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Ni en vivo ni en directo

Formar parte del público de un concurso de televisión puede convertirse en toda una aventura no apta para cualquier persona. La imagen de masas eufóricas que en un corto espacio de tiempo aplauden a los concursantes mientras ríen y gritan, poco tienen que ver con la realidad de un plató, en el que el tiempo se para con cada toma repetida y la sonrisa se torna rictus a cada orden del regidor, que nos obliga una vez más a aplaudir, aunque los concursantes ya hayan terminado sus hazañas.

JORGE BORONDO / UNO CONTENIDOS
Carlos Sobera
"Lo primero que le chocó a mi tía fue que la citaran una mañana de viernes, cuando el programa se emitía la tarde del lunes"
Mi tía Paca siempre tuvo un sueño: salir en televisión. Sentía deseos de aparecer junto a los histriónicos presentadores con sonrisa profidén, de estrechar la mano de la estrella marujona de turno, de vivir en sus carnes el levantamiento de cejas del preguntador que ilustra la fachada de "El Corte Inglés". Como sus múltiples intentos para participar en distintos programas resultaron fallidos, optó por la segunda vía, menos satisfactoria en principio pero igualmente tentadora: iría como público a uno de esos concursos estúpidos que premian la ignorancia disfrazada de desparpajo y pretenden anular el poco raciocinio del espectador.

Cuando la asociación de viudas de su pueblo organizó un viaje en autocar para asistir al concurso, no se lo pensó dos veces. No importaba que la vecina del cuarto tuviera prioridad en la reserva. Ella tenía que ir, tenía que comprobar la magia de la televisión, el calor de los focos, la fascinación de las estrellas, el frenético ritmo de trabajo, y sobre todo, contemplar en directo al galán paleto que animaba a las masas mientras presentaba a los sufridos concursantes.

Sin embargo, todo pareció salir al revés desde el principio. Lo primero que le chocó a mi tía fue que la citaran a ella y a sus amigas un viernes por la mañana, cuando estaba convencida de que el programa se emitía un lunes por la tarde. "Cosas de la televisión" -pensó mi tía-. "No voy a saber yo más que esos señores, aunque yo juraría..., en fin". No sin desconfiar pero sin perder la ilusión del momento histórico que se avecinaba, consiguió el asiento con ventanilla del autocar y se decidió a no perder detalle de todo lo que ocurriera, no fuera a perderse algo importante.

La segunda sorpresa llegó cuando mi tía y sus compinches entraron en el estudio de televisión a las once y media de la mañana. Comprobaron lo pequeño que era un plató cuando se miraba desde dentro, cuando nuestra visión no estaba condicionada por los planos de los travellings y las cabezas calientes. Apenas una estancia un poco más grande que su salón, que en realidad se reducía a una grada y unos paneles tras los cuales no había... nada. Y sí, cámaras, cables y mucha más gente de la que ella se había imaginado, pero el presentador aún no había hecho acto de presencia.

¿Que debo reírme cuando usted diga?
Se sentaron en una de las filas de arriba, para contemplar mejor el espectáculo, que a ella le atraía por "lo animado y vivo que era, parecía mentira que en sólo media hora ocurrieran tantas cosas". Sin embargo, a la temprana hora que cruzaron la puerta y ocuparon asiento, no había mucho movimiento por allí. La única persona que se movía, y de manera compulsiva, era una mujercilla irritante, armada con unos auriculares que no paraba de darles órdenes. "¿Cómo? ¿Que debo reírme cuando usted diga? ¿Y si no me hace gracia?" Mi tía Paca estaba indignada. Si la mujer levantaba el dedo índice debían guardar silencio, si alzaba los brazos, aplaudir hasta que ella lo indicara, con otro gesto debían reírse, corear una frase o insultar al concursante perdedor. Debían estar preparados, conocer todas las señales, para que después todo fuera más rápido. Llegaron a ensayar hasta la ola, en un ejercicio de falsedad sin límites.

Al margen de la regidora, allí no había nada interesante que ver, lo único que pasaba era el tiempo. Ni siquiera cuando empezaron a grabar, porque el programa pese a lo que decía mi tía, era grabado, ni siquiera cuando comenzó la grabación ocurrió nada interesante. Cada vez que fallaba alguien con la frase que tenía que decir, se paraba la grabación y se comenzaba otra vez.

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