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M. SÁNCHEZ / UNO CONTENIDOS Las islas Azores son un espectáculo de luz, imagen y color que sorprende al amante de la naturaleza por su extraordinaria belleza. Tanto encanto se reparte entre las formas misteriosas de las lagunas azules, las abruptas alturas de sus montañas, sus profundos y altaneros cráteres de antiguos volcanes, sus extensos y frondosos paisajes que mantienen la pureza original, a pesar del transcurrir de los años, o incluso entre el redescubrimiento de la tranquilidad bucólica o de la melodía propia del silencio. En definitiva, proponemos un viaje, particularmente recomendado para el disfrute, la paz interior y el deleite del viajero. Es un recorrido inesperado a tierras sosegadas y apacibles, alejadas del turismo de masas y que se ajusta, de forma especial, a todo aquel que pretenda una escapada idílica, fortuita y mágica. Es todo un hecho insoslayable que estas vacaciones soñadas se conviertan en un grato motivo de recuerdo y, a buen seguro, queden grabadas a fuego, por siempre, en su memoria. Islas mágicas
La isla más grande, San Miguel, se siente orgullosa de sus tres grandes y preciosas lagunas (Sete Cidades, Fogo y Furnas) y de la vida bulliciosa de Ponta Delgada. Justo al lado se halla Santa María, con pendientes cubiertas de viñedos en la bahía de San Lorenzo, y la capilla de los Anjos, donde Colón oró en su viaje de regreso, tras descubrir América. En el centro de las Azores se sitúan cinco grandes islas que se hallan muy próximas unas de otras. La isla de Terceira rememora hechos históricos en Angra do Heroísmo, primera ciudad europea nacida en el Atlántico, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por su riqueza histórica, ecológica, cultural y artística. Faial es el fresco azul de las hortensias y su puerto acoge a los amantes de yates y barcos lujosos. Justo enfrente, se halla la montaña que nace del mar y que guarda la sabia tradición ballenera de la isla del Pico. El inmenso verde de los pastos, los saltos de tierra junto al mar, en la misma base de sus vertiginosos y elevados acantilados, modelan la silueta de San Jorge. Graciosa es la isla más pequeña y posee una misteriosa laguna justo en el fondo de una cueva volcánica, además de numerosos y frondosos campos cubiertos de viñedos sobre los que agitan sus brazos los molinos. Por su parte, la isla de Flores es un auténtico jardín que aparece rodeado de mar y que se alza como un espectáculo encantador de lagunas excavadas por los mismos volcanes. Corvo es una curiosa isla en miniatura que posee, en su centro, un hermoso y amplio cráter. Por todo ello, visitar las Azores es reencontrarse con parte del paraíso original, donde el hombre y la Naturaleza se dieron la mano para moldear la belleza eterna. Esta palabra tan digna adquiere su máximo significado y dimensión en cada palmo de terreno. Todavía hoy, sus palacios, iglesias y fortalezas rememoran tiempos pasados en los que las Azores fueron el puerto de escala de las naves cargadas con los tesoros de América y Oriente. El colorido de sus fiestas populares y los numerosos sabores tradicionales de una cocina secular son encantos propios de las Azores. Todo ello contribuye de forma importante, a que la experiencia de su visita se convierta en un acontecimiento inolvidable. El verde intenso y el azul celeste son los colores básicos de las Azores. Con el paso contundente de los años, el hombre ha ido incorporando esos colores vivos a las características franjas que enmarcan sus puertas y ventanas. Es por ello todo un espectáculo de luz y color admirar el contraste del blanco de la cal con el negro del basalto, cincelado por las caprichosas formas del barroco. O también disfrutar con el centelleante oro con el que se han recubierto los interiores de sus esbeltas iglesias. Tradición y artesanía
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