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Si a alguien le entraba la risa o el realizador consideraba que semejante comportamiento era inapropiado, se repetía la toma. Al programa se le cortaba la naturalidad y la viveza, la espontaneidad y el elemento imprevisible del directo, y a cambio se ofrecía un espectáculo medido hasta el milímetro en el que hasta el más mínimo detalle tenía importancia: la publicidad encubierta rozando la subliminalidad, la supresión de planos o acciones de determinados concursantes o el espectador... Lo más indignante ocurrió cuando el presentador eligió "libremente" a una persona del público para responder una pregunta. Como el primero al que se dirigieron no supo la respuesta, la regidora ordenó cortar y repetir, y esta vez, fue un chaval el que acertó y ganó el lote de productos vitaminados. Supongo que no es difícil acertar cuando te soplan lo que tienes que decir.
El bocadillo de mortadela
Por otra parte, el calor empezaba a ser asfixiante y el bocadillo de mortadela que les habían dado a las 13:00 horas resultaba insuficiente. Por fin había salido el figurín que tenían por presentador, pero se dio cuenta de que era más bajito de lo que parecía por televisión. Ya no se reía con sus bromas (cuando las oyes diez veces, el resultado no es el mismo), y tenía los brazos cansados de aplaudir. Llegó un momento en que ya no sabía por qué aplaudía. Ni siquiera sabía si iba ganando el concursante de amarillo, que era de Murcia, o la chica vestida de azul que venía de Valencia. Se habían producido tantas paradas, tantas repeticiones, y se había alterado tantas veces el desarrollo de la grabación, que se le había olvidado el mecanismo del juego.
Se sentía incómoda y aburrida. No comprendía cómo un concurso de treinta minutos duraba ocho horas, ni por qué la cara del presentador cambiaba cada vez que la chica de los auriculares gritaba "grabando". El impasible rostro se tornaba en falsa sonrisa.
A las ocho de la tarde, mi tía Paca y sus amigas salieron del minúsculo plató de televisión, con la sensación de haber asistido a un engaño. Hasta que no se vio el lunes siguiente dentro del televisor, cuando la oportuna toma realizaba un barrido por el público mostrando su imagen, no se convenció de que había asistido realmente al programa de moda. Sin embargo, esta vez no lo encontró nada aburrido. Las bromas eran ingeniosas, el ritmo era trepidante, el presentador estaba guapísimo y era de lo más divertido... Y el público estaba de lo más animado, gritando, animando, feliz. "¿Ves lo que te decía? -Le dijo a su hija- "ha sido una experiencia inolvidable". Pero mamá, dijo, si habías dicho que fue horrible. Calla, calla, no me lleves la contraria.
Y claro, mi tía grabó el programa, orgullosa, y lo vio un millón de veces, convirtiéndose en la excusa perfecta cuando aparecía una visita. "Mira que alegre se me ve, mira como aplaudo". Se convirtió en la envidia de sus amigas, y todo gracias a la experiencia de asistir a un concurso, algo inolvidable porque la televisión es un mundo mágico, donde todo es posible. "La próxima vez -dijo mi tía- voy al programa de los cincuenta millones, que me quiero comprar un abrigo". Y todos pensamos, ¿Por qué no?