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Violencia en los colegios

Cuatro de cada diez alumnos españoles, confiesan haber vivido situaciones violentas a manos de sus compañeros. Aunque en España no se ha llegado a las alarmantes tasas de violencia de EEUU, donde ya han muerto más de 40 jóvenes en sus centros escolares en menos de un año y medio, o a las de nuestros vecinos franceses, donde se calcula que se dan más 3.000 agresiones por trimestre, la situación también comienza a ser más que preocupante.

YOLANDA BARBERÁN / MUJERACTUAL
El 50% de nuestro profesorado admite haber vivido alguna situación violenta en su puesto de trabajo, y entre los alumnos, 4 de cada 10, confiesa haber sido objeto de la conducta violenta de sus compañeros.

Curso tras curso, nuestros colegios se asemejan cada vez más a una selva humana en la que los alumnos más fuertes tienen el control e imponen sus leyes. El profesorado denuncia el gran aumento de indisciplina escolar, sobre todo en los institutos y afirma que los jóvenes reciben una deficiente educación en sus casas, mientras que los padres les acusan de no saber imponer su autoridad a los alumnos.

Según la CEAPA, Confederación Española de Asociaciones de Padres de Alumnos, el principal problema radica en el aumento de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años, y se calcula la existencia de unos 200.000 alumnos que acuden a las clases sin ningún tipo de interés, esto, unido al hecho que donde pasa el mayor número de horas el alumno es precisamente en el centro escolar, hace que sea precisamente allí donde dé rienda suelta a su agresividad. Hay que destacar, eso sí, el hecho de que las mayores tasas de violencia escolar se dan en las zonas marginales, donde la mayoría de los alumnos proceden de familias con problemas y donde la violencia suele ser habitual.

Principales causas de la violencia
Debemos empezar por reconocer que nuestro sistema de vida nos empuja a la competitividad y a la agresividad, cualidades que muchos consideran imprescindibles para abrirse camino en la vida, pensamiento que cómo no, también es recogido por nuestros jóvenes. Aunque la agresividad suele ser en la mayor de sus veces una expresión de inseguridad o de debilidad y una descarga de las tensiones acumuladas, esta circunstancia unida al aumento de permisividad y a la gran influencia de los medios audiovisuales, hace que en nuestras aulas el clima se deteriore inexorablemente con la consiguiente angustia que esto provoca tanto en padres como en profesores, e incluso en muchos alumnos.

Encontramos diversos movimientos de naturaleza violenta entre nuestros jóvenes, como el racismo, donde podríamos incluir los movimientos neonazis o skinhead; la xenofobia; o simplemente conductas antisociales acompañadas de violencia gratuita, como la quema de papeleras, rotura de farolas... Obviamente una causa importante en el tema de la violencia juvenil radica en la pandilla, en la que el joven asume la personalidad del grupo.

Cómo prevenir la violencia juvenil
Una difícil cuestión sin duda, en la que tanto profesores como padres debemos implicarnos y colaborar conjuntamente para lograr que nuestros jóvenes aprendan a ser tolerantes, a respetarse y a convivir pacíficamente, para evitar que nuestra sociedad sea cada vez más violenta.

Es verdad, que cuando se implanto la LOGSE (Nueva Ley de Enseñanza en España), personal especializado se incorporó a los centros para prestar ayuda a los alumnos con problemas, aunque desgraciadamente éstos aún no han llegado a todos los centros. Sería necesario que nuestros colegios tomaran las medidas oportunas para mejorar la convivencia en las aulas. Sin ir muy lejos, nuestros vecinos franceses han incluido en sus centros la asignatura de Civismo, en la que se pretende que los alumnos aprendan a dialogar.

Lógicamente la familia aquí cobra gran importancia, pues deberíamos ser los mayores responsables de la educación de nuestros hijos y como siempre, predicar con el ejemplo. Un pequeño consejo, para aquellos padres que consideren que sus hijos son agresivos, es recordarles que practicar un deporte, aunque sea a nivel de aficionado, es una sana manera de canalizar positivamente la agresividad de nuestros hijos, y la nuestra también, por supuesto.