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REDACCIÓN / UNO CONTENIDOS Durante siglos el hombre había aceptado las teorías eclesiásticas sobre el origen de la Tierra y de la vida que habita en ella, basadas en la creación divina. Darwin ofreció un nuevo horizonte a las ciencias naturales al proclamar que las especies experimentaban cambios evolutivos condicionados por las necesidades de adaptación al medio natural, negando la inmutabilidad proclamada por la Iglesia. Por este motivo, la teoría de Darwin fue rechazada inmediatamente por las autoridades eclesiásticas y por las capas sociales más conservadoras. Sin embargo, reforzó las propuestas de los autores partidarios de filosofías cercanas al materialismo naturista. El mayor impacto de la teoría evolucionista fue sobre la Paleontología, que había sido la disciplina más polémica en este debate. No obstante, la teoría de Darwin llevaba implícita una objeción, que él mismo recogía en su obra: la ausencia en el registro fósil de una serie gradual de formas ancestrales de transición entre una especie y otra. Por este motivo, y por los tiempos que corrían cuando la obra apareció, la aceptación de la teoría evolucionista tanto por parte de la comunidad científica como de las capas sociales más conservadoras fue muy compleja. Incluso en la actualidad, esta teoría es rechazada absolutamente por los grupos fundamentalistas. Liberalismo
En estos años donde reinaba la libertad de pensamiento proliferaron los trabajos relacionados con la explicación darwinista de la evolución de las especies. Sin embargo, antes de esta época, concretamente en 1860, encontramos la primera referencia al darwinismo en la traducción de un artículo del geólogo Lyell sobre la antigüedad del hombre. Dicho artículo apareció publicado en la Revista de los Progresos de las Ciencias, donde se hacía referencia a la inminente publicación de la obra del naturalista inglés. Pocos años después aparecieron algunas referencias a planteamientos evolucionistas en publicaciones de tipo más divulgativo, aunque sin referirse expresamente a la obra de Darwin. Por otra parte, el retraso con que llegó a España la obra del naturalista británico, que se había publicado en 1856, tiene una explicación clara y es que, hasta la llegada del Sexenio Revolucionario, España había estado apartada de cualquier debate sobre el origen y evolución de la Tierra, debido principalmente a la censura. Sin embargo, no tardaría en paralizarse este período aperturista con la llegada de la restauración monárquica en 1875. Fundamentalmente este estancamiento de los debates científicos fue consecuencia del Decreto del 26 de febrero de 1875, por el cual se prohibían las disertaciones sobre cualquier tema en las aulas universitarias. Libertad de pensamiento
Al igual que ocurrió en la mayoría de los países occidentales, el rechazo a la teoría evolucionista se hacía más desde posiciones filosóficas que desde argumentos científicos, lo que, por otra parte, no fue un obstáculo para que la crítica intentara apoyarse en los datos ofrecidos por la ciencia paleontológica. Críticas al darwinismo
Además, Juan Vilanova presentó una serie de estudios basados en datos paleontológicos, con los que, al mismo tiempo que criticaba los postulados darwinistas, apoyaba sus tesis conciliadoras con los textos bíblicos. Por su parte, el rechazo inicial de la Iglesia fue absoluto, aunque poco a poco comenzaron a surgir voces discrepantes entre los miembros más aperturistas, lo que provocó una paulatina aceptación de un cierto evolucionismo limitado, aunque siempre dentro de los límites impuestos por la Iglesia católica. De esta manera, los teólogos españoles que aceptaron, aunque con reservas, las tesis evolucionistas, limitaron esta hipótesis al ámbito de la especie, e incluso a algunas especies. Esta tesis excluía una teoría transformista, apoyada en un mecanismo natural o biológico, en referencia tanto a la aparición de las distintas clases de animales en la Tierra como a los orígenes de la vida y el hombre. Este límite estaba basado en que el Génesis especificaba que todas las especies habían sido creadas por Dios. Esta tendencia moderada se mantendrá en España durante los primeros años del siglo XX, aunque no sin algunas excepciones. El caso más llamativo es el de la editorial valenciana Sempere, vinculada al movimiento anticlerical impulsado por el blasquismo. Esta editorial publicó la Filosofía zoológica de Lamarck y reeditó obras de autores pro-darwinistas como los alemanes Büchrier o Haeckel.
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