Hacerte a la mar es una experiencia única, cambias de elemento habitual, de la tierra al agua, y allí todo es diferente. Tú no estás obligado a hacer nada, y eso es maravilloso. Cuando subes en un barco de vela no puedes tener prisa, porque todo "depende". Depende del viento, del mar, del oleaje, de si tenemos hambre. Puedes poner el piloto automático y comerte unos macarrones en cubierta, con el mar como única compañía, salpicando de vez en cuando tu plato. El mar es atemporal, cuando llevas varios días navegando, tu cuerpo toma un horario natural. Comer, dormir, unas maniobras y vuelta a empezar, entre una cosa y otra: nada.
En un barco hay tiempo para todo, y para todos. Cada uno toma su espacio, respetando siempre el espacio del que tiene al lado, puedes abrir tu persona a tus compañeros de travesía, o no. Haz lo que quieras, sólo te comprometes a colaborar en las mini tareas diarias, lavar los platos, cocinar (cada uno decide el grado de complicación culinaria), ayudar en las maniobras, muy sencillas, en la que te asesorará el patrón. Es divertido aprender a buscar el viento, cabalgar las olas, izar la vela mayor y el génova, llevar el timón o ayudar en las maniobras, todo un trabajo en equipo que siempre tiene su recompensa final.
Echar ancla en una cala solitaria, bañarse en la noche con la luz de las estrellas iluminándote, o incluso dormir en cubierta liada en una manta puede ser toda una experiencia. ¿Quieres más recompensas?. Se te ocurre cómo te sientes navegando en mar abierto, al amanecer, y descubres que te acompañan unos dulces delfines, que juegan a cruzar por delante de la proa. Esos instantes te hacen recordar frases como: "¡Qué bello es vivir!".
La vela tiene unas connotaciones elitistas, que aleja a muchas personas amantes del mar y la naturaleza de conocer el mundo de la navegación. Afortunadamente, hay iniciativas que permiten acceder a esta forma de viajar, con una economía discreta. Son sistemas de alquiler, con o sin patrón, de una amplia gama de veleros de diferentes esloras, equipados con todo lo necesario para disfrutar de una navegación confortable y segura. La comida, amarres y combustible se paga entre todos los tripulantes, por lo que los gastos dependen bastante del tipo de vida a bordo que queráis hacer. Os recomiendo una dieta basada en legumbres, pasta, ensaladas y un poco de queso, fruta y, eso sí, un buen vino para las charlas interminables en cubierta. No se necesita más.
Podéis hacer salidas de un día, participar en regatas, recorrer una isla durante una semana fondeando en calas inaccesibles desde tierra, o embarcarte en aventuras de tres semanas. Tampoco tienes que ir acompañada, puedes apuntarte sola, o con dos o tres personas. Los propietarios del barco se encargan de completar la tripulación necesaria para realizar la salida. Los destinos también los propones tú. Puedes elegir entre el Mediterráneo, las Rías Gallegas, el mar Tirreno, Islas Canarias, incluso el Caribe, Polinesia francesa, Madagascar.
¿Sabias que hay personas que llegan a vivir en un velero durante años, crean familias, y cambian de puerto según les apetezca? Sugerente, ¿verdad?. Si quieres conocer la vida a bordo lee el divertido libro de Hays, "Mi viejo y el mar", de Ediciones B. Un agradecimiento al navegante Toni Casas por ayudarnos a ver el mar como a un buen amigo.