Tal energía, trasformada en partículas electromagnéticas emanadas de nuestro cuerpo entran en los siete chakra (capas), cada una de ellos con una especifica función. Cada fase de nuestra vida se corresponde con nuevas y más altas vibraciones, con la activación de diferentes chakras, y cada fase ofrece nuevos años de experiencia, de vida, de aprendizaje. En fin, posición, sonido, fluidez, color, brillantez, forma, densidad y función forman la anatomía del aura humana.
La historia y sus tradiciones en todos los lugares del mundo a lo largo de 5.000 años concuerdan con las observaciones de campos energéticos o de haber visto luces alrededor de las cabezas humanas. Por cierto, mediante prácticas religiosas, como la meditación y la oración, se puede alcanzar estados de conciencia ampliada que activan las capacidades de percepción sensorial elevada.
El Prana, tradición espiritual hindú, cuenta con más de cincuenta siglos de antigüedad; habla de una energía universal considerada el constituyente básico y la fuente de toda vida. El Prana o hálito vital, por todas las formas a las que ha dado vida.
Los yoguis manipulan esta energía mediante técnicas respiratorias, meditación y ejercicios físicos con la finalidad de mantener unos estados de conciencia y de juventud mucho mas allá de su alcance normal.
El ch'i, existencia de una energía vital de toda materia animada o no, fue el nombre que dieron los chinos en el tercer milenio a.C. El ch'i, contiene dos fuerzas polares; el yin y el yang. Cuando están equilibradas entre sí, el sistema vital muestra salud física; si se desequilibran, el resultado es una enfermedad...
La antigua técnica de la acupuntura se centra precisamente en equilibrar el yin y el yang.
La Cábala, teosofía mística judía que surge alrededor del 538 a.C. denomina a esta misma energía "luz astral". En la iconografía religiosa cristiana, Jesús y otras figuras espirituales aparecen rodeados por campos o aureolas luminosas.