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El poder oculto de los animales

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Durov, famoso fisiólogo canadiense y experimentado entrenador de animales, ideó un método que le permitía impartir órdenes mentalmente a los perros. Ese medio telepático funcionaba perfectamente en muchos casos, en otros poco y en algunos no daba ningún resultado. Durov se dio cuenta de que si la orden provocaba una fuerte emoción, el perro respondía exactamente a la cuestión mental. Si la orden no lo emocionaba, o el mismo Durov cambiaba de repente el concepto mental, el perro se quedaba ladrando violentamente y sin callarse, eso fue lo que ocurrió cuando dio la orden de ladrar a un animal embalsamado.

Mi perra Laika, un setter gordon, cuando advirtió un peligro que amenazaba a mi esposo, cambió de humor, estaba triste, sin alegría, contrariamente a lo que era su carácter. Laika nunca cruzaba la calle sin que se lo ordenara yo o su amo, sin embargo un día que mi marido tuvo una pelea con personas que querían hacerle daño, hasta comprometerlo en la salud, Laika salió corriendo cruzando la calle para ayudarle, fue así como un chófer intemperante la mató. Yo afirmo que Laika salvó la vida a mi esposo a cambio de la suya.

El elefante nunca olvida una ofensa, así como la devoción hacia su amo. Desde tiempos remotos estos animales figuran en la historia y en las leyendas, y por su tallas eran empleados en varias ocupaciones.

El indestructible recuerdo de un elefante acerca de su amo me obliga a no omitir en este relato una historia tan conmovedora. El emperador indochino "Gia Long" desaparecido en la década del 1880, tenía en su ejército un viejo elefante, con anillos de plata en los colmillos. Al morir su augusto amo, el elefante se mostró tan inconsolable, tan solo e infeliz al punto que decidió retirarse a las montañas "Anamitas", viviendo como un ermitaño. Una vez al año, en el aniversario de la muerte de su amo, bajaba la montaña y hacía un solemne peregrinaje a la tumba del Emperador. Según se decía, el fiel animal visitó durante cincuenta años su tumba.

Sin medios términos, los animales saben cual es la disposición del hombre hacia a ellos.

En la Segunda Guerra Mundial
En el tremendo periodo de la segunda Guerra Mundial, cuando se temían las deportaciones, mi padre se vio obligado a esconderse en un sótano, lejos de donde trabajaba y de nuestra casa, allí crió dos palomas, Trueno era el macho, Relámpago la hembra.

El régimen fascista prohibía una serie de cosas en los apartamentos construidos para los obreros de la fábrica de tejidos, y una de ellas era tener animales, por eso decidió colocar a Trueno y Relámpago en una casucha arriba del techo de una ala de la fabrica, donde mi papá pudiera libremente atenderlas. Y ellas, todos los días esperaban la llegada de su amigo cuando entraba en la fábrica.

Cuando ya la situación bélica en Nápoles estaba en su punto culminante, y todo a punto de la destrucción total, con la fábrica cerrada nadie pensaba en el destino de las palomas. Mi tío cada día a una hora determinada de la tarde llevaba algo de comida a mi papá, naturalmente escondida, y Relámpago le seguía hasta que la paloma descubrió la alcoba secreta de su amigo. Un "glu glu" muy flojo al atardecer de un día, antes de la inminente llegada a Nápoles de la Quinta Armada Americana, emocionó a mi padre.

Llamó por su nombre a la paloma, la cual se acercó a la pequeña ventanilla de luz del sótano. De ella se veía el pico y la cabeza, mi papá puso un poquito de pan en la palma de la mano, como solía hacer para que comiera de sus manos, Relámpago se acercó y comió un poquito. Mi papá lloró cuando mi tío encontró a Relámpago muerta en el piso al lado de la portilla, con un ala rota. Llevaba en el pico un mensaje escrito sobre un papel sucio que mi papa encontró por casualidad, "Relámpago, avisa que estoy vivo".

Amor, telepatía establecen estas reglas de unión entre humanos y criaturas que no hablan pero que se disponen a dar su propia vida para salvar la nuestra. Y no se van de este mundo hasta que no te han brindado, "el último saludo".

Suerte.