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Papá ha muerto

Cuando un niño pierde a su padre, madre o cualquier otro familiar querido y cercano a él como un hermano, el abuelo, etc. hay que actuar siempre con sumo cuidado y delicadeza. Hay que intentar desdramatizar al máximo la situación que el menor está viviendo, para así evitar en lo posible el trauma que éste puede sufrir al perder a alguien querido y cercano a él.

YOLANDA BARBERÁN / MUJERACTUAL
Niño llorandoDicha labor será ardua y difícil, pues si papá ha muerto seguramente mamá se hallará destrozada y desconsolada, difícilmente podrá consolar a su hijo cuando ella misma no encuentra consuelo, pero su deber o en su defecto el del resto de familiares que rodean al niño es darle una explicación racional en función de su edad y de las circunstancias que hallan rodeado la tragedia, no es lo mismo perder a un progenitor después de que éste haya sufrido una larga enfermedad a perderlo en circunstancias más trágicas o inesperadas como un accidente de tráfico, por ejemplo, como tampoco es lo mismo perder a mamá o papá que al abuelito que ya era mayor y por lo tanto es ley de vida.

Sea cual sea la causa de la pérdida o el familiar que haya fallecido siempre hay que ofrecerle una explicación al niño, tanto si este pregunta como si no, en ningún caso hay que ocultar la verdad. También hay que tener bien presente que el menor tras la pérdida de un familiar querido verá alterada su seguridad, al menos temporalmente, pues tanto los niños como los adolescentes necesitan sentirse queridos y cuando pierden los lazos amorosos que les unen a las personas de su entorno habitual se hallan perdidos y desorientados, por eso resultará imprescindible que éste se halle arropado y mimado por el otro progenitor o por el resto de familiares que giran en torno suyo. Esta será la mejor prevención para evitar que el niño pueda sufrir cualquier tipo de alteración psicológica o afectiva tanto en el presente como en el futuro, pues muchas veces los adultos creemos que el niño ha asimilado bien el fatal desenlace y nos equivocamos, aunque en un primer momento puede parecer que el menor actúe con normalidad, las consecuencias pueden surgir posteriormente, por eso los adultos que lo rodeen deben proporcionarle cariño y sobre todo trasmitirle seguridad hasta varios meses después de la pérdida.

Si el fallecimiento resulta previsible, como una enfermedad irreversible (un cáncer, etc.), habrá que preparar al menor para el fatal desenlace, en ocasiones los niños están más capacitados de lo que realmente los adultos pensamos para encajar estos reveses de la vida.

A no ser que el niño sea muy pequeño y no tenga capacidad para comprender los trágicos acontecimientos, lo mejor será darle una explicación clara y concisa a cerca de la muerte y las circunstancias que han rodeado a ésta. Es importante que el niño muestre su tristeza y lo pueda compartir con los adultos, normalmente la realidad es menos dolorosa que lo que ellos imaginan en su cabeza, el "no saber" puede resultar más dramático para ellos que la propia realidad, siempre en función de su edad y carácter.

Otra cosa que debemos tener en cuenta es que los niños siempre toman a sus seres más cercanos como modelos de referencia, por tanto si vivimos la pérdida como algo trágico y desesperante, ellos también lo harán, si por el contrario aceptamos el suceso de manera serena aunque lógicamente ésta sea dolorosa, ellos también aprenderán a aceptar el hecho con mayor serenidad y seguramente lo superarán antes y mejor. Rara vez la pérdida de un ser querido ha supuesto graves consecuencias para un niño si éste se ha visto querido, arropado y seguro por el resto de la familia.