Hay que dejarse arrastrar por los nervios antes de un estreno, controlar el miedo, esperar con ansia el tan deseado aplauso del público, retirarse y respirar tranquilo hasta el día siguiente, en el que tal vez la decepción de una sala casi vacía te llene el corazón y el alma de lágrimas, para entender la importancia que tiene el teatro en la formación de un actor. Pero hacer teatro es también hacer historia. Cada una de las obras, cada uno de los papeles, hasta el más secundario de todos, es un acto de rebeldía, un paso adelante. Los actores han sido siempre el único medio de hacer que ideas revolucionarias y sueños no tan inalcanzables formaran a pasar parte de la vida de la gente. Ese espíritu, ese halo de grandeza aún perdura y es el que continúa seduciendo. Aunque para sentirlo hay que entender, al menos, cómo los actores han vivido la historia del teatro.
Pasando por alto los inicios del teatro español, lo suficientemente vinculados al culto religioso como para carecer de interés, al menos en esta ocasión, el primer alto en el camino hay que hacerlo en pleno siglo XVI, inicio del camino de la modernización que culminará en la creación de un género: la comedia nueva del siglo XVII. El siglo XVI es, por tanto, un momento de búsqueda y convivencia de varias tendencias. Una ocasión para poner más énfasis en el texto, sin prestar demasiada atención a las circunstancias que podrían rodear su puesta en escena. Tal es el caso de La Celestina.
Esto cambia, sin embargo, con el siglo XVII, el Siglo de Oro del teatro en España. Es un momento en el que las circunstancias sociales y políticas determinan una situación excepcional: la representación pública se convierte en el eje de la moral y la estética. Se crean las primeras salas teatrales llamadas corrales de comedias, y el teatro deja de ser un acontecimiento restringido para convertirse en un producto competitivo, sujeto a las leyes de la oferta y la demanda. Actuar comienza a ser una profesión.
Un interesante debate teórico acompaña el nacimiento y desarrollo de esta forma nueva de entender el teatro. Dos autores de la época nos sirven para ilustrar el sentido y la evolución de este debate y del arte teatral: Cervantes y Lope de Vega.
Cervantes, el gran novelista español, no obtuvo el éxito que creía merecer en el teatro y esto se debió, probablemente, a que su teatro tenía unas características que no respondían a los gustos del público. Es, en efecto, un teatro que quiere ser 'espejo de la vida humana', en el que el texto tiene una gran importancia y donde los personajes no son simples estereotipos. Por el contrario, Lope de Vega acertó con el gusto del público barroco, cuya intención al acudir al teatro era entretenerse, pasar un buen rato, más que asistir a un 'acto cultural'.
En el siglo XVIII, y bajo el influjo de las ideas de la Ilustración, el Estado comenzó a intervenir en la orientación teatral del país fomentando exclusivamente ideas que amparasen la verdad y la virtud, apoyando las representaciones que supusieran enseñanza moral o adoctrinamiento cultural. Aunque todo ello con muy poco éxito.
El papel de los actores queda entonces reducido a meros transmisores de ideas, una tendencia que se mantendrá hasta la llegada del romanticismo. Con tintes revolucionarios, las piezas se dejan inundar por el afán de transgresión, que explica las frecuentes mezclas de lo trágico y lo cómico, el verso y la prosa; la especial atención a temáticas que giran en torno al amor; unos héroes misteriosos, cercanos al mito, abocados a muertes trágicas pero siempre fieles a su motivo amoroso o heroico.