El 20 de agosto de 1780 la familia del pintor Joseph Ingres celebró la llegada al mundo de uno de sus hijos: Jean Auguste Dominique Ingres. Pronto se apreció la inclinación que el joven Ingres demostró hacia el arte. Especialmente se mostró dotado para la música y la pintura. En la primera llegó a ser un virtuoso del violín, sin embargo, si el mundo lo conoció y lo admiró fue por la pintura.
Su formación pictórica la inició en Toulouse, de donde su padre era miembro de la Academia de Bellas Artes. Allí aprendió de Vigan la importancia que tenía el dibujo, lo que ya nunca olvidaría. También conoció la obra de Rafael, quien influyó profundamente en su obra.
La etapa más importante de su aprendizaje tuvo lugar en París, por aquel entonces, capital del neoclasicismo. Allí ingresó en 1797 en el taller de David, que fue el pintor que se encargó de dejar testimonio y engrandecer a Napoleón y su efímero imperio. De él aprendió la forma de componer un lienzo y la grandiosidad de la pintura histórica, el género que más interesaba a Ingres.
Posteriormente, marchó a Italia, donde ganó una beca para estudiar en la Escuela de Francia de Roma. Mientras la influencia napoleónica se mantuvo en este país, el joven pintor francés se ganó la vida pintando numerosos retratos de los aristócratas franceses, que se instalaron allí siguiendo a las tropas de Napoleón. La fama que fue cosechando y su enorme trabajo le auparon a la presidencia de la Escuela de Bellas Artes de París en 1834.