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Entrevista a José Saramago

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Y en el caso de los políticos ¿qué espera de ellos? Porque en muchas de sus novelas, incluida ésta, aparecen retratados como personas incapaces de resolver los problemas de los ciudadanos.
De los políticos espero que estén al servicio de la comunidad, porque para eso les hemos elegido. Sin embargo, acabamos dándonos cuenta de que no es así. Además, el poder se convierte en algo que ellos no quieren dejar bajo ningún concepto; lo dejarán cuando hayan perdido en unas elecciones.
¿Confía en un futuro en paz?, ¿en que se logre la famosa alianza entre civilizaciones?
Si antes no hay un pacto de no agresión entre las religiones, ninguna alianza de civilizaciones será posible. Los responsables religiosos, sobre todo del islamismo y cristianismo, tienen que ponerse de acuerdo. Partiendo del principio de que Dios existe, tienen que reconocer que, si es así, existe un solo Dios y que, en nombre de ese Dios único, todas las diferencias se pueden solucionar. Como yo soy ateo, podría decir que me importa un pepino, pero soy consciente del daño que han hecho las guerras de religión por motivos a veces fútiles o completamente ridículos. Cada uno debe vivir su creencia en paz sin querérsela imponer al otro.
"Al día siguiente no murió nadie". Así empieza su nuevo libro. Un país en el que, de repente, nadie muere. Es un mundo feliz que no tarda mucho en convertirse en todo lo contrario.
Existe la idea de que si estamos liberados de la muerte llega la felicidad, pero eso en la novela no dura mucho y creo que en la vida real tampoco duraría. Tenemos que morir para seguir viviendo. Así es la humanidad.
¿Piensa que en la sociedad hay mucho miedo a morir?
La gente intenta no pensar en la muerte. La muerte sí, pero la de los demás. Ahora mismo, en esta ciudad o en cualquier otra, hay personas que mueren pero uno puede estar todo el día en la calle y no ver nunca que pase un féretro, como ocurría antes. Hace años, ibas por la calle y aparecía un carruaje o coche fúnebre y la gente se quitaba los sombreros a su paso. Ahora la muerte no se ve. Eso es lo que tratamos de hacer en la actualidad: borrar la muerte. Pero no vale la pena, sólo estamos borrando la imagen, el efecto, la expresión de luto. Parece que la gente saliera de aquí por evaporación.
¿Tiene miedo a la muerte?
No tengo miedo, pero soy consciente de que está ahí, tan consciente que he escrito este libro.
En la novela se muestra el desprecio de las familias hacia sus mayores. ¿Es una crítica a lo que sucede en la actualidad?
No ocurre siempre, pero sí más de lo que pensamos. No hay paciencia para cuidar a los ancianos. La idea es que el viejo molesta. El problema de los ancianos considerados como estorbos es una situación actual. La familia ha acabado y ya no hay sitio para ellos. Se podría decir que en el progreso técnico hemos avanzado mucho, pero en el moral estamos mal.
¿Cómo hay que vivir la vida para que valga la pena?
Tenemos que preguntarnos si las necesidades de todo el mundo están cubiertas y preguntarnos también "¿qué es lo que hace que valga la pena que yo esté aquí?"
¿Tiene alguna idea para una próxima novela?
No, todavía, no. Cuando terminé "Ensayo sobre la lucidez", no podía imaginar cómo iba a ser mi siguiente libro. Ahora no puedo imaginar el próximo. Si llega, que espero que sí, no sé hacia dónde iré.
A sus 83 años, ¿sigue disfrutando con la escritura? ¿Le divierte escribir?
La escritura no es diversión. A veces me resisto a empezar un libro, pero uno acaba por sentarse y comienza a escribir. Es la condición indispensable.
¿Qué momento prefiere: cuando concibe una historia o cuando la termina de escribir?
Lo más bonito es cuando la terminas. Estás a la vez contento y también triste, porque terminó.
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