La fotografía como herramienta para expresar los sentimientos, o para reflejar la realidad se combinan, y al mismo tiempo se distancian, en la obra de Friedlander. Tras la herencia de fotógrafos insignes como Walker Evans, Eugène Atget o Robert Frank se alía el arte de Friedlander, aunque con un matiz propio que lo convierte en una figura primordial de la fotografía.
La proximidad con la realidad y con los acontecimientos de la vida cotidiana son huellas para seguir la línea estilística del autor, aunque a veces estas huellas se difuminan por esa aparente falta de posicionamiento que parece difuminar su proyección en las obras así como su compromiso con la sociedad americana. Un fotógrafo difícil de encuadrar, aunque generalmente se le asocia con los movimientos Pop, propios de la década de los sesenta, justo cuando inicia el arranque de su obra con trabajos como American Monument, un recopilatorio de cien monumentos desperdigados por los diversos estados.
Un estilo fuera de toda pauta, donde los encuadres buscan un capricho estilístico, la superposición de objetos a través de luces y sombras, a través de los reflejos de los escaparates y espejos. También significativos son los encuadres y sus modelos extraídos de la realidad, personas sin nombre que alcanzan el protagonismo en la obra de Friedlander.
Fotografías que captan desde los escaparates de New York hasta la búsqueda de la belleza en lo más cotidiano, en estancias donde la gente duerme, turistas que fotografían la ciudad, pueblos vacíos o jardines tristes adornados de vida material. Los objetos se llenan de sentimiento, desde los característicos escaparates hasta los anuncios publicitarios, automóviles pendientes del asesinato de Kennedy en un autocine, aviones o botes.
La potencialidad de sus trabajos se refleja en la búsqueda de su propia leyenda urbana, mediante paisajes desolados pero enternecedores, y sus modelos y autorretratos y los desnudos que posan con una clara intención, o bien han sido captados mientras duermen, entrando en edificios o paseando por la calle.
Friedlander fotografía casi todo, pero su decisión de elegir una fotografía para enseñarla es muy restringida. Sólo las que contienen un mensaje, una clave coherente al total de su producción serán las afortunadas. Un acto consciente del acto, fuera del masivo bombardeo de imágenes de los medios de comunicación, con ese carácter documentalista en forma de autoanálisis.
Un uso ecléctico de la elección de la fotografía, como bien muestra es su método de trabajo, donde podían transcurrir hasta dos años desde la toma del negativo y el positivado final sobre el papel. Pero, a pesar de la dificultad de seguir la huella coherente de su obra, cierto es que hay un código que permite relacionar unas fotografías con otras, como si de un libro con varios capítulos se tratase.