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"Curiosamente -narró Pablo Zinger en un artículo publicado en 1999 en el New York Times- algunas de las obras consideradas como las mejores, tanto por el compositor como por los críticos, siguen sin grabarse: Ausencias de Dulcinea, sobre textos de El Quijote, Cántico de San Francisco de Asís (1982), sobre textos de San Francisco de Asís, una de las últimas obras de Rodrigo. A la hora de su fallecimiento, al contemplar su producción, Rodrigo merece seriamente ser considerado como uno de los más grandes compositores españoles del siglo veinte." Sin embargo y como ejemplo del gran cúmulo de opiniones controvertidas acerca de la obra del maestro, Julián Bream, afirmaba al respecto que "El éxito del Concierto de Aranjuez de alguna manera ha eclipsado las otras obras de Rodrigo; hace falta sacarlas de nuevo y redescubrirlas, y no considerar a Rodrigo como el autor de una sola obra, porque sin duda, el futuro nos enseñará otros tesoros".
Pero uno de los aspectos de la obra de Joaquín Rodrigo que revela más apasionamiento entre sus seguidores, es el hecho de que la grandeza del maestro todavía sigue oscurecida por la escasa difusión de su obra. Esto no está exento de nostalgia y tal vez de cierta resignación sustentada por la evidencia de que, en cierto modo, la obra del maestro Rodrigo no ha sido lo suficientemente valorada, teniendo en cuenta el inmenso éxito del Concierto de Aranjuez.
Es necesario reconocer y engrandecer obras como los "Himnos de los neófitos de Qumran", compuesto para orquesta de cámara y tres sopranos sobre textos de los Manuscritos del Mar Muerto, o la "Música para un códice salmantino" (sobre el poema "Oda a Salamanca" de 1953), cantata compuesta para bajo, once instrumentos y coro. Esto supone que el compositor, entre ciertos sectores, haya tenido una presencia escasamente reconocida, puesto que su tradición folklórica fuertemente arraigada en el clasicismo español, no ha gozado para muchos de la seriedad musical propia de un gran compositor.
Martin Anderson, escribía para el diario The Independent de Londres que "El arte de Rodrigo puede haber sido modesto en su expresión hacia el exterior, pero junto a una delicada ternura, contiene también lo épico y lo profundo." El maestro Rodrigo poseyó la sabiduría sagaz del genio que se engrandece en su territorio acotado por otros; la belleza era su máxima divisa y, su talento, la salida esplendente hacia el exterior. Las críticas de supuestos entendidos hacia su obra, en algunos casos de un purismo avanzado, eran sólo gotas de lluvia que resbalaban sobre el afianzamiento tradicional y exquisito de una música plena en raíces.
Insigne, imperturbable y chorreando belleza, la metodología musical del maestro Rodrigo pugnó inalterable, calladamente, sin atisbo alguno de estridencia o música absurdamente derrochada en equilibrio armónico, ante las corrientes vacilantes de una vanguardia que jamás supo despertar ni un sólo ápice de sensibilidad, ni una sola lágrima de emoción.
Puede que su obra, si el maestro no hubiera ahondado tanto en la práctica del purismo, se hubiera ampliado en talante imaginativo u originalidad, pero, ¿era esa la vertiente de sensibilidad que quería el genio para su obra? Evidentemente, no. Su razón, se ha dejado acariciar por el sentir popular a lo largo del tiempo, por sus más fieles seguidores que han sido, al fin y al cabo, los que han abrazado y respaldado su obra para luego proyectarla fuera de las fronteras nacionales. La intimidad fiel que nació del alma creadora del maestro, y que luego arribó en el interior del oyente como un soplo muy tierno de sensibilidad, puede que sea la explicación verdadera de la escasa difusión de la obra de Joaquín Rodrigo: a veces, es necesario que la emotividad pulcra de una melodía, traspase los diversos prejuicios generacionales de una época hacia una determinada música, para profundizar en el alma del que sabe escuchar.