Durante su corta pero prolífica carrera Schiele realizó más de tres mil obras en papel y aproximadamente trescientas pinturas. Sus contemporáneos así como sus propias cartas revelan que este joven artista tenía una fe ciega en la inmortalidad de su talento. Sus autorretratos revelaban, además, sus tendencias exhibicionistas a pesar de que siempre se definió a sí mismo como un hombre tímido y sensible.
Sin embargo, su preocupación por la sexualidad y los aspectos existencialistas de la condición humana le llevaron a crear obras verdaderamente fuera de tiempo y que mostraban una madurez excesiva para un autor cuya producción es más bien postadolescente.
Lo más característico de la obra de Schiele es su singular distorsión del ser humano, que le llevó a alejarse de las nociones de belleza, erotismo y angustia personal vigentes en aquella época. Una forma de entender a sus semejantes que incluso hoy en día no está exenta de complejidad.
Sus trazos, de extraordinaria inventiva y estilizada sofisticación, comenzaron a adquirir un protagonismo propio a partir del momento en el que ingresó en la Academia de Arte de Viena en 1906. Contaba con dieciséis años. Sin embargo, no fue hasta tres años más tarde cuando empezó a verse en sus trabajos la influencia de Gustav Klimt y el estilo secesionista del que eran características las líneas flotantes y la ornamentación. De hecho, Schiele llegó incluso a ver a Klimt como un padre, ya que éste había muerto cuando él apenas tenía catorce años.