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Zuloaga: profeta de su tierra, vástago de la España negra

Zuloaga, con su controvertida obra tan llena de valores y tan criticada, se adentra en las profundas raíces de la España costumbrista. No pinta lo superficial, los breves destellos de una época que se colapsa entre el esplendor de las modas y las sentencias estéticas de un determinado tiempo. El ser humano es un catalizador del arte pictórico, pero que contempla la obra del artista a través de los propios ojos del alma. Por ello, Zuloaga se desviste de toda vertiente humana, ajena a la verdad que se arrastra como un mar de fondo entre la hondura de su tierra, para mostrar el mundo real de una España trágica.

J. M. GUTIÉRREZ FERNÁNDEZ / UNO CONTENIDOS
Ignacio Zuloaga y Zabaleta (1870-1945) es, junto a José Gutiérrez Solana, el máximo representante del costumbrismo español de principios del siglo XX. Al contrario que la pintura de Solana, su obra fue más deslumbrante, y la percepción costumbrista de la cultura española menos pesimista. Los cuadros de este genial pintor despertaron una auténtica controversia entre los críticos e intelectuales de su época. Revestido de una originalidad exenta de los tópicos que, según sus contrarios, caracterizaron su obra, el arte pictórico de Ignacio Zuloaga es la visión sangrante y real de un drama humano, basado en los bajos instintos del hombre.

Estos instintos no florecen con la amargura evidente de una teatralidad expresionista. Los gestos nublados por la pacificación momentánea que da la resignación, la profanación velada de la inocencia a manos de la realidad, o la misma negritud terrible de los aspectos tonales de sus cuadros, son un conjunto de valores acumulados que actúan como un velo, dulcemente colocado sobre los gestos del dolor. Esta expresión pictórica de la amargura contenida, hace que el motivo de su obra sea doblemente trágica y espectacular. La herida abierta de un pueblo, retratada por Zuloaga, se define como una fineza brillante que se desborda, portentosamente, entre los matices bravíos y bruscos de su temática, caracterizada por las raíces hondas de los personajes.

Zuloaga nació en Éibar (Guipúzcoa) y, ya siendo muy joven, se interesó por las particularidades de la expresión pictórica, la cual le ofertaba la suficiente autonomía como para crear un mundo extraordinario en matices humanos. Con posterioridad, este deseo, nacido en su edad temprana, encarnaría la acritud dulce de su obra. En 1886 viaja a Madrid. Allí, trabajando como copista en el Museo del Prado, se alimenta literalmente de las pinturas de El Greco y Velázquez. En 1889 continúa su educación en Roma. Un año después, se desplaza a París, y se acomoda en casa del pintor español Santiago Rusiñol.

París, período de aprendizaje
París constituye para el pintor una fuente indescriptible de aprendizaje y expansión artística: conoce a pintores como Eugène Carrière o Puvis de Chavannes, y alterna con verdaderos genios como Degas, Toulouse-Lautrec o Gauguin. Las vanguardias constituyen para Zuloaga una vertiente de prosperidad, que ayudará a que su obra costumbrista se desenvuelva con esa pureza original. Es aquí donde radica básicamente la originalidad de Zuloaga: esta personalidad propia que define su pintura, a la vez virgen y estigmatizada por el retrato de la inocencia humana, es la masacre velada de los últimos resquicios puros donde sobrevive, a duras penas, el hombre. Es también el sufrimiento dulcificado que nubla momentáneamente la desesperación. En los personajes que Zuloaga pinta, se percibe que el olvido cobra un valor trascendental...

La vida, en conjunto, de Zuloaga se distingue por la inquietud existencial que se forjó en esos primeros años de introspección artística, acunado por la bohemia parisina y el arte de Berlín, Praga o Nueva York. También viajó a otras ciudades de las que extrajo todo su potencial pictórico. Más tarde, expondría sus cuadros en ellas con gran éxito.

En 1895 vive en Andalucía por un periodo de tres años. Durante esta estancia, Zuloaga se impregna de las raíces ancestrales que marca la tradición. Es notorio expresar la tensión cultural que siempre ha caracterizado la pintura de este autor. Amar el arte desde el concepto más purista de la expresión humana hizo que retratara, con una pasión desbordante, el carácter casi sagrado de los temas taurinos, la contienda sobrecogedora del hombre por querer desembarazarse del destino. Como era de esperar, Zuloaga quiso formar parte de esa lucha dramática donde la danza de los elementos teatrales adquiriría, a través de su paleta, el talante sobrio que enmarca la muerte. Debutó entonces como torero en Sevilla, después de haber estudiado en la escuela de tauromaquia. A esa contienda caótica del hombre por querer prescindir de su propia decrepitud, añadió los vivos colores del folclore andaluz: como en una mezcolanza pasional de dolor y arte, Zuloaga plasmó en esa etapa de su vida la intensa emoción de un pueblo, anclado indisolublemente a las reminiscencias trágicas de su pasado.

La esencia de Castilla
Su hondo transcurrir por tierras españolas no se detuvo en el Sur. En 1898, se establece en la meseta castellana. En el estudio segoviano de su tío, el ceramista Daniel Zuloaga, plasmaría la esencia de Castilla en cuadros tan importantes como Las brujas de San Millán, en 1907, (Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires) o El Cristo de la Sangre, en 1911 (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid). En estas obras se interpreta, con acritud, la realidad dolorosa del hombre, que expone sus valores, aún no arrasados, en el marco de un costumbrismo representativo del alma nacional.

De igual modo, la relación de Zuloaga con los máximos exponentes de la generación del 98 inspiraría retratos de notable importancia en la vida de nuestro pintor. En el año 1899, contrae matrimonio con Valentine Dethomas. Esta etapa se caracteriza por una fuerte producción artística. Realiza viajes con periodicidad y expone en las salas más prestigiosas de todo el mundo. Estalla la I Guerra Mundial, en 1914, y se establece en Zumaya, Guipúzcoa. A partir de aquí, su afán viajero se atenúa.

La vida de Zuloaga ha sido una fuente continua de controversia. La crudeza que, muchas veces, predominaba en sus cuadros fue motivo suficiente para que los críticos arremetieran contra una obra que, fundamentalmente, sólo había basado su esencia en la verdad humana. Y qué mejor forma para conseguir este cometido que renegar de una pintura luminosa y sensorial.

No quiso ser influenciado por la visión del arte impresionista, pero sí forjó su existencia a imagen y semejanza de la tradición costumbrista, de la realidad social. Gracias a la trascendencia que cobraban sus creaciones artísticas, esa realidad no se quedó en la mera expresión de un arte cargado de tópicos. Tal y como se argumenta en un estudio sobre Zuloaga, "al pintor vasco se le ha llegado a acusar de servir al público foráneo una pintura literaria y amañada, cargada de tópicos afines con la imagen que en el extranjero se tenía de nosotros...".
 

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