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RAQUEL SERRA / UNO CONTENIDOS En sus primeros tiempos se tuvo un especial interés por la escultura clásica, sin embargo, con la Revolución de Octubre se inicia una nueva época en las gentes y también en la historia del museo. En el año 1924 el gobierno soviético decide ampliarlo con nuevas obras y lo consigue, mediante la nacionalización de colecciones que ya existían. Hoy en día, el museo tiene una colección de obras de arte de gran diversidad y amplitud, pues en ella se encuentran obras desde la Antigüedad hasta nuestros días. También hay cerca de trescientos mil dibujos y grabados, obras del Antiguo Egipto, como los retratos de Fayum, telas coptas, esculturas de la Antigüedad clásica y vasijas griegas. Entre 1924 y 1930 las colecciones crecieron con rapidez, debido a la aportación de antiguas colecciones de San Petersburgo y, ante todo, del Ermitage. De hecho, en el año 1924 se incorporan al museo más de quinientos cuadros de pintores europeos occidentales que provenían del museo Rumiántsev y también dibujos, grabados, monedas y una maravillosa biblioteca. Un año más tarde, esta vez desde la Galería Tretiakov, se traen unas obras paisajísticas y de género del siglo XIX, y ya en los años treinta llegan los iconos bizantinos que posee, hoy en día, este museo. Pero lo que más llama la atención son las telas impresionistas. No hay que olvidar que los rusos fueron los primeros en coleccionar arte francés, comenzando por los autores pertenecientes a este movimiento. Y es que, se trata de uno de los más sistemáticos por tener una colección muy amplia y variada. Ninfa
Entre 1630 y 1635 pinta "Reinaldo Y Armida" y "Zenobia hallada a orillas del Araxes". En ambos recurre a la literatura para encontrar su fuente de inspiración. Lo mismo sucede con "La continencia de Escipión" (1640), "Ceres buscando a Proserpina" (1645-1649), "Moisés ahuyentando a los pastores del pozo" (1647-1649), o "Paisaje con Hércules y Caco" (1660). La última de sus obras conservada en este museo es "Victoria y fama", una composición tardía, realizada en torno a 1650, a juzgar por el estilo de los trazos, convertidos en una línea temblorosa, producida por la enfermedad que afectaba a las manos de Poussin, y por el tratamiento temático, que lo hacen posterior a su segunda estancia en París. De la misma época, el museo Pushkin conserva otras dos obras de autores muy diferentes. De Rembrandt guarda "Jesús expulsando del templo a los cambistas" (1626), una pequeña tabla que sirvió al pintor para representar diversas expresiones, una de sus obsesiones en sus primeras obras. Las figuras ocupan todo el espacio y ofrecen una amplia gama de gestos, desde el temor a la ira, el dolor o la codicia. Cristo se presenta en la parte trasera de la composición, elevando su brazo para fustigar a los cambistas, mientras éstos huyen despavoridos, excepto el que aparece en primer plano que aprovecha para recoger las monedas de la mesa. La sensación de movimiento ha sido perfectamente interpretada, reforzando la tensión del momento. Y de Simon Vouet conserva "La Anunciación" (1632). Este pintor representa la vertiente más académica y fría del Barroco francés, aunque es la que, en su momento, mejor sintonizó con la atmósfera política propiciada por el absolutismo. Su obra, que recoge una suma de influencias italianas, en especial del clasicismo boloñés de los Carracci y de la escuela veneciana, le llevó, a su retorno a París en 1627, a ser Primer Pintor Ordinario de Luis XIII. Este profundo academicismo se refleja en esta obra de 1632, fecha que conocemos por el epígrafe que aparece bajo la Virgen. La coloración pálida de la carne y los tonos sobrios de los ropajes, aunque nos remiten al clasicismo italiano, son los propios de la pintura decorativa que por estos años se hallaba realizando con gran éxito. Sin embargo, esta pintura, de excelente factura técnica, carece de alma, de sentimiento. Recorrido por el impresionismo
Perdernos por las salas del museo Pushkin significa llegar hasta una de las obras más conocidas de Degas, "Bailarina posando para un fotógrafo" (1875), lienzo en el que la principal protagonista de esta escena no es la bailarina que posa para el fotógrafo, sino la iluminación del atardecer que penetra a través del amplio ventanal que apreciamos tras la joven. Los edificios difuminan sus contornos y se envuelven en una luz azulada que invade la estancia y pasa a través de los visillos. El "Desnudo" (1876) de Renoir es nuestra siguiente parada. Este pintor impresionista sentía una profunda admiración por las figuras femeninas desnudas, siendo una constante en su producción. No en balde, este tipo de imágenes servirá al artista para recuperar una forma que iba perdiendo el Impresionismo y que él no deseaba olvidar, quizá por su aprendizaje como decorador de porcelanas. De Renoir es también la obra titulada "Jeanne Samary" (1877), un retrato considerado por los críticos como el más impresionista del pintor. Ampliar |
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