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El segundo peldaño en esa espiral lo constituiría alguna forma de agresión verbal, insultos generalmente. Los insultos irían acompañados de algún tipo de comportamiento cariñoso por parte de él con el objetivo de restar importancia a la agresión reciente. La asociación continuada entre insultos y manifestaciones de afecto y apoyo al tiempo que la falta de apoyo percibido por parte de ella en otras ocasiones distintas de las del maltrato dará como consecuencia alguna suerte de "provocación" por parte de ella para obtener el afecto que, en condiciones de no agresión, no es posible conseguir. Para que una mujer sea sensible a este tipo de asociación tiene que haberla vivido con anterioridad de suerte que le resulte natural. Con toda probabilidad ello ha ocurrido de una u otra forma en su familia de origen.
Los datos disponibles de mujeres maltratadas ponen de manifiesto que, en un alto porcentaje, ya habían sido víctimas de violencia por parte de padres, padrastros o incluso hermanos mayores. Algunas incluso habían sufrido de abusos sexuales reiterados. Motivo de más para extremar el cuidado a los hijos e hijas de estas mujeres. Cuando una mujer ha padecido en sí misma o ha visto padecer a su madre de violencia marital desarrolla una especie de tolerancia a la misma y, por extraño que pueda parecer, tiende a seleccionar en el futuro una pareja con las mismas características que tenía el agresor (generalmente padre o padrastro). El primer modelo familiar se convierte así en factor protector o de vulnerabilidad para padecer de nuevas agresiones. No obstante, no todas las mujeres que han sufrido de violencia familiar seleccionan parejas así. Hay mujeres que pueden decidir no tener pareja estable. Otras pueden quedar sensibilizadas hacia hombres que exhiban algún patrón característico como, por ejemplo, hacia hombres que beban. Y otras, las menos, utilizan su capacidad de análisis para reconstruir en la medida de lo posible su sentimiento general de falta de valía, lo que las hace menos vulnerables a ser objeto de nuevos abusos.
En general, haber padecido de abusos físicos, psicológicos y/o sexuales durante el período de la infancia-adolescencia es un factor de alto riesgo para convertirse en víctima de la violencia masculina en una relación de pareja. Por este motivo, la intervención a las mujeres maltratadas deben contar con un programa específico de apoyo y socialización de sus hijos. La derivación de recursos hacia estos niños está más que justificado por su alta probabilidad de desarrollar conductas violentas si son varones o de desarrollar conductas depresivas y de victimización si son niñas.
A partir del segundo nivel dentro de la espiral de violencia, los insultos, se produce un ascenso más bien rápido. A la mayor gravedad en los insultos se añade algún manotazo, algún que otro golpe que no deja marca por no hablar de la violencia de tipo sexual que suele comenzar por la utilización por parte del varón de una terminología peyorativa para referirse a su pareja, palabras como "puta", "zorra"... suelen ser precursoras de un mayor nivel de agresión: la transición de las palabras a los hechos. En cualquier caso, toda esa parafernalia provocan un sentimiento de denigración a la mujer, un sentimiento de falta de valía, de insignificancia...
En el siguiente estadio, el varón pasa ya a la acción y ésta no se limita a un manotazo en un momento de rabia sino en auténticas palizas que la mujer justifica por algún "mal comportamiento propio". Dichas palizas suelen ir acompañadas de, en muchas ocasiones, sinceras muestras de arrepentimiento por parte del varón agresor. Y digo sinceras porque la mayoría de hombres reconocen su mal comportamiento e intentan evitar por sus propios medios que vuelva a ocurrir. Salvo que exista alguna patología específica incluida el abuso del alcohol que puede propiciar el olvido de la paliza infringida... en el resto de casos, el varón agresor conoce la sanción familiar y social que merece su conducta y se avergüenza de haberla exhibido. No obstante, no dispone de recursos alternativos para hacer frente a la frustración en la satisfacción de sus demandas. Y esa frustración reiterada le lleva una y otra vez a abusar de su fuerza física. Desde esta perspectiva podemos entender que también el varón es una víctima, en este caso, de sí mismo. Es fácil comprender que si las intervenciones institucionales tratan a las víctimas mujeres sin tener en cuenta a la otra incógnita de la ecuación, los varones, se podría estar revictimizando a las mujeres.
Así pues, la violencia de género es un problema que lleva implícito un gran número de variables lo que hace que juzgar las conductas de unas y otros sea un acto arriesgado y, muy a menudo, injusto.
María del Mar Fajardo es psicóloga y monitora de educación sexual. Especialista en orientación y terapia sexual.
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