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Nos podríamos preguntar ¿cómo afecta a la violencia de género el culto al tiempo, al rendimiento y a la vida en pareja? Primero de todo, afecta en la distinta valoración de las actividades. Hay actividades valiosas (remuneradas) y actividades menos valiosas o carentes de valor (poco o nada remuneradas). Tradicionalmente, los hombres han desempeñado trabajos remunerados que se hacían fuera de casa mientras que las mujeres se han encargado de la crianza de los niños y niñas. Esta última actividad ha pasado completamente desapercibida porque no produce beneficios económicos sólo humanos. Que un niño o una niña se desarrolle física y mentalmente sano/a no es valorable. Cuando la división de tareas implica una mayor valoración de una actividad frente a otra ya no se trataría de simple división sino de discriminación. Y ahí precisamente es donde comienza la lucha de sexos, en la diferente valoración de las actividades desarrolladas por unos y otras. Cuánto más interiorizado tenga el varón la idea de su superioridad más sentirá el derecho a exigir un determinado trato de favor en su relación de pareja... trato que suele comenzar con la "imposición" de prácticas sexuales que no son del agrado de la mujer.
Es indudable que la violencia de género tiene raíces socioculturales. No obstante, algunas culturas son más permisivas que otras en cuanto a la posibilidad de valoración de las actividades femeninas pero prácticamente no hay cultura alguna libre de asignación de sobrevaloración de las actividades masculinas frente a las femeninas. Ya desde el punto de vista exclusivamente anatómico se concede un mayor valor a los genitales masculinos frente a los femeninos y esta diferente asignación de valencia positiva se aprende rápidamente en la primera infancia antes incluso del desarrollo del lenguaje. En el propio idioma hay expresiones que testifican la diferente asignación de valor. Por ejemplo, se dice que algo es "un coñazo" cuando es desagradable mientras que se dice que es "cojonudo" cuando es estupendo y fantástico. Como colofón a esto, nos encontramos con que el modelo por excelencia en la sexualidad es el masculino. Es el referente con el que comparar la sexualidad femenina propia. Así se habla de que la mujer es lenta en alcanzar el orgasmo. El calificativo "lento" no es simplemente la descripción de un estilo sino que es un término que se emplea con tono peyorativo. La insistencia en que la mujer alcance el orgasmo mediante el coito que conduce a muchas mujeres a fingir los orgasmos es otro de los ejemplos de lo mismo. En definitiva, hay una presión social considerable para que las mujeres se adapten al modelo masculino de referencia en diferentes ámbitos. Todo eso resulta en un sentimiento poco definido de inferioridad respecto del hecho de ser mujer. Inferioridad ésta que se trasmite de madres a hijas sin apenas percepción consciente.
Todos estos elementos sociales: la falta de poder socioeconómico femenino, la sobrevaloración de todo lo masculino, la valoración del rendimiento frente a lo lúdico o a otros valores humanos, la separación rígida de roles que impone nuestra sociedad en función del sexo son todos ellos aspectos que inciden de forma decisiva sobre la violencia de género. Podemos añadir a ello que las conductas adictivas son bastante más frecuentes entre los hombres que entre las mujeres. La frustración femenina suele traducirse conductualmente en depresión mientras que, en el caso de los hombres, suele llevar a conductas de evitación del malestar disfrazándolo con el alcohol, las drogas o el juego. Todo lo cual añade más leña al fuego al ya de por sí frágil equilibrio de la relación de pareja.
En resumidas cuentas, no hay una fórmula fácil para abordar una problemática que está firmemente enraizada en nuestra cultura. El primer paso para cambiar el "status quo" sólo podrá venir de la mano de un análisis, lo más exhaustivo posible, de todas las variables implicadas.