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Entrevista a Juan José Tamayo, teólogo

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En la biografía del nuevo papa, Benedicto XVI, parece haber dos vidas paralelas enfrentadas entre sí. Toda la prensa habla de su perfil conservador, pero portavoces vaticanos autorizados hablan de que esta visión es su caricatura y que nos va a sorprender...

    Es que no se parte de cero sino que hay una historia precedente que dice que buena parte del pontificado de Juan Pablo II ha contado con la colaboración imprescindible del cardenal Ratzinger en cuestiones doctrinales, para sofocar cualquier avance teológico. Y también para el nombramiento de obispos y la elaboración de orientaciones morales en cuestiones de pareja, sexualidad, origen y fin de la vida e investigación de los avances científicos. A los hechos me remito: en el plazo de tres semanas ha tenido que dimitir un sacerdote jesuita de la dirección de una prestigiosa revista católica de Estados Unidos.

Vamos, que el Espíritu Santo no ha estado muy innovador.

    Prefiero no implicar al Espíritu Santo en la elección del nuevo papa, porque cuando se le implica se le manipula. ¿Cómo el líder del catolicismo que representa a 1.100 millones de católicos de todo el mundo va a ser elegido por 115 notables que no representan a las personas de la base de la comunidad cristiana? Implicar al Espíritu Santo me parece una ofensa porque supondría que legitimaba una forma de elección autoritaria y dictatorial.

En un artículo tuyo publicado en El País pedías que el nuevo papa fuera el Ratzinger de hace 40 años. Porque hay quien señala que hasta el mayo del 68 Ratzinger ofrecía un perfil distinto.

    Está muy bien orientado el momento que señalas de la involución de Ratzinger. Recientemente leía yo un artículo de Ratzinger publicado en 1965 y me sorprendió gratamente que su eclesiología descansaba más sobre un concepto de iglesia local que sobre un concepto de iglesia universal. Él reconoce la relevancia y la significación de la iglesia local frente a los intentos actuales de invisibilización de ésta a favor de un concepto totalitario de iglesia universal. Pero sucede que en 1968 se encuentra con toda la contestación estudiantil y no la entiende. Eso le desequilibra y, aunque piensa dentro de los parámetros de la cultura moderna, lo que ya no va a aceptar son "los brotes erráticos" de esa cultura moderna que el percibe dentro de la contestación juvenil. Se desvincula de sus antiguos colegas, los renovadores que hicieron el Vaticano II, busca nuevos aliados y hace una revisión crítica del concilio.

En el artículo también hablas de perspectiva de género. Pese a tu posición feminista la situación de la mujer en la iglesia es indigna y no parece que eso subleve a las mujeres creyentes.

    Hay desconocimiento de lo que se mueve al interior de la iglesia católica en el mundo de las mujeres. Incluso me atrevería a decir con la teóloga norteamericana de origen alemán, Elisabeth Schüssler Fiorenza, que ahora mismo lo que está renaciendo es la "iglesia de las mujeres". Es decir, una comunidad de mujeres que se agrupa en torno a una serie de reivindicaciones que pertenecen a la entraña misma del ser cristiano. Iglesia de las mujeres animada y acompañada por la teología feminista que intenta resituar a la mujer en el centro de la iglesia en igualdad con el hombre, con presencia en ámbitos directivos y en lugares donde se gestiona lo sagrado. Defiende que la actual configuración patriarcal de la iglesia es errática. Se trata de un movimiento muy esperanzador y creativo.

En nuestro país, la iglesia pretende ofrecer una imagen de sí misma de perseguida, pese a que algunos creamos ver que el acoso es el que la iglesia está realizando sobre el poder civil.

    El actual planteamiento de la iglesia es una construcción ideológica interesada en la que se hace la víctima cuando en realidad vive en una situación de privilegio. Creo que la iglesia que parecía haber dado síntomas de asumir la democracia y encontrar su lugar dentro de ella, está totalmente desubicada. Se encuentra incómoda y a disgusto en una sociedad democrática. Las jerarquías católicas se encuentran más cómodas en estructuras políticas autoritarias y dictatoriales de connotación confesional que en un Estado de Derecho.

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