Entrevista a José Sacristán

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Cuarenta años de oficio de actor. Oficio en el más noble sentido de la palabra. Hay quien va de artista y no ha rozado nunca el arte y quien, por el contrario, tiene su arte por oficio. Tan natural que parece que no interpreta. Para más de una generación Pepe Sacristán ha sido más que un actor un referente. No sabíamos si soñábamos con las cosas que le pasaban a Pepe Sacristán o Pepe Sacristán interpretaba las cosas de las que se nutrían nuestros sueños. Más que un actor, parecía nuestro "alter ego" en la pantalla o en los escenarios. Cuarenta años de oficio y sin embargo... |
MARIANO CRESPO / TRIBUNA DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA
El circo este sí me pone nervioso. Yo salgo ahí porque el escudo es el personaje, la coartada es el personaje, si no de qué...
Y cuando dice ahí se refiere al escenario. El apagado escenario que está a escasos veinte metros del camerino, en donde ahora charlamos. El teatro tiene el aforo vacío y su silencio de templo en donde se producirá el cotidiano rito en el que el hombre menudo y delgado que tengo enfrente se convertirá en Salieri. El músico condenado a envidiar a "Amadeus" Mozart. Ha pasado tiempo. Tanto tiempo de aquel Sacristán de aquellas cintas que llamaron españoladas...
Los primeros pasos son para mí imborrables, al margen de que hiciera películas o hubiera hecho tornillos. No puedo olvidar a quien confió en mí en esos primeros pasos. Los que no sólo me daban trabajo, con el que yo pagaba el recibo de la luz y daba de comer a mis hijos, sino que depositaban en mí una confianza como actor. Ese recuerdo se ha impuesto a las calidades o al resultado último del trabajo que hacía.
Con Pepe Sacristán fuimos salidillos emigrantes en Alemania. Conquistadores de suecas imposibles en cualquier playa de la Costa del Sol. Aquel cine que ahora nos da tirria reflejaba también un poco lo tirrioso de nosotros. Luego vendrían las películas de la transición.
¿Tú tenías conciencia de hacer un cine de referencia?
Sí, totalmente. Porque yo sabía con quien lo hacía. Al final de los 60, principios de los 70, en este país empiezan a pasar cosas que repercuten en el mundo cinematográfico. Y empiezan a aparecer, por iniciativa de José Luis Dibildos, gentes como José Luis Garci, Roberto Bodegas, Drove... Una serie de personas con las que yo soy la correa transmisora. Por edad, por físico, por todo. Yo soy perfectamente consciente. Y encantado de la vida por haber sido la correa transmisora de aquellos tiempos de incertidumbre, de inquietud, de ilusión, de un montón de cosas.
Cuando el cine demandaba las urgentes libertades. Una de las últimas veces que he visto aplaudir en una sala es cuando besabas a Paco Algora en "Un hombre llamado Flor de Otoño".
Afortunadamente ya no es necesario. Ya se ha reemplazado la tribuna. El foro donde se denuncian las cosas, ya no son ni el teatro ni el cine. Aunque tenga que seguir habiendo, pienso yo, un cine testimonial o de compromiso. Pero, afortunadamente, ya las cuestiones estas se resuelven en la vida cotidiana.
Hummm
(Risas). No lo bien que se deberían resolver, desde mi punto de vista. No estoy en la sociedad que me gustaría estar. Pero sí creo que saludable el que dos homosexuales se besen o se dejen de besar, sin la necesidad de ciertas declaraciones o denuncias en una película determinada. Ya no es el cine el sitio y el procedimiento mediante el cual esas cosas se tienen que seguir reclamando. Por ahí hemos ganado. Ahora hay un Parlamento. Ya no es esa cosa que existía antes de convertir el estadio o el cine en el lugar del mitin.
Y cuando la copla era la imagen de la España profunda, tú llevaste a los progres al teatro a escuchar canciones de la Piquer en "Yo me bajo en la próxima ¿y usted?"
Estamos en el año 79-80. A mí me gustó. Porque además creo que la nostalgia o la melancolía resucitada o recreada en "yo me bajo en la próxima...", estaba hecha con la inmensa habilidad, habitual en Adolfo Marsillach, que es el sentido del humor. Un poco también estaba todo eso en "Asignatura pendiente". La tomadura de pelo a nosotros mismos. En definitiva, esa mirada en el espejo de un tipo al que le han ido pasando sin darse cuenta las pequeñas cosas. Un tipo que va sucesivamente cogiendo tranvías a...
... ninguna parte?
Este país ya no es el mismo para nada. Un país en el que prima la velocidad, el vértigo y, más que el vértigo, la crispación de una sociedad convulsionada por el culto al éxito y a la economía. Esta sociedad no tiene nada que ver con la que deseábamos.
Nuestros deseos. Hace bien poco, parece que fue ayer y han pasado más de veinte años, llegaron las primeras elecciones democráticas. Y con ellas, los primeros espacios políticos dedicados a la propaganda electoral gratuita. Fue la primera vez que se escuchó la Internacional en TVE y allí estaba Pepe Sacristán. Nuestro vecino Pepe, a ese que le pasaban en el cine las mismas cosas que nosotros soñábamos en la vida, pidiendo el voto para el PCE.
Las primeras elecciones desde luego, invitamos a la gente a votar al partido comunista, personas que pensamos que había que estar ahí precisamente para eso. Y creo que efectivamente nuestra presencia, nuestra solicitud, dio buen resultado.
Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista Tribuna de la Administración Pública en mayo de 2000.
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