez. Cuando estaba en Madrid y me ponía delante del ordenador enseguida se me había olvidado pues el estar en contacto con los olores, los sabores, los paisajes, los colores. Sobre todo los colores. Y eso, mientras estás allí, estás tan embebida, te nutre tanto que podrías escribir sobre la marcha. Pero en cuanto llegas a casa y pasa un cierto tiempo, vas ordenando la música del habla, todas esas sensaciones que te rodean y que cuando estás allí no te das ni cuenta y las tienes que atrapar mucho. En mi caso era una doble dificultad porque era trasladarme en el espacio y en el tiempo porque eran los años 30 y 40. Cuando pensé escribir esta historia, porque la historia me atraía, era una historia real en la que yo misma había buceado por interés particularísimo, no me di cuenta de esa dificultad añadida. No sabía ni cómo a vestir a la gente de los años cuarenta y muco menos en una ciudad de Guatemala. Entonces he tenido que hacer inmersiones en hemerotecas porque, aunque es una novela intimista, está muy arraigada en una época y en un entorno determinado y eso lo he conseguido a base de muchas horas de conversación con gente que hubiera vivido la época y a base de muchas horas de hemeroteca, muchas lecturas de revistas de la época. Estoy convencida de que he hecho un trabajo más periodístico, curiosamente.
Al hilo de eso, tú has declarado en ocasiones sentirte más periodista que escritora.
Sí, pero periodista como escritora de periódicos. Cuando por ejemplo salgo en televisión y me preguntan si quiero que me presenten como periodista o escritora, a mí me produce rubor que me pongan como escritora y digo que periodista. Yo soy periodista y vivo de eso. Y encantada del periodismo. Pero me cuesta tirar mucho de archivo, es decir, los reportajes documentados es una cosa que me cuesta y me tengo que acostumbrar. Esos géneros también los he cultivado y es lo que más me cuesta. Bueno, pues este libro es el reportaje de mi carrera periodística que he hecho en más tiempo.
¿Y qué es lo que te impulsa a hacer ese esfuerzo para escribir una novela así en vez de trasladarte a paisajes más cercanos?
Es una buena pregunta porque yo también me he preguntado lo mismo cuando me veía metida en ese berenjenal. Me decía quién coño me mandaba meterme en ese lío porque yo veía que necesitaba muchos papeles. Estaba en una finca donde pensaba que tenían luz en esa época y entonces me ponía a enterarme se pusieron los postes para la luz y demás. Cosas como esa suponían un parón.
Pero quizá eso te resulta más reconfortante al ver el resultado final.
El resultado final en cuanto había sido una historia y es un país y una realidad que a mí me ha interesado en una época de mi vida y me sigue interesando y haberle dedicado mi tiempo, que me ha servido afianzar mis relaciones con ese país y con esas gentes que he conocido absolutamente maravillosas. Como trabajo no lo sé. Quizá hubiera sido más fácil, más comercial, más cómodo y más todo una cosa situada en mi barrio, en una actualidad de lo más inmediata y en una urbanización de las afueras de Madrid. Eso hubiese sido más fácil. Pero, personalmente esto me ha permitido ahondar en una realidad en la que ya empezaba a zambullirme, que es la realidad indígena guatemalteca, que es por extensión la realidad indígena de muchos pueblos suramericanos y centroamericanos, y sobre todo conocer personas, una de ellas precisamente uno de los personajes del libro, que es un poco la coprotagonista que iba cobrando tanta grandeza según escribía que casi le chupa el plano a la protagonista.
Hay dos mujeres que centran un poco la trama del libro y un gran ausente que puede ser el marido que se fuga en momentos determinados.
Posiblemente esa sea una cuestión en la que yo me esté delatando un poco porque en otras novelas el hombre también era como un inaccesible. A lo mejor yo necesito unas horas de diván y saldría lo que pienso porque no ha sido deliberado. Yo con el personaje que me encariño más es el de la indígena. Después de escribir y publicarse el libro y a raíz de algunas entrevistas, he hecho una reflexión sobre eso a la que me han llevado algunas de las preguntas que me han hecho. Me han dicho "qué gente tan mala hay" o "todos los hombres son malos". Yo no me había dado cuenta. Es verdad, las dos únicas personas que encarnan la maldad son dos mujeres mayores: una tía de ella y la indígena. Pues esto no obedece a un plan deliberado ni a una estrategia ni a un planteamiento. Es decir, ha salido así porque ha salido así. Y si en eso me delato, pues delatada estoy. Y si el hombre sale mal parado, pues también. Ahí, a lo mejor, no me estoy delatando. Porque las figuras masculinas, excepto el padre, que también es un referente que está en la ausencia, todos los demás dejan bastante que desear. Empezando por el principal referente de la novela.
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"El siglo ha acabado siendo de las mujeres, y el que empieza va a seguir siendo de las mujeres. Te podría hablar desde Maruja Torres hasta cualquier escritora sudamericana que utilizan este habla tan rico".
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