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El actor como artista
En cuanto a las formas de representación, hay que destacar que es en este período -y las ideas de Larra, que dedicó muchos de sus artículos a los problemas que acosaban al teatro, influyeron en este sentido- cuando los actores se plantean por primera vez la necesidad de renovar las técnicas de interpretación. Se crean papeles que convierten a los actores en los personajes que interpretan dándoles la fama y el reconocimiento del público. "Es preciso que el actor -apunta Larra- tenga casi el mismo talento y la misma inspiración que el poeta, es decir, que sea artista". La inauguración, en 1830, del Real Conservatorio de Música, fue el primer paso hacia la consolidación de los estudios de interpretación.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX no se produce en España la renovación del arte dramático que sucede en otros países gracias a la obra de directores y autores como Stanislavski, Gordon Craig, Appia, Chéjov o Pirandello. Aquí el teatro es, sobre todo, un entretenimiento para el público burgués que acude con asiduidad a las representaciones. Benito Pérez Galdós es uno de los pocos que rompe con la tendencia marcada ofreciendo a las actrices del momento personajes femeninos se enfrentan al fanatismo y al oscurantismo, convirtiéndose en un auténtico reto para la artista.
Valle-Inclán es otro de los autores al margen de cualquier planteamiento comercial en la creación de sus obras. Esto le permitió una libertad creativa que sitúa su teatro muy por encima del de sus contemporáneos. Pronto estos autores con planteamientos no comerciales buscaron nuevas formas de poner en escena sus obras al margen de los grandes teatros. Entre estos intentos de crear un teatro vanguardista destaca la labor de los teatros universitarios: El Búho, de Max Aub y La Barraca, de Eduardo Ugarte y García Lorca. En ellos, el actor es considerado como una pieza clave que acerca al autor a las normas básicas de la interpretación. Sin embargo, la guerra cortó esta incipiente corriente.
Los dramaturgos de la posguerra se enfrentaron a una férrea censura que hacía difícil, si no imposible, ofrecer una visión crítica de la realidad. Dos son las figuras que emergen en esta sociedad cerrada desenmascarando, aunque desde perspectivas diferentes, la realidad de la que nadie quería hablar públicamente: Buero Vallejo y Alfonso Sastre.
El teatro de Buero investiga en la condición trágica y ambigua de la libertad humana, mientras que la obra de Sastre, inseparable de su trayectoria comunista, concibe el teatro como un instrumento de acción revolucionaria. Esta será la nota predominante hasta los 60, el realismo crítico, que dará paso con posterioridad al experimentalismo, un estilo teatral que se integra en las nuevas formas del teatro de vanguardia, desde las del "teatro del absurdo" a Artaud, Brecht o Grotowski.
Es también en las décadas de 1960 y 1970 cuando se produce la efervescencia de los denominados grupos independientes, vinculados a la figura de un director o autor o experimentando, con fórmulas de creación colectiva. Estos grupos surgen con una decidida vocación de resistencia antifranquista y una actitud de búsqueda en cuanto a concepciones escénicas y técnicas interpretativas. Apartados de los círculos del teatro oficial, su labor se fue introduciendo en universidades, centros culturales y colegios mayores. La figura del actor comprometido es la que predomina en esta época. Autores y directores lo exigen para tener contento a un público muy específico.
La escena española actual ha desembocado en un énfasis en la revitalización de textos considerados clásicos, consecuencia directa de una crisis de producción de textos dramáticos originales. Esta es una de las grandes limitaciones con las que se encuentran los actores en estos momentos, a la que se une la competencia del cine, un espectáculo de masas que ha sabido cultivar al público. Las leyes de la oferta y la demanda han creado un nuevo equilibrio. Ahora los actores de teatro se ven obligados a buscar una fama en el cine o la televisión necesaria para atraer, posteriormente, al público a las butacas de los teatros.
Artimañas a las que tampoco ha ayudado la pérdida de vigor de los grupos independientes, van perdiendo vigor y presencia en la escena española. Tan solo unos pocos han subsistido y han podido mantener una continuidad: Els Joglars, dirigido por Albert Boadella, cuyos montajes, siempre polémicos y provocadores cuentan con el apoyo incondicional del público; Comediants, que reivindica un teatro festivo, de grandes máscaras, de gigantes y cabezudos, un teatro que entronca con el folclore y las fiestas populares, un teatro de espacios abiertos; o La Fura dels Baus, grupo que se autodefine como "organización delictiva dentro del panorama actual del arte", y en cuyos montajes se subvierten todos los supuestos de la representación teatral, empezando por el espacio del público, constantemente violentado por la acción.